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A 20 años del 'Toxicity' de System of a Down

A 20 años del 'Toxicity' de System of a Down

Toxicidad necesaria.

"Swimming through the void, we hear the word 

We lose ourselves, but we find it all 

'Cause we are the ones that want to play 

Always want to go, but you never want to stay 

And we are the ones that want to choose 

Always want to play but you never want to lose",

System of a Down, “Aerials”.

 

Toxicity de System of a Down vio la luz el día cuatro de septiembre de 2001 y una densa obscuridad cubriría al mundo una semana después; dos vuelos secuestrados, alerta máxima terrorista, las mismas imágenes por televisión en vivo y en directo y en los días subsecuentes, casi a todas horas. El impacto al ego del defensor del mundo a un par de pilares de la matrix capitalista, nubes de escombro y lluvia de seres humanos aferrados a sobrevivir, cartas con ántrax, una nueva y rabiosa intifada, nombres y términos que se quedaron en nuestra memoria a largo plazo: Mohamed Atta, Donald Rumsfeld, Osama Bin Laden, armas de destrucción masiva, yihad islámica, talibanes, pastún.

System of a down - Toxicity (Art)

Pero el pelotón de élite integrado por Serj Tankian, Daron Malakian, Shavo Odadjian y John Dolmayan fijaría una incursión directamente a nuestra psique bajo su nombre clave, System of a Down, un arsenal de instrumentos a modo de fusiles M-16 y su segundo álbum y magnum opus bien nombrada Toxicity: canciones cual sustancia dañina que a la larga nos dejó cicatrices benignas. Sin afán de lastimar más que nuestros tímpanos y renovar nuestro espíritu adolescente, “Prison Song” era el primer esbozo de eufórica libertad aunque estuviéramos encerrados en nuestros cuartos sin permiso para salir o dinero para escaparnos.

Toxicity en su conjunto es como el ánima tribal que nos había mostrado Sepultura con Roots, el groove que en aquel momento seguía desarrollando Pantera y la crítica política y social que enarbolaba Rage Against The Machine. Disco infalible en el terreno obtuso de aquello que los medios catalogaron como nu metal, evolución necesaria ante las bandas de la vieja escuela que seguían aferrándose al estilo que les dio la gloria y luego les robó la atención.

El video de “Chop Suey!” y su rotación constante en los más pedidos de MTV, por aquellos que estábamos hartos de Britney Spears, preferencia de los que cantaban “In The End” de Linkin Park pero también de los y las que bailaban coreografías de Backstreet Boys,  remedio perfecto cuando comenzaba a aburrirte Korn y cuando Deftones te sorprendía cada vez más. Así mismo, la canción perfecta para cambiar el mood de una fiesta, quitar a Sean Paul y provocar el slam, o que parte de la gente se fuera, o mejor aún, que todos se unieran, a pesar de las diferencias musicales y con el hermoso pretexto de brindar, en una sola voz que seguramente molestaba a los vecinos, “I cry when angels deserve to die”.

Este era el encanto de Toxicity, de esos discos de rock que no es rock, de metal que hace match con el pop, los top charts, la rotación radial, porque también puedes hacer headbanging en tu cuarto y luego besar tu poster de Justin Timberlake o usarlo como música de fondo mientras jugabas Playstation, porque lo podías encontrar en tu software para bajar música preferido, sonaba en tu Winamp y en tu NetMD, en tu discman o en el estéreo del coche rumbo a la escuela: “Eso ni es música, es puro ruido”, seguramente pensaban tus papás, pero a ti te encantaba.

“Psycho” como encantador sencillo que nunca fue, “ATWA” inspirada por Charles Manson, “Bounce”, “X” y “Shimmy” y su modo de canciones hardcore, de esas que no duran más de dos minutos pero los golpes que recibiste haciendo slam con tus compas seguro te siguen doliendo. “Arto” en honor a las raíces de la banda, un homenaje a los caídos en el genocidio armenio de 1915, “Aerials” y su encanto sinfónico e inmortal, el afán de la banda de sonar como un bombardeo sobre Beirut, pero eso sí, armonizado perfectamente al estilo de The Beatles  

Otro gran disco bajo el mando de Rick Rubin en la producción, quien en una entrevista denotó un detalle interesante y una constante que hace de Toxicity un disco único, “No sé qué significan las letras, pero sé qué me hacen sentir”, y en efecto, la lírica metafórica, la ironía, la crítica puede entenderse de modo subjetivo, pero la forma en la que se expele es furia pura, un ataque quirúrgico sin daños colaterales, una catarsis necesaria en tiempos de mentiras. 15 temas finales de más de 40 grabados, disco de oro en México y millones de copias esparcidas por todo el mundo a modo de manual contra el terrorismo, porque los enemigos estaban y siguen por todos lados, los que manipulan la información a modo, los que detonan explosivos a distancia, marines entrenados y mártires sacrificados, conspiraciones casi figuradas por Tom Clancy y la música para olvidarnos de toda tribulación hasta nuestros días.

Que ese ánimo de juventud renazca para desempolvar este CD o recurrir a tu plataforma de streaming favorita, que desde el primer hasta el último track regresen los recuerdos, las caguamas que vaciaste, las cumbias que te perdiste por andar de metalero, que las letras vuelvan y fluyan como las rimas de Eminem, los coros de Nsync o las frases de Papa Roach, una toxicidad chida, no como la que te receta tu novia, tu trabajo mal pagado y peor agradecido o el estrés de la incertidumbre. Que System of a Down te devuelva a aquellos tiempos donde menos cosas te preocupaban.

No es una revista, es un movimiento.