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Michael Jackson en México

Michael Jackson en México

Alejandro
Ramírez

08/Nov/2018

Do you remember the time?

Oh fortuna, cuál la luna y su estado variable, el macabro tono de Carl Orff y su inmortal “Carmina Burana”, un destello de luces como preludio a la sorpresa, Michael Jackson emergiendo de un salto al escenario para permanecer inmóvil. En una edad en la que no sabes nada y crees saberlo todo es difícil enfrentarte a un espectáculo de tal magnitud, tan solo disfrutas, no analizas hasta mucho tiempo después, tan solo te queda el recuerdo, y escuchar la música te arrastra hasta aquella noche del 29 de octubre de 1993 en la cancha del Estadio Azteca.

Michael la efigie, cual estatua de Horus o un monumento al héroe de una guerrilla emocional y generacional. Impávido ante los gritos de miles, devorado por los ojos ansiosos que ante cada movimiento desangran. “Jam” y sus destellos, los pasos de baile precisos, las explosiones, el interludio cual marcha de un ejercito y la dominación absoluta del pop en nuestras neuronas, estábamos inertes ante el rey.

“I said you wanna be startin’ somethin’, you got to be startin’ somethin’”, años de distancia para figurar la evolución del sonido Motown, el pináculo de un genero que a la par de vender experiencias explota la demanda por latas de refresco, la memorabilia que se convertirá en coleccionables, ítems mint condition que ya no tienes para vender porque se perdieron en una mudanza, en una caja, en una venta de garaje. “Smooth Criminal” y la evolución del baile, el cuerpo como instrumento perfecto, las adecuaciones escénicas sorprendentes, antes de cisnes negros y musicales insulsos con coreografías predecibles teníamos estos precedentes: los trajes de gangster, el ángulo de 45 grados en un arqueo que desafiaba la gravedad, trucos teatrales que nos parecían algo de otro mundo.

Recuerdo aún más joven cuando salió el video de “Espeluznante” (así se refería la televisión mexicana a “Thriller”) y el temor que me evocaba la figura de Michael rodeado de espectros de ultratumba, sus ojos amarillos brillantes al final de aquella risa macabra que año de distancia cambió del miedo a la apreciación. Si fuiste un niño a mediados de los años 80 y principios de los 90, Michael Jackson tenía un altar permanente en tu descubrimiento musical, y fue desde su gloria hasta su ocaso que aprendimos de su genialidad y nos atuvimos a sus escándalos, su estrafalario modo de vida, su rara vestimenta, su actitud extraña ante el mundo que eufórico lo seguía a todas partes. Sentíamos cierta empatía por aquel niño que nunca tuvo una vida normal y cuyo síndrome de Peter Pan hacía que la prensa imaginara lo peor y que los mitos urbanos alimentaran el misterio: confeti hecho con billetes de 100 dólares, la adquisición del cerebro congelado de Walt Disney, el séquito de niños que habitaba permanentemente el rancho Neverland, la operación a la que se había sometido para cambiar el tono de su piel, o el primer reptiliano del cual se tenía registro en las columnas sensacionalistas.

El hombre, la leyenda, las falacias, las figuraciones, lo que no podías creer se disipaba ante el indeleble tono del inicio de “Billie Jean”, emular el moonwalk en el salón de clases, tocar una y otra vez la cinta del Dangerous, saber que Slash era el creador del riff de “Black or White”, emulando la gloria anterior de la colaboración de Michael con Van Halen, cosas que vas aprendiendo sobre la marcha de la música que siempre te acompaña.

Michael el salvador haciendo cantar a coro el final de “Heal the World” por tiempo indefinido, cual coro de “Life is Life” de Opus, aún en los túneles del estadio a la salida la gente seguía repitiéndolo. Su llanto tal vez fingido y persistente, la delgada línea entre el performance y la complacencia, pocas palabras ante la euforia, afortunado aquel que logró agarrar el sombrero que lanzó y que ahora debe ser una especie de santo grial. Familias enteras que consiguieron entradas a la vieja usanza, sin intermediarios, sin preventas, las computadoras apenas comenzaban a ocupar las oficinas, no nuestras manos, me pregunto si habrá recuerdos fotográficos en algún cajón, ya que es difícil encontrar testimonios gráficos en Google. Años de distancia y el mundo sigue sin curarse, cada vez se pone peor, y ni las canciones ni las buenas intenciones lo pueden salvar. Parecía tan distante esa realidad destructiva reflejada en enormes pantallas.

Recuerdo que al final del concierto Michael enfundado en un jetpack voló sobre nuestras cabezas que por ciertos momentos como espectador tenían que esquivar basura y hasta monedas ante el reclamo de la gente de atrás que pedía que nadie se parara sobre las sillas. Un enorme tour book con fotografías que se perdió, un vaso de plástico que soportó el paso del tiempo, el boleto como testimonio fiel de mi asistencia, los recuerdos difusos pero entrañables de una noche que cambió mi visión al respecto de los conciertos y la ansiedad por el próximo show que vendría tiempo después ya que en aquellos días, México apenas comenzaría a ser un sitio estratégico para las grandes giras. Por aquellas fechas hace 25 años, que incluso Madonna estuvo la misma semana en la ciudad y Metallica y Paul McCartney el mismo año,  todo cambió para bien, y al día de hoy, le debemos al “Rey del pop” una nueva etapa para los conciertos en nuestro país.

 

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