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Requiem por Rocktubre

Requiem por Rocktubre

01/Oct/2020

En este año tan confuso, el cubrebocas ha detenido ese grito que te alivia y enaltece cuando suena la canción que tanto esperaste escuchar en vivo.

Se percibe en estos días tan distante, y ya tan ajeno, ese sentimiento de felicidad absoluta que evocaba cuando se apagaban las luces estando en un concierto, el primer gran grito desatado, cuando terminaba la larga espera que comenzaba con un rumor, una suposición, o hasta un presentimiento, que se comprobaba con un anuncio oficial, que aumentaba la ansiedad por la preventa, y luego el contar de los días que parecían eternos hasta la noche pactada. Pero todo eso quedaba atrás y la recompensa era la emoción indescriptible y hasta cierto punto somática, el escalofŕio que recorre la espalda, las ganas de llorar, el inicio del daño permanente en la garganta por los cantos, la fuerza centrífuga de un slam, la energía de la multitud, la perfecta compañía o la inevitable soledad. 

Si algo nos ha enseñado el año 2020 es que todo es incierto, que es importante leer esas pequeñas letras impresas en un boleto que advierten que pueden existir cambios sin previo aviso, la crueldad de lo imprevisible. Y es así como nuestra agenda personal hoy se nota vacía, nuestro presupuesto para conciertos sigue intacto o fue utilizado para otras necesidades. Ya no hay anuncios de festivales por los cuales discutir airadamente en redes sociales, nadie tiene ganas de hacer carteles falsos, ante la falta de confirmaciones ni siquiera existen los rumores. 

Opciones están apareciendo, que nos adaptemos a ellas es simple, que nos gusten ya es cuestión de cada quien, pero sigue ganando la nostalgia. Nuestra alegría por encontrar amigos en los trayectos de un escenario a otro en medio de un festival se ha visto coartada por un factor que nos impide estar juntos, como deberíamos. Ante la nueva normalidad todo parece una distopía en la que pensamos que en el próximo gran evento masivo será mejor andar caminando en una burbuja de plástico como Wayne Coyne para evitar un contagio. Tiempos de reembolsos pero no de reencuentros, días de transmisiones pero no de realidades.

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De 2010 a 2019, tuve a bien ser testigo y partícipe del aumento de la oferta de conciertos, festivales e inmuebles en México, a tal grado que Rocktubre fue un término acuñado por fans y apropiado por medios y promotores para resaltar la abultada agenda del antepenúltimo mes del año, y después del vendaval de la primavera y el verano, el cierre perfecto de actividades en cuanto a cartelera, pero no este 2020. 

Más allá del tropiezo que esto significa para las carreras de demasiados músicos, aquella gente portando playeras negras que corre, acarrea, carga, escala andamios, dispone comida, seguridad, transportación, los niveles óptimos de audio, ellos sí que la han visto difícil. Los radios del crew de producción han silenciado las instrucciones y su estática representa un vacío, el stage hand ahora da cursos en línea, los runners ahora tienen más estrés por saber si pronto tendrán trabajo que por conseguir un pound cake inglés para Iron Maiden, no hay café en el catering ni siestas encima de los road cases mientras toca la banda, las planillas de ayudantes se han reducido, ya que no es lo mismo armar un set para transmisión en video que el escenario principal del Vive Latino. 2020 como un terrible curfew

Aquella adolescente que se había ganado su boleto para Harry Styles gracias a sus buenas calificaciones ahora tendrá que ahogar sus gritos mientras sigue estudiando a distancia, las nuevas generaciones que esperaban el show del año con Tame Impala ahora están batallando por su reembolso, o decidirán esperar aún más tiempo para el nuevo día pactado, aquellos que tenían la expectativa por ver, de nuevo, o tal vez, toco madera, por última vez, a Roger Waters, ahora están sujetos a recibir información al respecto de un cambio de fecha. 

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Tan buenos discos recientes de bandas locales como Vaya Futuro, Mint Field o El Shirota, aún no son presentados como se debe: con la vista fija e intimidante del público dirigida a los ejecutantes, con el murmullo de una plática de fondo, y después, con el ruido y la aprobación ante los primeros acordes crudos, directos, emanados de los amplificadores. Hombro con hombro el fan, el periodista, el invitado, el crítico, y hasta el curioso, disfrutando esa unión que implica un rock, un toquín, un gig, un show, como quieras llamarle.

Es ahora cuando incluso extrañas la tormenta que terminó por destrozar el terreno de la curva 4 del Autódromo Hermanos Rodríguez y tu par de tenis en aquel infame y lluvioso Corona Capital, ese whisky carísimo y esa cerveza caliente, y hasta el grito incesante de sus proveedores entre el gentío. La multitud que te sofocaba, pero que también te abarcaba, ahora es solo un idilio, más cuando ni siquiera tienes a una sola persona que te abrace. 

Quédate por ahora con ese llanto que te provocó cantar “Hey Jude” con Paul McCartney, la incomprendida ansiedad adolescente por querer estar cerca de Justin Bieber, el recuerdo de ese amargo amor que implicó escuchar a Interpol, la sordera que te dejó Deafheaven, lo golpeado que te dejó el slam de Converge, lo enamorada que te dejó Enrique Iglesias, la oportunidad gloriosa de ver a Chris Cornell con Soundgarden, o el cansancio que provocó emular las coreografías de una noche del 90’s Pop Tour. Porque nosotros el público, los fans, la raza, la banda, desde aquellos que se perdieron un ideal 15 de septiembre con Alejandro Fernández en el Auditorio Nacional, hasta aquellos que cuentan los días para que el punk en Ecatepec se reactive, estamos en espera de volver a sentirnos vivos. 

Lo cierto es que ahora nos toca adaptarnos a una nueva realidad que parece ciencia ficción, pantallas que nos proveen en casi todos sentidos: laborales, programáticos, informativos, en movilidad y hasta alimenticios. De nosotros dependerá si el streaming que tanto nos ha alimentado musicalmente, también lo hará en el aspecto de los conciertos, pero personalmente lo veo muy difícil, sobre todo por todo el sentimiento que implica ser parte del monstruo de mil cabezas que hacia un escenario centra todas sus esperanzas y en la música en vivo encuentra la salvación y catarsis absoluta, y sobre todas las cosas, ese rugir multitudinario y emotivo al gritar y cantar en un infalible unísono. Sing with me, sing for the year, sing for the laughter, sing for the tear, sing with me if it's just for today, maybe tomorrow the good lord will take you away”.

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