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50 años de Led Zeppelin

50 años de Led Zeppelin

50 años de Led Zeppelin y el dirigible sigue su curso.

I'm so glad I'm living. Gonna tell the world I am, 

"Out On The Tiles".

Mi primer acercamiento con Led Zeppelin, como supongo ha sucedido con mucha gente que con el tiempo se volvieron adeptos, simplemente los reconocen por su legado o que a pesar de no reconocerlos a fondo los saben legendarios, fue con “Escalera al cielo”. Gracias a esa perdida costumbre de traducir los títulos de las canciones al español en las viejas ediciones mexicanas en vinilo. Canción imitada, derrocada, acusada de plagio, emulada, jamás superada, su inicio que en efecto nos transporta a un camino de espigas guiadas por aquel misterioso mago que reposa en el arte del disco, que con su lux aeterna nos lleva a la gloria musical.

Torpemente mis dedos han tratado de colorear sus arpegios en la guitarra, los acordes fallan, y ni hablar del infalible solo que colocó a Jimmy Page como un inalcanzable, un eterno, un maestro absoluto de la dominación de las seis cuerdas, el supremo encantador de serpientes que se atrevió a desafiar las leyes de la acústica con sus experimentos al momento de grabar y darle aún más poder a las trepidantes evoluciones de John Bonham. El mortal, el controlador del ritmo, aquel que clavó una estaca en Moby Dick, el mito, el que a golpes de batería podía romper diques para causar inundaciones en nuestra memoria.

John Paul Jones y sus dedos cual tentáculos de un kraken descarriado y ansioso por destruir buques a la deriva entre las cuerdas del bajo o los teclados, el silencioso, pero también cuarto jinete del Apocalipsis del blues, de la transgresión perfecta del rock and roll que en Robert Plant encontraría a su dios dorado, a su Moises partiendo el océano en dos para guiarnos con su voz por las tierras soñadas por Tolkien, el guerrero que clavó la flecha en el talón de Aquiles en su última batalla.

La canción sigue siendo la misma y el legado supremo en un infinito de posibilidades, y a 50 años de distancia, una generación se lamenta haber perdido el cenit de una banda fundamental que ante la ausencia de uno de sus pilares decidió terminar su camino. Aturdidos y confundidos los sobrevivientes siguieron caminos difusos y constantes entre su búsqueda por un nirvana, una absolución, una cura, porque la inmortalidad ya la habían alcanzado. Aquel día de celebración en la que los sobrevivientes se unieron al heredero de Bonham para ofrecer sus últimas presentaciones en vivo, nos quedó como herida de un quizá, y como lamento de un ya nunca más. Ahora solo nos quedan las filmaciones, las reediciones, el libro que vendrá, y esperar a que poco a poco los fuegos de un candelabro se vayan apagando, porque el tiempo es imbatible, pero la música nos quedará como impulso permanente.

Lo más cercano que hemos tenido de esta vasta gloria en directo ha sido gracias a Robert Plant y sus recientes actuaciones en nuestro país: “ninguna banda de todas las que tocaron hoy existiría y ninguno de nosotros estaríamos aquí de no ser por este sujeto”, le dije a mi acompañante mientras sucedía su presentación en el festival Vive Latino. Un “Good Evening” salió de sus labios cuando crucé mi camino con él en los pasillos del Auditorio Nacional mientras, curiosamente, admiraba la fotografía que reposa como testimonio de sus visitas al histórico inmueble de avenida Reforma.

A la fecha “The Rain Song” suena en cada uno de mis viajes, vuelos, esperas y caminos, y en especial ante la inmensidad de las nubes, ante un lago en Punta Nizuc, al anochecer en Holbox, surcando la selva camino a Tulúm, es una canción que me encanta dedicar y escuchar cada vez que se me aparece por diversas circunstancias, inevitablemente sonará en mi funeral. Es solo una pieza como muchas de esta banda que nos hacen temblar, imaginarnos portando una Gibson Les Paul mientras tocamos al aire el riff de “Black Dog”, mientras gritamos a modo de broma el coro del intro de “Immigrant Song”, y su riff cual martillo de los dioses pulsando en nuestra sien, mientras notamos la maestría del bajo en las evoluciones de “The Song Remains The Same”, mientras el intro de “No Quarter” es el inicio perfecto de la película de nuestras vidas, “Tangerine” como la felicidad que a veces nos hace falta, “Friends” cual sonrisa que debes compartir con alguien que se siente afligido, “In The Light” para mantener siempre la esperanza, “Thank You” para decir con palabras ajenas lo que no puedes explicar con frases propias: “When Mountains Crumble to the Sea, There Will Still Be You and Me”. “Babe I'm Gonna Leave You” para decir adiós antes de que sea demasiado tarde, “Since I’ve Loving You” como el vals extraño que tal vez bailaríamos en la mejor noche de nuestras vidas de la mano de quien daríamos todo, por quien hacemos todo.

“This is a Song of Hope” menciona Robert Plant en quizá la grabación en directo más famosa del tema referido al inicio de este texto, el ambiente celestial que evoca su génesis, ella que compra una escalera al cielo para ver si podemos alcanzarla, peldaño a peldaño, ganando y perdiendo, fallando y corrigiendo, escalando cada día y descendiendo por momentos, gran esfuerzo, esperanza primigenia, mientras nos preguntamos qué es lo que nos lleva a querer ser imborrables, dejar un legado más que una tumba donde nos vayan a llorar. Y mientras seguimos ascendiendo, el dirigible emanando sus maravillosos ecos y tonos hará que el camino sea más placentero, hasta donde tengamos que llegar, o caer, o detenernos.

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