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Bravo Festival 2017

Bravo: De cuando me perdí en el bosque o cómo aprendí a vivir sin internet.

Caminé el empedrado camino; entre árboles y una orquesta de grillos descendí hasta donde una comunidad de casas de campaña marcaba el fin del sendero. Cuidando no tropezar, logré llegar a mi pequeña morada. Entre la oscuridad encontré mi celular sin una pizca de batería, un sleeping arrugado, ropa, una pequeña bolsa con hierba, una botella con agua y otra más con alcohol. Tomé un hoodie, una gorra, me di un toque y agarré ambas botellas. Después de someterme a ocho horas de música, estaba listo para otras ocho más.

De a poco, México se ha hecho de cada vez más festivales. Este 2017 se ha distinguido por la llegada de algunos nuevos, entre ellos está Bravo. Música, naturaleza, bosque y la inquietud de productoras como Sicario, Archipiélago y Distrito Global –a quienes conocemos por Ceremonia, Bahidorá, Trópico, etc.– por convertir la reunión musical en una experiencia singular, fue la apuesta para esta primera edición.

#YaMeVi

Bravo nos recibió desde el viernes. El lugar, entre amplias cuestas, era un poco más difícil de circular que otros; las constantes bajadas y subidas hacían cansado el camino. Depósitos de colillas, anuncios de “no fumar” en ciertas áreas y colilleras otorgadas por la organización, buscaban prevenir una catástrofe. Pese a ser un spot claramente no diseñado para un festejo como tal. Entre paisajes verdes, montañas y hamacas, el panorama te sumergía en un mood único, inédito en mi experiencia.

Aquella tarde conocimos también algunas de las limitaciones del espacio. Nulas áreas de carga eléctrica provocaron que avisara de buenas a primeras a familiares y amigos que estaría desconectado de la civilización virtual hasta nuevo aviso, mientras que la poca variedad y altos precios en la comida (salchichas alemanas a 175$, tacos de jabalí a 60$ c/u, por mencionar algunos) hacían sonreír a mi paladar, pero llorar a mi bolsillo.

La primera noche Don Alex Albert (CDMX) y Noema (Berlín) nos empaparon con sonidos árabes, latinos y electrónicos que nos elevaron en un baile etéreo. Desconectados de la ciudad y en (casi) completa libertad, los asistentes entendimos el potencial de la experiencia. De más está platicar de lo que cada uno consumió o lo que pasó más tarde en las casas de campaña.

Noema.

#BravoBravo

“¡Tamales, atolíto!” y el nada compasivo rayo de sol asomándose por las montañas, llegó a cortar las pocas horas de sueño del campamento. Bueno, por lo menos comimos barato por una vez en el fin de semana. Regaderas individuales, agua caliente (sòlo para los madrugadores), baños bien improvisados y piletas de agua bebible, hacían de acampar en Bravo, una grata experiencia. Logré desconectar una luz neón del festival para conectar mi celular; avisé al mundo que seguía vivo y aguardé en una hamaca hasta que algo sucediera.

La música comenzó a las dos de la tarde con un Salvador & El Unicornio que poco hizo para animar a los pocos presentes. Wet Baes fue el siguiente acto en turno. El productor capitalino detonó su live set lleno de groove y sonidos nostálgicos. Fue grato observar a Andrés Jaime montar un show apto para la gira de festivales que él y su crew se han aventado este año.  

Salvador y el Unicornio.

El ambiente era apacible, vaya, creo aún había dudes recuperándose de la fiesta de la noche anterior. Para fortuna de su cruda, Ela Minus estaba en el escenario lanzando beats tiernos, combinados con su suave voz. Decidí entonces utilizar una de las chelas cortesía que contenía mi pulsera para ver el set de Curtis Harding. El músico norteamericano se ocupó de lograr un show estridente con guitarras fuertes y su provocadora voz soul.

Para el momento en el que Little Jesus piso el escenario ya todos se miraban recuperados, mientras que más gente llegaba de la capital y otros sectores de la República. Ya los conocemos, la LJ es garantía y con ellos Bravo comenzó a alcanzar dimensiones sorprendentes. Nombe y Sohn lograron reunir a una gran cantidad de asistentes, mientras que el Escenario Bosque se inauguraba con un Teen Flirt poniendo el mood cachondo. Ante la inminente fiesta por venir, decidí regresar a mi casa de campaña por provisiones (véase el párrafo 1).

Apenas recuerdo cómo Jagwar Ma hizo retumbar el Escenario Especial con un set cargado de psicodelia, o cómo SBTRKT osciló su selección musical con giros que contrastaban entre el indie pop, el post-dub y hasta el trap. A partir de ahí Hayden James, Weval y Crussen me fueron tumbando con agresivos beats y por más que quise resistir, cuando JG Wilkes cerró el festival antes del amanecer, yo ya estaba en el camping roncando.


Si alguien me pidiera mi opinión del festival, creo que Bravo, aún con varios puntos por solucionar y perfeccionar, es una gran experiencia. Un festival que te ahoga en una vivencia única y te dice que fiestear duro en el bosque está bien. Espero haya más ediciones, que por lo menos yo #YaMeVi.

No es una revista, es un movimiento.