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A 15 años del disco homónimo de The Cure

A 15 años del disco homónimo de The Cure

The Cure asume finalmente su identidad para una nueva generación.

2019 es un año especial para los fanáticos de la banda encabezada por Robert Smith, después de cuatro décadas de carrera finalmente ingresaron al Salón de la Fama del Rock & Roll, su obra maestra –para muchos– Disintegration cumple 30 años, la agrupación se encuentra en la cabeza de varios festivales importantes alrededor del mundo incluyendo Glastonbury y en unos meses tendremos un nuevo álbum de estudio de The Cure, después de 4:13 Dream –publicado en el 2008–.

Dentro de una discografía tan vasta como la suya no todos recibirían la misma atención, pero cualquier excusa es buena para echarse un maratón, revisitar los clásicos atemporales y de paso descubrir joyitas ocultas en la obra de un artista, con una trayectoria tan impecable como la de The Cure es un placer. Así como podemos encontrar los discos más apreciados y aclamados de los británicos en la década de los 80, hay varios discos olvidados como Wild Mood Swings (1996) o lo que vino con el nuevo milenio.

Para 2004, con un cuarto de siglo de carrera y 11 discos bajo el brazo, incluyendo múltiples discos de oro y platino, así como una sólida reputación como grupo rock y pop –erróneamente tachado de goth, según Smith- y una nominación al Grammy tardía con el Bloodflowers del 2000, el entonces quinteto no tenía nada que probar para su doceavo esfuerzo, sin embargo, el tiempo demostró que aún tenían combustible para rato. Ese mismo año fueron homenajeados durante el programa MTV Icon con Marilyn Manson como anfitrión.

De hecho, Bloodflowers fue una especie de despedida definitiva en su momento. “The fire is almost out and there is nothing left to burn” canta Smith en el tema “39”, como testamento de que ya no tenía nada más que decir. Ese disco bien pudo ser el punto final y se hubieran retirado con la frente en alto y una trilogía rock gótico perfecta junto con Pornography y Disintegration –los tres álbumes serían tocados en vivo en su totalidad para el DVD Trilogy–.

El productor Ross Robinson, hombre detrás de discos de Limp Bizkit, Deftones, Korn y At the Drive-In no parecería la opción lógica para darle un segundo aire a una de las bandas más legendarias del mundo, sin embargo lo hizo y el resultado fue álbum homónimo del 2004.

Tomó mucho tiempo para que bautizaran un disco con su propio nombre. “Quise hacer algo completamente diferente, pero terminamos haciendo algo que suena más a nosotros que cualquier cosa que hayamos hecho antes, así que parecía natural llamarlo The Cure”, comentó Smith a Spin en su momento.

The Cure es uno de esos discos apreciados por los fans de hueso colorado, pero para los escuchas más casuales es recordado como el de la portada del dibujito feo, así como por un magistral y tenebroso video en stop-motion a cargo de Floria Sigismondi del tema “The End of the World”.

Robinson sacó el lado más pesado, distorsionado y crudo del quinteto entonces conformado por Smith, el bajista Simon Gallup, Perry Bamonte en guitarra, Jason Cooper en la batería y Roger O’Donnell en teclados. Un trabajo adaptado al rock alternativo de la época, pero en el cual podemos apreciar diferentes facetas y épocas de la banda como el fulgor azucarado de Wish en “Taking Off” o “(I Don’t Know What’s Going) On”, la violencia de Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me en “Us Or Them” o el sonido lúgubre y oscuro de Pornography en el cierre de diez minutos de duración, “The Promise”.

“I can’t find myself” es la primera frase que escuchamos en el tema “Lost” y es una perfecta introducción a lo que está por venir. Smith se inspiró en el libro The View From Nowhere de Thomas Nagel para este y el tema de influencia oriental “Labyrinth”, ambos lidian con temas de crisis de identidad y autodescubrimiento. La duda y la incertidumbre son temas recurrentes en la lírica de estas canciones.

No sería un disco de The Cure sin los temas de amores turbulentos, en “Anniversary” lidia con la pérdida, en el sencillo “alt.end” escuchamos a Smith cantar sobre su deseo de escapar de las garras de un sentimiento que lo asfixia, la desesperación aumenta en “Us Or Them” al grado de gritar a todo pulmón “I don’t want you anywhere near me, get your fucking world out of my head”.

Finalmente, en “Never” concluye con que no importa cuánto se esfuerce, el amor nunca sucederá. Es curioso cómo a Smith le salen tan natural las letras sobre corazones rotos cuando ha estado felizmente casado con Mary Poole desde hace tres décadas.

La versión de Estados Unidos cierra con “The Promise” –el segundo tema más largo de la banda después de “Watching Me Fall”-, un extenso lamento hacia Dios o una figura creadora, mientras que la internacional cierra con “Going Nowhere”, corte que tiene ese feeling nocturno y arrullador de Disintegration.

Es un buen momento para desempolvar este y otros tesoros perdidos en lo que llega el esperado catorceavo material discográfico de los ingleses. Con una obra tan variada que fluctúa entre el post punk, el rock alternativo, el pop y la música experimental, uno nunca sabe cuál terminará siendo su disco favorito cuando se sumerge en el mundo de The Cure.

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