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Grace Slick de Jefferson Airplane cumple 79 años

Grace Slick de Jefferson Airplane cumple 79 años

Ana
Flores

30/Oct/2018

28,835 días entre Woodstock y las calles de California.

Seis racimos de uvas sobre la mesa, un torbellino de tabaco y 400,000 jóvenes con la insignia de Peace and love. A las orillas de Bethel aún hay 250,000 personas que quieren unirse a la caravana. Vaya ingenuidad de la policía al pensar que Woodstock atraería a 6,000 espectadores. Llegamos desde anoche; los organizadores dijeron que nuestra presencia en el escenario sería a las 21:00 H. Sin hacer comentario alguno, supimos que el viaje en helicóptero era un indicador de que no tocaríamos a ras de la luna. A la edad de 30 y entre charlas, alcohol, drogas y música, la espera hasta las 6:00 H. significó muy poco. No he escuchado los noticiarios y tampoco leído la prensa. No es difícil saber que Nixon acaparó las primeras planas del New York Times para advertir a nuestros padres de los efectos del consumo de marihuana y heroína. Qué eficaz forma de criminalizar la protesta, señor presidente. Por fortuna, el día de hoy tengo la oportunidad de hacerle entender a todos que es mejor que se mantenga fuera de nuestros asuntos, no le incumben en lo absoluto.

En marzo de 2001, Chicago Tribune retrató a una Grace Slick de cabello blanco y con prendas Prada; disfrutaba del aire fresco y se dejaba llevar por la sincronía de los sorbos a su taza con café y el deleite de su focaccia vegetariana. “Esta voz tan representativa de una generación puede pasar desapercibida”, declaró el diario en sus primeros párrafos. La comodidad de salir a comprar materiales de arte –le apasiona pintar los rostros de Jerry Garcia y Janis Joplin y la indiferencia con la que Slick se pasea entre los transeúntes de Los Ángeles forman parte de lo que la artista ha llamado “la recta final”.

A sus 79 años, la voz de Jefferson Airplane ha comprendido que su lugar ya no está en los escenarios ni en las portadas de Rolling Stone o Dark Star. Algunos días se sienta en la orilla de la cama y sus 24 horas pasan al ritmo de “Ya estoy vieja para esto”. Está convencida de que su envejecimiento no es algo de lo que quiera sacar provecho, pues a su edad, “imitar a alguien que tiene 30 la haría ver como una tonta”.

En sus pensamientos y declaraciones, Grace no juzga a aquellas leyendas del rock que se quieren mantener en esa posición. El mantra que la ha acompañado durante sus 28,835 días se basa en considerar a la espiritualidad como un sinónimo de “cada quien su vida”. No se asume como una persona religiosa. La creencia en la dualidad de paraíso/infierno le parece agotadora; en lugar de llevar a cabo una repetición de prácticas, la artista escucha y comprende las razones individuales para creer en el catolicismo, judaísmo y budismo. Del respeto y la tolerancia que tiene hacia los demás, Grace Slick espera lo mismo para ella.“Está bien identificarse con lo que represente lo que somos, ¿Por qué habríamos de juzgar? No es nuestro asunto”.

El periodo en el que su nombre apareció en la lista negra del FBI y los constantes señalamientos de Richard Nixon como “una amenaza a la seguridad de los Estados Unidos” le hicieron entender el valor de la espiritualidad. Durante una charla con Dick Clark, Slick dejó claro que lo espiritual tiene que ver con saber decir.“No me gusta tener nombres, ni ser llamada como lo que sea que me quieran poner. Soy alcohólica y soy la única que puede llamarme de ese modo. La gente dice que tú eres el único que puede decidir. Todos te apuntan con el dedo, pero al final de cuentas es tu decisión asumirlo o no”.

(***)

Con su experiencia durante el transcurso de estos 79 años, Grace Slick ha comprobado la veracidad de lo que escribió en 1974 como la apertura de “¿Come Again? Toucan”: Los errores se dan por el malentendido de las palabras. Su interés por recuperar la historia de Oswley y Charlie en “Mexico”, así como la narrativa de “White Rabbit” dieron pauta a que se le considerara como una promotora del consumo de LSD, heroína –sustancia que la artista jamás probó– y cocaína y a que uno de los padres de familia la hiciera responsable a ella y a Timothy Leary de la muerte de su hija. Al escuchar dicha acusación, la reacción de Slick fue comunicarse con el canal de televisión para delegar las posibilidades de que “era una terrorista interesada en matar a la gente”.

Sin poder decir eso abiertamente, años después, Grace declaró que no entendía la contradicción de los padres, pues “White Rabbit” y “Somebody to Love” solo eran una forma de decir: “Nuestras escuelas y familias nos leen literatura británica que alude al consumo de drogas. Alicia imaginaba a un gato de colores parlante y Peter Pan se la pasa regando cocaína por todos lados”.

Una píldora te hace más grande, una píldora te hace pequeño

Desde la perspectiva de Slick, retratar a Alicia sentada en un hongo psicodélico con mariposas revoloteándole en la cabeza no era un panfleto con la leyenda “¡Vengan todos y consuman!”. Meterse LSD en lo más profundo de las uñas y concebir al ácido una experiencia espiritual partían de una doble suerte:“Consumir drogas es encontrarse en un casino. Puedes tener un buen momento y al otro día ir a trabajar o puedes morir mientras eres arrollado por un automovilista ebrio”.

En los años en los que los integrantes de Jefferson Airplane eran invitados a los talk shows, Slick no tomaba en cuenta la segunda posibilidad. El considerar al oro, al ácido y a las plantas como vías para para ver al mundo desde otra perspectiva, difuminó la trampa de las mismas. “No habíamos tomado en cuenta el estado mental de otros. Nuestro consumo tenía como sujetos a personas con empleo, jóvenes y con un disfrute y afección por California”.

Pese a su tolerancia por el imaginario personal, Grace Slick nunca logró entender la pasividad ante la guerra y tampoco ante la pobreza y violencia. La preocupación por el ataque de unos contra otros lo reflejó en su interrogante: ¿Dónde están los cuerpos para la cena? en “Silverspoon”. A través de canciones caníbales, narraciones mitológicas (“Diana, Pt.1” y “Diana, Pt.2”) y personajes como magos y ranas (“Look At the Wood”), la reina del ácido trató de encontrar una forma de promover una mente amplia y que se moviera por las mismas causas: Los niños de Vietnam, la sobrepoblación y la represión contra activistas y negros.

El valor lírico que alcanzó Sunfighter (1971) radicó en que en sus 42 minutos de duración, Slick –en trabajo colaborativo con Paul Kantner, David Crosby, Stephen Stills y Papa John Creach– planteó la posibilidad de que los huracanes pueden traer consigo la simpatía mutua y que en la tierra –en la que manda un hombre llamado Richard– existe un lugar en el que nos podemos recostar y disfrutar de la fluidez del océano.

Para 2018, Grace Barnett Wing se ha escabullido desde la multitud de Woodstock hasta las filas del metro de Los Ángeles. No consume drogas, pero eso no significa que se mantenga sobria, pues ahora sus píldoras son por prescripción médica. Se mantiene lejos del espectáculo y tiene charlas con su hija China acerca de la religión. Con su característico sentido del humor narra sus planes para sabotear la cena de Tricia Nixon y trata de recordar la causa de la disculpa de los integrantes de Jefferson Airplane con el curador del Museo Whitney. Si bien para una de las exponentes del rock psicodélico la industria del espectáculo dejó de ser un atractivo, Grace Slick es consciente de su legado y mantiene con firmeza su filosofía de “Cada quien su vida. No es nuestro asunto”.

No cree en el retorno de los estilos y es partidaria de que las nuevas generaciones hagan cosas propias. Le alegra que las bandas jóvenes escuchen e interpreten “Universal Copernican Mumbles” y que la hagan suya con lo que se identifiquen, pues desde su punto de vista, la música nunca se ha tratado de imitar a quienes ya estuvieron en un escenario.

 

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