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A 30 años de 'Heaven or Las Vegas' de Cocteau Twins

A 30 años de 'Heaven or Las Vegas' de Cocteau Twins

Alquimia de un refugio agridulce y atemporal.

La música es un elemento fundamental de nuestra existencia, tan impredecible como atemporal. Existe en muchos niveles y se despliega al correr de nuestros días como un universo que nos refugia de realidades hirientes y logra desdoblar a nuestra conciencia en distintos planos: El que está en el presente mientras se escucha, aquel que se desarrolla en el recuerdo, y el de la ensoñación de un futuro más amigable.

Hay discos que se vuelven compañeros inseparables, burbujas de oxigeno, bálsamos del espíritu. Para muchos de nosotros Heaven or Las Vegas -sexto LP del mítico grupo escocés Cocteau Twins- es uno de ellos.

Al escuchar los 10 tracks que lo componen, vuelven al recuerdo los días adolescentes -incomprensivos y contestatarios- el café matutino, el olor a cigarro  entre los dedos.

El recuerdo de caminar sin rumbo con esos audífonos de esponja naranja aislándonos del mundo que llevábamos a cuestas, escuchando el consuelo esperanzador que ofrecía la voz casi inhumana de Elizabeth Fraser.  Suspirar hondo mientras la calle se volvía nebulosa y dejarse transportar por un sonido que parecía de otro planeta compuesto por la guitarra alienígena y ruidosa de Robin Guthrie y el bajo preciso y terrenal –ancla de lo etéreo- de Simon Raymonde.

Hoy suman 30 años desde el día en que, bajo el mítico sello 4AD, fue editado el material más famoso de este trío de genios, un disco que marcó la historia de la música al maridar hábilmente el pop y lo “incorrecto”, inspirando entre sutiles y exorbitantes transgresiones, el sonido de futuras generaciones en las que se incluyen bandas como My Bloody Valentine, Goldfrapp, o Slowdive por mencionar apenas algunas.

Heaven or Las Vegas es un disco hecho de contrastes existenciales: La vida apenas nacida (Lucy Belle, la primogénita de Liz y Robin llegó a mitad de la grabación). La muerte (El padre de Simon apagó su luz un día antes de que germinara como homenaje a su partida el piano de “Frou-Frou Foxes in Midsummer Fires”).  Y el dolor que supone no ser dueño de uno mismo (Robin estaba en el pico de su adicción a la cocaína). Realidades distintas que entre más se fracturaban hacían que la música se volviera más cohesiva.

Tomó dos años darle forma, no había prisa, el estudio donde fue grabado (September Sound) le pertenecía a la banda, y las posibilidades técnicas y creativas eran ideales casi como nunca.

En un día normal, Guthrie (guitarra, sintetizadores, programación y producción) y Raymonde (bajo, piano, guitarras y producción) trabajaban sobre la marcha en una idea musical (científicos locos, niños curiosos) hasta terminarla por completo y solo entonces, la creatividad de Liz entraba en juego.

Dentro de esta dinámica, la hábil belleza en las decisiones vocales tomadas por Fraser al entrar a la cabina de grabación se vuelve extraordinaria. Y es que aún dentro de todo ese universo sonoro cuasi barroco construido entre capas y capas de texturas y motivos melódicos superpuestos, ella encontraba espacio suficiente para serpentear con naturalidad, logrando volver estático algo que de entrada ya parecía insuperable.

Si se piensa bien, las composiciones de Cocteau Twins no existen dentro de la forma tradicional de canción, son historias compuestas de metáforas, poesías sonoras que abren la puerta para que aquel que las escuche proyecte sobre ellas su propio ser, y entre tanta vaguedad, lo más probable es que no existan dos personas que escuchen exactamente el mismo disco.

Heaven or Las Vegas salió de gira en el 91. El show en vivo requirió de dos guitarristas extra en escena: Ben Blakeman y Mitsuo Tate, quienes recreaban las texturas principales del disco a menudo doblando las líneas para volverlas más robustas.

Mientras tanto Guthrie  -punk y obsesivo como pocos- se dedicaba a jugar con la parte del noise y el feedback, mientras controlaba vía MIDI la programación de los efectos de las guitarras, la mezcla de cada monitor dependiendo de la canción que se estuviera interpretando, las cajas de ritmo y por si fuera poco, también tenía acceso al sonido de la sala. Dato curioso: Entre los teloneros se encontraba la banda estadounidense Galaxie 500 ¿Habría un escenario más insuperable?

Al correr de los años, muchos han tratado de describir el enigma de este trío buscando etiquetar algo que de tan mágico no puede definirse con ninguna palabra. ¿Cómo podría serlo? Después de todo, la historia comenzó con un par de chicos viendo bailar a una joven estrafalaria en una pista de baile y la seguridad de que ella podría ser la voz que buscaban.

Ella nunca había cantado, pensaba que quería ser mesera pero dijo que sí y permaneció con ellos por más de 15 años. Jóvenes escapando de un destino que parecía no tener opciones en su pequeño pueblo de fabricas, aguerridos, controversiales en su sonido. Y es que en los 80 las reglas existían para romperse y si no existía un futuro, era menester inventárselo.

Escribí todo esto quizá para intentar explicar, (explicarme) qué es aquello que nos lleva de vuelta -una y otra vez- a Heaven or Las Vegas después de tres décadas, y entre remembranzas y datos duros me di cuenta de que más allá de lo impresionante de su lenguaje musical, en 38 minutos de duración, tres voces nos permiten -con extraña belleza y esperanza- habitar sin miedo la fragilidad de nuestra propia existencia. Al pensarlo bien, no hay un refugio más perfecto que ese.

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