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Corona Capital 2018: Día 2 presentada por AT&T

Corona Capital 2018: Día 2 presentada por AT&T

BERE
RIVERA // DIEGO FIGUEROA

19/Nov/2018

Se va a segunda vuelta.

Había preocupaciones de que el cielo se estaba tornando espeso y que el frente frío amenazaba con traer cierta humedad, pero afortunadamente los miles que se dieron cita para la segunda vuelta del Corona Capital gozaron de otro día soleado y con un augurio de que sería otro festival de música divertido y memorable. Lo fue por ambas razones, pero mientras el día anterior se percibía una algarabía musical más maleable para todos, este Corona se notó más refinado y rápido, quizás por los músicos y bandas que se presentaron y por lo empalmados que estaban en horarios unos con otros, lo que provocó que uno se quedara a cinco o seis canciones, esperar a que tocaran algún himno de la adolescencia o aquella que no deja de sonar en tu playlist, e irte a correr a ver al siguiente hasta el otro lado de la Curva. Bueno, después de todo el lugar se construyó para las carreras.

Quienes arribaron temprano pudieron deleitarse en el escenario Corona con el set de la cantautora Sasha Sloan, directo desde Boston, Massachusetts, que atrapó la curiosidad de propios y extraños con “Runaway,” “Normal” y “Here.“ Del otro extremo, en el Dorito’s Bunker, el proyecto como solista del baterista Ilan Rubin, The New Regime, daba batalla con su propia mezcla especial de hard rock y electrónica. Tú decidías cómo llegar al festival, ya que ambos actos se encontraban en los escenarios que colindaban con los accesos: con ondita y sofisticado o lleno de energía y adrenalina.

A medida que se iba llenando nuevamente de playeras fosforescentes, lentes de sol, olor a bloqueador, perfume y cebada, máscaras de animales hechos de pelo o plástico e inflables para playa, los neoyorquinos de San Fermin llegaron con violines y trompetas para hacer saltar a todos como conejitos y hacer que retozaran en las áreas verdes con “Bride,” “Emily,” “No Promises” y “Ladies Mary”. K. Flay devolvió lo rasposo y sensual al mood del festival con su híbrido de rock con hip hop y “Make Me Fade,” “Giver,” “Black Wave” y “Mean It.” A pesar de que contó con una ligera falla técnica al principio, la norteamericana lo compensó hablando perfecto español con el público y bailando entre gracioso y sexy.

En la Levi’s Tent, los ingleses de Superorganism hizo uso del escenario para convertirlo en un arcade, con visuales y tipografías ad hoc y sus miembros saltando por todos lados con capas de brillantina metálica y esferas de luz en sus manos. Las manos del público hicieron que un par de ballenas inflables nadaran en las alturas, pero sus bocas corearon cada parte de “SPRORGNSM,” “The Prawn Song,” “Nobody Cares” e “It’s All Good.” Al caer la tarde, los hermanos Brian y Michael D'Addario, mejor conocidos como The Lemon Twigs, dieron un show que tomó por sorpresa a un público limitado, aunque fiel y entregado. Entre duelos de guitarra, falsetes dramáticos e historias sórdidas acerca de Father John Misty, ambos dieron una repasada rápida por su disco conceptual, Go to School, acerca de un chango que va a la escuela. Ya se imaginarán lo absurdo de toda la situación.

La parte de ensueño corrió a cargo de Mercury Rev, quienes tomaron la Levi’s Tent y la convirtieron en su propio planetario, con animaciones espaciales, juegos de luces de todos los colores y la imponente presencia del frontman Jonathan Donahue, quien pretendía conducir una orquesta surreal. Con motivo de los 20 años de su emblemático Deserter’s Songs, sonaron canciones como “The Funny Bird,” “Tonite It Shows,” “Goddess On a Highway” y “Holes”, llenas de mucha melodía y reverberación que fascinaron tal y como en 1998. La cosa se puso más electrónica en el escenario vecino con Digitalism, que realizó un set en vivo donde hizo gala de su manipulación de samplers, vocales energéticas y producción solemne y dinámica. Fue una especie de “precopeo de energía” para que todos entráramos en calor y “Utopia,” “Battlecry,” “Glow” y “Pogo” ayudaron bastante.

El ambiente en general tenía un dejo de satisfacción, más no llegaba a los niveles de júbilo de la noche anterior; quizás por el bajón de la temperatura o el cansancio que ya se notaba en algunos. Eso no impidió que participaran en los stands de juegos de destreza; comieran hamburguesas, piernas de pavo, churros o tacos de cochinita; disfrutaran de tragos coquetos bajo una cabaña romántica o entraran a una especie de antro improvisado en donde te colocabas unos audífonos y tú mismo podías tener tu propia fiesta alrededor de otros que bailaban a su propio ritmo. De esas ondas europeas que van teniendo apogeo, ya saben. Eso sí, la producción va tomando mucha nota de las necesidades y deseos de los asistentes, y me atrevo a decir que va mejorando con cada edición. Si en una de esas arman un jacuzzi en alguna sección VIP techada, les aseguro que a muchos no les va a doler el codo comprar un boleto con precio jugoso.

Pero de vuelta al show después de ese breve comercial. Uno de los actos más sobresalientes del día fue The War on Drugs, que superó el complicado reto de tocar por primera vez en México ante una multitud considerable en un festival reconocido, y lo hizo airosamente. Pudimos probar una pizca de verano manejando en la carretera con canciones como “In Chains,” “Pain,” “Strangest Thing,” “Under the Pressure” y “Red Eyes” gracias a la voz soñadora de Adam Granduciel y el magnífico trabajo de su ensamble en vivo. Mismo caso de MGMT, que empleó las pantallas e iluminación (y al respetable, ya de paso) para quebrar y distorsionar todo a su antojo, con “Little Dark Age,” “James", “TSLAMP” luciendo los nuevos sonidos y “Time to Pretend,” “Electric Feel” y “Kids” recordando a los de antaño.

Justo por este empalme, Death Cab For Cutie sufrió un poco tanto la asistencia como la potencia de sonido, hechos que su líder, Ben Gibbard reconoció pero logró salvar, diciendo “al menos nosotros tenemos más pinche sentimiento". Dicho y hecho, varias parejas aprovecharon para romancear con “I Dreamt We Spoke Again,”“Your Hurricane,”“Long Division,” “I Will Follow You Into the Dark,”“I Will Possess Your Heart” y “Transatlanticism,” convirtiendo esa parte del campo en una plaza de baile muy adecuada para el entorno carnavalesco. Pero la cursilería se tornó en furia, desolación y… más pinche sentimiento con el devastador show de Nine Inch Nails. Para este punto, muchos ya estaban acostumbrados a las deliciosas locuras del tío Trent Reznor, pero para los no iniciados, fue un deleite oscuro el poder sacudir las penas con “Wish,” “March of the Pigs,” “Reptile,” “Closer,” “The Perfect Drug,” “Burn,” “Copy of A” y, claro, “Hurt.”

Otro pequeño comercial que quisiera hacer aquí es la calidad del sonido, justo hablando de Nine Inch Nails. El tío Trent es quizás infame por su perfeccionismo en las cuestiones sonoras y tiene todo el derecho de serlo - vamos, el señor tiene un Óscar por Mejor Música y tiene mano en uno de los servicios de streaming más grandes. Sin embargo, uno de los aspectos que más fue aplaudido por el público y cuidado por los artistas durante los dos días fue el sonido. A diferencia del año pasado en donde la distorsión se coló varias veces en los escenarios principales, aquí sonaba impecable. Desde la baja fidelidad-convertida-en-HD de The Jesus & Mary Chain y las sirenas y beats ensordecedoras en el buen sentido de The Chemical Brothers el día anterior hasta los sintetizadores chillantes de MGMT, las cuerdas y vientos de San Fermin y prácticamente cada decibel que salía de NIN, el Corona se ganó otro sellito de tortuga en el cuaderno por “suena muy bien.”

Ya que la gente pudo agarrar un respiro, era momento de realizar la titánica tarea de pasar entre las multitudes que dificultaban el paso por quedarse a ver a New Order. Incluso hubo algunas molestias por quienes tiraban la cerveza sin querer, obstruyan neciamente los traslados o simplemente no les importaba que hubiera mujeres, gente con capacidades diferentes o niños pequeños. Pudo parecer que a la gente no le importaba, pero al sonar los primeros acordes de “Singularity” cualquier riña se convirtió en abrazo y los empujones se convirtieron en movidas ochenteras. Bernard Sumner y compañía supieron mezclar eficazmente canciones más modernas como “Crystal" o “Plastic” con algunas de su repertorio clásico como “True Faith,” “The Perfect Kiss,” “Regret,” “Bizarre Love Triangle,” “Blue Monday” y “Temptation.” Incluso por ahí tocaron “Disorder” para no negar la cruz de su parroquia, pero lo que selló el trato fue su encore con “Love Will Tear Us Apart,” en donde proyectaron varias imágenes de su vieja agrupación, Joy Division y culminaron con un bonito tributo a Ian Curtis. Sin duda, uno de los mejores momentos del fin de semana.

Era el momento de cerrar dos días de música, paz, amor y mucho frío. Una tarea nada fácil. Ya le ha tocado a Green Day, LCD Soundsystem, Calvin Harris, Kings of Leon y Queens of the Stone Age en años anteriores, con resultados mixtos. Los elegidos para este año eran Imagine Dragons, que ya gozan de un reconocimiento global cada vez mayor con su rock alternativo que puede tener algo para cada gusto, justo como el cartel de este año. Tenía sentido y, por lo que atestiguamos miles de melómanos ayer, vimos por qué fueron elegidos. Ya se graduaron de estar en el segundo renglón de actos de un festival (ellos tocaron en el Corona Capital de 2013 abajo de Phoenix y The xx) y ahora vinieron con fuegos artificiales, confetti y un admirable esquema de iluminación.

Si están notando que uso adjetivos muy conservadores es porque así estuvo su show. No estoy negando su poder de convocatoria, y me siento muy orgulloso de ver esta transición que han logrado. Escuchar canciones como “Radioactive,” “It’s Time,” “Machine,” “Zero,” “Demons,” “I’m So Sorry” y “Believer” con 100 veces más testosterona que en el disco ya es algo, o el hecho de cantar “Cielito Lindo,” que fue un gesto sorprendente. Pero desde que tocaron menos tiempo del previsto, la saturación del audio y lo intrascendente de todo el meollo, queda una sensación de que el puesto de headliners les quedó grande.

Si quizás hubieran movido a Robbie Williams a ese día o a Nine Inch Nails o a The Chemical Brothers, quienes realizaron sets sorprendentes, a ese horario, hubiera sentido un Corona Capital más allá de satisfactorio. Pero me quedo más con momentos que con un todo coherente. Momentos que sin duda fueron puntos altos en lo que va de conciertos en 2018 (las bandas que ya mencioné, Sparks y Friendly Fires, por ejemplo), además de los aspectos eco-friendly y de sonido, pero mi temor es que todo solo quede en comentarios más hacia el “vi a tal y tocó poca madre” o “tal banda o cantante cerró pero no estuvo tan chido,” en vez de decir “el Corona Capital de 2018 fue uno de los mejores.” Si contamos con una edición en 2019, sondearé y regresaré con ustedes para verificar si esto fue cierto. Ojalá nos veamos el año entrante.

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BERE
RIVERA // DIEGO FIGUEROA

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