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The Cure en el Foro Sol

The Cure en el Foro Sol

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Foro Sol

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En una noche como esta, en la calle de la fascinación con The Cure, tenemos el corazón roto.

Es difícil escapar de los clichés cuando se habla de bandas que han hecho historia y, cuando se trata de agrupaciones que siguen marcando un punto y aparte con su música, es complicado decir algo que no se haya dicho con anterioridad. ¿Qué puedo decir del concierto de The Cure que no se imaginen quienes no estuvieron ahí y que conocen a la banda? Creo que nada. Basta revisar el setlist para darse cuenta de que fue grande. Épico, redondo, contundente. Así como lo fue el de 2013, pero con menor duración. 36 canciones que abarcaron casi todas sus etapas, desde las más oscuras hasta las más felices cruzando por el camino sinuoso del post punk. Lo único que extrañamos fue un guiño a la decadencia de Pornography. Fuera de eso tuvimos Disintegration, Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me, The Top, Faith, incluso tuvimos Three Imaginary Boys y Boys Don’t Cry. Quienes estábamos ahí sabíamos de antemano que se abrirían algunas grietas y que más valía cauterizarlas ahí mismo o de lo contrario saldríamos corriendo a una farmacia para buscar gasas. Afortunadamente la banda que dirige Robert Smith desde 1976 se encargó de abrirlas y de cicatrizarlas.

Rey Pila, la agrupación mexicana que siguió tras Violet Vendetta sonó impecable, muy nítida, aunque sin mucho éxito en el Foro Sol que para ese momento aún no almacenaba a la mitad de los que eventualmente llegarían. Ejecución perfecta, pero en el tercio de su presentación la música careció de lo que se encuentra en el ADN de The Cure, alma, profundidad, ira, dolor. El rock and roll viene de ese punto o simplemente no lo es. Se asemejan a muchas bandas y sus composiciones pueden ser interesantes, pero no lograron tener espíritu. Y The Twilight Sad, que continuó en el repertorio, por el contrario, les sobra salvajismo, crudeza, su música es post punk y shoegaze rabioso. Poco a poco se clavaron en el terreno del sonido ensimismado, rebuscado, como autoflagelación, pero en su primer visita a México los escoceses triunfaron. Y en esos fenómenos que nos encargamos de dotar de significado o que nos sirven para pensar la vida no llovió aunque el cielo se nubló y dejó caer algún atisbo, en cambio hacía frío, ese frío que hela el cuerpo, el cielo estaba despejado, cayó la noche, todo parecía puesto a ser, y a las 21:10, The Cure comenzó la ceremonia…

La banda tiene en su vena la historia de un fragmento de tiempo, tiene algunos de los mejores discos que se hayan publicado, ha sobrevivido considerablemente y cubre con un manto oscuro aquellos recuerdos que estallan en la memoria, casi siempre relacionados con el dolor y la melancolía. A este show se congregaron almas de cualquier clase social y de cualquier edad, había imitadores de Robert Smith, adultos, niños, jóvenes que probablemente no habían nacido cuando la banda publicaba su último gran trabajo en el 2000, Bloodflowers, la culminación de su trilogía maldita. Había de todo y si me lo preguntan estoy con la certeza de que quienes gritamos eufóricamente cuando comenzó “Plainsong” con su sonido de cristales quebrándose conocemos el dolor. Cualquier tipo de dolor y que viene acompañado de esa oscuridad que mencioné arriba. The Cure es, aunque me pese la traducción literal, esa cura para las heridas abiertas, para los recuerdos hirientes y también un píldora para traer de vuelta algunos más agradables.

En un escenario enorme que tenía una pantalla igual de grande de fondo brillaban ambientes relacionados con las canciones como un bosque en “A Forest” o unas llamas agitándose en “Burn”, las siluetas negras de los ingleses se desenvolvían con fuerza; seguros, contundentes, manipulando los instrumentos, dirigiendo el alma y el corazón de más de 70 mil asistentes de negro que participaban con ahínco. Unos cañones de luz dejan ver esas miles de cabezas cuyos gritos se escuchan en esta arquitectura que sirve de marco de una ceremonia en la que uno puede flagelarse y sanar en una misma canción. Una extraña fuerza que empuja en el pecho, en el estómago, en las manos, en la cabeza, en las células hasta llegar a una catarsis en la que el dolor se convierte en una experiencia trascendente. “Pictures of You”, “A Night Like This”, “Just One Kiss”, “Love Song”, “Just Like Heaven”, “Prayers For Rain” entre algunas otras antes de abandonar por primera vez el escenario con el grito de la desintegración y aniquilación y ruptura y desquebrajamiento que es “Disintegration”. “Nunca dije que me quedaría hasta el final, sabía que te iba a dejar con los bebés y con todo (…), los dos sabíamos cómo es siempre el final”.

Y después nueve temas más entre ellos “Lullaby”, “The Caterpillar”, el debut en el tour de “Hot, Hot, Hot!!!”, “Friday I’m in Love” y el cierre fue “Why Can’t I Be You”. Para entonces ya van 30 canciones. Podríamos irnos y sentirnos satisfechos, pero la banda aproxima un cierre para los fans de aquellas primeras composiciones que les explotaron a muy temprana edad. El sonido se estaba perdiendo y se saturaba en momentos, la banda arrojó seis temas más de punk rápido y existencial, “Three Imaginary Boys”, “Boys Don’t Cry”, “Jumping Someone Else’s Train”, “Grinding Halt”, “10:15 Saturday Night” y la fabulosa y existencial canción que fue el cierre perfecto para la noche en que pudimos ver con claridad la oscuridad, “Killing an Arab”. Eso fue, pudimos ver y sentir y escuchar con nitidez esas canciones que entre muchos temas recurren siempre a las lágrimas que gotean, gotean, gotean…

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