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A 30 años del ‘Screamadelica’ de Primal Scream

A 30 años del ‘Screamadelica’ de Primal Scream

“¡Queremos ser libres para hacer lo que nos dé la gana!”

[Screamadelica] fue uno de los primeros álbumes que provocó una explosión en nuestras cabezas.
—Guy-Manuel de Homem-Christo (Daft Punk) en entrevista con The Guardian.

Si ya viste la película Creation Stories (dir. Nick Moran, 2021) entonces ya te sabes la historia: Alan McGee, fundador del sello Creation Records, golpeó la lotería con la firma de Oasis, un grupo por el que nadie daba un centavo pero que terminó por otorgarle una fortuna al “sello más cool del mundo”, la cual quedó coronada con dos épicos conciertos en Knebworth. Sin embargo, antes de convertirse en una leyenda de escala global, Creation vivió su primera época dorada en 1991 con el estreno consecutivo de tres legendarios álbumes para la música de fin de siglo: Bandwagonesque de Teenage Fanclub y Loveless de My Bloody Valentine dejaron su huella en el rock anglosajón; pero Screamadelica fue mil pasos más allá con su incursión (¿o intrusión?) en la escena de la música de baile.

La portada de Screamadelica ya es parte de la identidad gráfica de la cultura pop noventera. La historia detrás de este álbum también es harto conocida. Donde hubiera ruido, Alan McGee debía estampar su huella, y con la euforia de los primeros éxitos en Creation Records decidió ampliar el alcance de la música en su sello. Fue así como llegó a los clubes de Manchester, en donde conoció la escena del acid house. Cómo iba a incluir la energía desenfrenada de esta música en Creation era una tarea que ya no le correspondía a él, sino que la entregó a su amigo de la adolescencia Bobby Gillespie, líder de Primal Scream, quien buscaba un nuevo giro para su banda tras la tibia recepción de sus dos primeros álbumes: Sonic Flower Groove (1987) y Primal Scream (1989).

De este último se desprende la balada rock “I’m Losing More Than I’ll Ever Have”, en cuyos acordes de epicidad sensiblera se hallaba una oportunidad ideal para el primer experimento en música de baile. La encomienda, empero, no llegó directamente a manos de Gillespie, sino que pasó primero por el DJ de acid house Andy Weatherall. Él se encargó de despojar la pieza de sus componentes principales, cambiarla, decorarla, estirarla y, en pocas palabras, hacerla pedazos. Pero, tras la destrucción, surgió uno de los tracks más icónicos de la música de baile en su época. Aquel que anuncia siete minutos de euforia con sus trompetas y su conocido sample: “Just what is it that you want to do? Well, we wanna be free to do what we wanna do! And we wanna get loaded” (“¿Qué es lo que quieren hacer? ¡Queremos ser libres para hacer lo que nos dé la gana! Y queremos drogarnos”, tomado de la cinta The Wild Angels de 1966).

“Loaded” fue apenas la piedra fundacional de Screamadelica, un álbum donde Primal Scream cambió completamente su forma de componer a partir de las nuevas texturas y posibilidades que le ofrecía la renuncia a las guitarras y la entrada a los teclados, las cajas de ritmos, los samplers y todo el universo electrónico de la mano de Weatherall. El resultado es un homenaje a las rave que dominaron el Reino Unido en los 80: desde el inicio de la fiesta con himnos que invitan a la comunión espiritual (“Movin' on Up”, “Slip Inside This House”) y el clímax (“Come Together”, “Loaded”) hasta la inevitable decaída post-subidón (“I'm Comin' Down” y “Damaged”, sucesora espiritual de “I’m Losing More…”). La cara deforme en la portada de Screamadelica, pese a su mirada perdida e infantil, resultó ser una versión malévola de la smiley face, ícono de la escena acid house.

Sin embargo, pese a su innovación y su espíritu festivo, la pertinencia de Screamadelica nunca ha estado exenta de cuestionamientos, mucho menos al encontrarse inserto en un contexto de rock. Para empezar: ¿fue Screamadelica un mérito de Andy Weatherall más que de Primal Scream? El DJ no ha titubeado en aclarar que gran parte del trabajo estuvo en sus manos: “me dejaron solo y con libertad para hacer lo que quisiera. Me entregaban un tema y, al cabo de una semana, regresaba con la versión para el disco” (en Loops. Una historia de la música electrónica en el siglo XX; Javier Blánquez, 2018). Por su parte, Bobby Gillespie acepta que tanto Weatherall como el productor Jimmy Miller y los colaboradores The Orb y Jah Wobble lo ayudaron a mejorar sus ideas, “pero entonces ellos hicieron lo que un productor debe hacer. Los productores están ahí para mejorar tus canciones y sugerir cosas”, como lo dijo en una entrevista para Classic Rock. En defensa de Primal Scream, el consenso general dicta que fue el grupo quien dio la forma final a las ideas de las cabezas pensantes que circundaron al álbum. Dicho de otra forma: con o sin Weatherall, sin Primal Scream no hay Screamadelica. Punto.

Pasadas tres décadas del estreno, la discusión ha dejado de ser relevante; finalmente, 40 años de trayectoria le han permitido a Primal Scream demostrar que el talento se encuentra impreso en su propio nombre y no en su parrilla de invitados. Lo verdaderamente importante es el legado que este álbum dejó para la música de su época: la ruptura de las fronteras entre el rock y la música de baile. Por lo menos, eso es lo que ha repetido la prensa desde hace años, aunque no deja de ser una afirmación complicada si se toma en cuenta que, para 1991, ya había una veintena de sencillos exitosos publicados por grupos como New Order —dedicado al synth-pop pero con fuertes raíces en el post-punk—. 

A mí me gusta pensarlo más como una infiltración: Bobby Gillespie distribuyó “Loaded” en forma de white label (un disco prensado exclusivamente para pinchar en las rave) y le dio a la escena de clubes británica uno de sus momentos más lúcidos. A cambio, tomó el espíritu underground del acid house y lo convirtió en un producto rentable para las masas: The Chemical Brothers, Fatboy Slim y hasta Daft Punk encontraron el camino allanado para ser aceptados por el público masivo del rock, al hacer simbiosis con la ética, estética y mercadotecnia de este último. Para la mayoría de los críticos, esto fue un acto heroico que nos dio la mejor música jamás escrita; para otros, no es más que otro ejemplo de apropiación cultural donde el acid house fue la víctima: “¿Por qué carajo querría escuchar a una banda de rock explotando el underground cuando puedo escuchar al material en bruto directo del underground?”, despotrica el escritor y crítico musical Neil Kulkarni en su blog personal

Sea como sea, el tiempo y el devenir de la cultura pop le han dado su lugar a Screamadelica. No solo fue el primer álbum ganador del Mercury Prize, sino que además se convirtió en un referente obligado para entender el zeitgeist de los 90 y hasta la propia carrera de Primal Scream (es innegable que el dibujo de la portada casi se ha vuelto uno mismo con el nombre del grupo). Por encima de todo, Screamadelica captura el optimismo que se despertó en Occidente durante su época; refleja el momento en que un puñado de almas en búsqueda de redención le gritó al cielo: “¡Queremos ser libres para hacer lo que nos dé la gana!” Y el cielo, desenfadado, le respondió que sí. ¿Qué es lo que diría ese espíritu, escondido más alto que el sol, ahora que contamos 30 años después?

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