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Riff con timonel [Capítulo 2]: Prince en México

Riff con timonel [Capítulo 2]: Prince en México

07/Jun/2021

Absorción.

Con iracunda mirada que cae bajo la turbulenta corriente de la preocupación, el cantante con vibrante rango vocal pasea su menudo cuerpo por un extenso jardín. Prince, de apellido Roger Nelson, con veintiséis años, se encuentra reflexionando bajo un lacerado coraje en su residencia de Mineápolis. Recién ha grabado un álbum y rodado una película. Ambas obras nombradas con el colorido título de Purple Rain. Prince camina de un lado a otro enfurecido e impaciente pues los distribuidores no aceptan su filmada aspiración. Argumentan deficiencia artística. Las irritables inquietudes son apremiadas por un vacilante atardecer que desciende sobre un abrileño lunes del año 1984.

Roger Nelson detiene sus alterados pasos. Toma aire con exagerada aspiración, lo suelta con inusitada calma, se sienta sobre los escalones que conducen de la estancia hacia el jardín. Bebe un té de múltiples hiervas. Intenta apaciguar la descontenta incredulidad que lo acorrala. Pretende aquietar el bravío torrente por el que navega su perturbación. Ha apostado ilusiones y futuro en esa película. Tiene miedo de perder su patrimonio económico. Ante el despecho, desbocado, frenético, enfermo, se disuaden todas las razones.

El rostro muestra furiosas señales de contrariedad. Su violenta cavilación es interrumpida por un ring telefónico. Disgustado por malas noticias se levanta hastiado. Incorporado, toma la taza de té por su cilíndrico cuerpo, la lleva hasta la altura de la cabeza y, con colérica rabia la lanza contra una de las paredes. El doloroso crujir de la porcelana provoca el vuelo de algunos pajarillos que brincan sobre el pasto. Los restos de la taza yacen impávidos. Se pregunta en cuántos pedazos terminará él.

Aún queda indignación. Lanza un rabioso grito que ahoga cualquier otro sonido. Al extinguirse surge un despejado silencio. Exasperado entra a la casa a través de un amplio ventanal. Camina hacia la sala con determinados pasos que hacen sentir los expuestos nervios. Los histéricos desasosiegos, tensos sin límite, blanden filosas dagas que rozan sus pensamientos. Prince descuelga encrespado. Contesta de mala gana. Se trata de Patricia Kotero, cantante quien participó en el disco Purple Rain, en la ávida canción "Take me with U". Ella es amiga e integrante del trío Apollonia 6, tuvo algunas presentaciones televisivas para promocionar el disco del grupo que aún está por salir. Una de estas apariciones, un 15 de abril, la llevaron al peninsular estado de Tabasco en la República Mexicana. La emisión que acogió el tercio de voces fue el programa de las infamias, Siempre en Domingo. Tras presentarse en Villahermosa, un día después, Patricia, quien ahora concurre en la ciudad de México, agradece a su interlocutor por obsequiarle la canción "Sex Shooter", pieza que gozó de buen recibimiento entre los mexicanos espectadores. Al escuchar el agradecimiento concede cierto alivio. Se alegra por ella. Tras escuchar animados detalles de la gira promocional del trío, continúa rescatando la calma. Para restaurarla por completo, se desahoga contando sus artísticos temores sobre la posible cancelación de la exhibición de la película. Kotero comprende la endeble situación. Compadecida por la crisis lo invita a México a pasar algunos días para descansar de los aprietos. Él se niega pues el mal humor encona su voluntad. La intérprete urde algunos fallidos intentos hasta recordar que hace algunos meses, para llamar la mediática atención de la terna Apollonia 6, tuvo que terminar el noviazgo que disfrutaba con David Lee Roth. Prince, comprometido, acepta con displicencia viajar seis horas a la tierra de las ignominias. La ex novia del cantante de Van Hallen, le recuerda que sus padres son mexicanos. Habla maravillas de sus raíces, de lo que está viviendo en esos momentos. El aturdido hombre pierde la animadversión. Expresa convencido, “Let´s go… crazy!”. Ambos ríen con estruendo y corean la canción del mismo nombre. La vocalista le ha hecho ver que los problemas no deben perpetuar alteraciones. Pide reposo a sus impasibles contrariedades.

Prince viaja con recuperado vigor a México tres días después. Además de dos maletas repletas de escandalosa vestimenta, navega con un asistente intérprete a pesar de las negativas de su representante. Minutos antes de aterrizar suelta las amarras de las indignaciones. Deja asfixiarlas en el contaminado cielo del Distrito Federal. En el aeropuerto su presencia pasa inadvertida. Aun cuando sus discos alcanzan algunos millones de copias vendidas en su tierra o en Europa, en México solo se comercian algunos cientos. En la radio transmiten un par de canciones suyas mientras que en los medios impresos su imagen no es exhibida.

Prince Rolling Stone

Tras hospedarse en el polanquino hotel diseñado por Ricardo Legorreta. Fiel a su costumbre, toma una renovadora siesta. Después un largo baño de tina. Al terminar solicita la cena al cuarto. Preparan espagueti con berenjenas, espinacas, brócolis salteados con aceite de oliva y pimienta. Al terminar la vegana cena se alista a vestirse. Lo hace con prodigiosa calma. Son las diez de la noche, en cuarenta y cinco minutos la cantora pasará por él. Ha prometido llevarlo a lo que ella llama el Estudio 54 mexicano. Ambos son puntales. Viajan hacia la Zona Rosa en un lujoso auto rentado. Es conducido por el asistente, quien durante la tarde probó algunas rutas turísticas. Toma la calle Río Misisipi hasta llegar a la fuente de Las Regaderas, La Diana Cazadora se encuentra olvidada en el Parque Ariel. El auto continúa por Paseo de la Reforma hasta la Glorieta del Ángel de la Independencia. Paran. Los tres descienden, observan maravillados la escultura de Antonio Rivas Mercado. Se preguntan el simbolismo. Solo atinan a contemplar la dorada victoria alada. La siguiente rotonda les llama la atención. Hay una larga palma de delgado tronco, ha atestiguado tantas tragedias que parece alzarse pidiendo ayuda. Cuando llegan al cruce con la avenida de los Insurgentes giran a derecha. Al situarse en la calle de Hamburgo, mientras un semáforo en rojo los detiene, Roger Nelson toma de la mano a Patricia, de inesperada manera descienden. Caminarán hasta el bar. El chofer queda tan impávido como inmóvil el auto. Luz verde. El vehículo sigue detenido. El piloto llama al turístico dúo. No recibe respuesta. Los conductores que le anteceden le profieren sonadas imprecaciones. Sin más remedio prosigue con su motriz camino. La cantante mujer y el hombre con el mismo oficio están parados frente a una monumental casa de ecléctico diseño. Destaca por sus mansardas de góticos detalles. También despunta la atalaya de florones ornamentales y pequeños remates en hoja de plomo. Sorprendidos por la arquitectura caminan exaltados. Dos cuadras adelante se hallan en la calle de Londres. Se adentran a ella con calmados pasos, controlados por la emoción. Pasan junto a una marquesina con decenas de luminosos lunares, leen con un pésimo español, “La Morena de fuego”. Se encogen de hombros. Ríen tontamente mientras observan fotografías de semidesnudas vedetes, dejan atrás el cabaret El 77. Entusiasmados prolongan su caminata. Marcha adelante distinguen complacidos, sobre un dosel, en gótica tipografía roja un apellido alemán, se trata de un restaurante fundado en 1915. Metros adelante detienen su andar frente en una ventana, han llegado a Plaza del Ángel, un anticuario mercado. Tras el vidrio, una barroca escultura con sombrío aspecto los estremece, la virgen representada contiene un vengativo semblante que parece advertir sobre el infierno al que asisten. Ríen con complicidad hasta que escuchan en un perfecto inglés, “Over here!”. Se trata del ayudante. Los intérpretes atraviesan la calle. Enfrente de ellos se encuentra su destino, Disco Bar 9. Levantado en la planta baja de un angosto edificio de tres pisos.

El desparpajado artista calza victorianos zapatos de gamuza negra. Sus morados pantalones de crepé, entallados desde la cintura hasta debajo de las rodillas, exhiben el sugestivo andar. Contienen negros deseos. Suspiran por veladas fantasías. Una camisa blanca con holanes en el pecho, abierta hasta la mitad muestra la bruna piel. El cuerpo es cubierto por una gabardina púrpura con estoperoles en los hombros. La apertura inferior se alza por un ligero viento que atraviesa la calle, que penetra en los seducidos corazones de los noctámbulos, que augura la excentricidad de las sombras. Cuando la indumentaria sustituye al razonamiento, surgen las fantasías. Su cabello de cerrados rizos, largo hasta los hombros, se levanta como una delicada crin, parece despedir fascinantes polvos. El grueso delineado en sus ojos separa la evocación de la realidad, los muestra como si en ellos guardara los entresijos de todas las noches.

Afilados tacones negros sostienen los cadenciosos pasos de Patricia Kotero. Transparentes medias sostenidas por un sedoso liguero muestran sus gozosas piernas. Una satinada tanga brasileña cubre la entrepierna. El pecho es cubierto por un corsé de encaje, aprieta los senos, libera la pasión. Un luminoso collar de perlas roza el escote. El rostro, maquillado con estético cuidado, refleja la seducción del andar. El quebrado cabello es como el plumaje de un cuervo excitado. La sensual hechura es cubierta por un negro abrigo de nylon. Lo viste sin abotonar. Exhibe desafíos, provocaciones.

La conglomeración que intenta entrar al bar les abre paso. El dueto escucha cuestionamientos que no entiende, “¿Y estos quiénes son?”, “¿Serán otros músicos?”, “¿Habrá perfomance?”, “¡Qué buenos están!”. El auxiliar ya se ha encargado de la privilegiada reservación, los espera en el marco de la puerta, una pequeña entrada con robusta herrería. El bar guarda estrecha altura, es pequeño, ciento veinte metros cuadrados que consolidan diversificadas especies. Hay trajeados y mujeres en formales vestidos. Asimismo, quienes enfundan tenis, mezclilla y blancas playeras. Otros lucen oscura vestimenta. También hay un círculo de travestidos, hablan con europeos turistas mientras algunos homosexuales brindan por un desconocido motivo. Prince voltea a ver a Patricia con los ojos abiertos, la expresión de su rostro muestra la complaciente sorpresa. Se respira un ambiente transgresor, desafiante. La libertad camina desnuda hacia las ansiosas piernas abiertas de la noche.

Sobre un reducido escenario el grupo Casino Shanghái termina su recital. La última canción interpretada, "Cuerpos Vacíos", fue ovacionada por la extravagante concurrencia. Los aplausos y chiflidos de júbilo van cediendo a la primera pieza que suelta el disc jockey, "Autosuficiencia", coreada de inmediato por el público. Al ir concluyendo el punk español de Parálisis Permanente, es mezclado en la misma subversiva línea con, "Me gusta ser una zorra", de las Vulpess. También entonada con esmero. Una de las innovaciones que reveló El 9, fue esta, los sonidos de la Movida. El dueto de extranjeros se pasea entre las contraculturales fauces del bar. No son deglutidos. Ajustan con el resto de las piezas del intrépido rompecabezas que se completa entrada la madrugada. Les llama la atención un cartel, está diseñado con estricta caligrafía de agudos ángulos. Por segunda ocasión prueban su escaso español, “Las Insólitas Imágenes de Aurora”, negados vuelven a desistir, abandonan el calendario de las bandas que tocarán en próximos días.

Un servicial mesero se acerca, toma la orden. Ella pide un Martini seco, él uno sin alcohol, es abstemio. Al mismo tiempo sienten un familiar ambiente, así como cierta extrañeza. De igual forma bailan David Bowie que Culture Club. Alrededor de la una de la madrugada se les acerca un francés, dice ser el dueño, es Henri Donnadieu. Les informa que el lunes siguiente habrá la presentación de una obra. Menciona que uno de los invitados es un inteligente escritor, amante de los gatos, residente de la colonia Portales, que no pueden dejar de conocerlo, es tan ilustrado como divertido. Responden que estarán encantados en regresar. El francés indaga en el artista de Mineápolis. Le parece reconocer el rostro. Pregunta si es cantante. Prince miente, responde que se dedica a la moda. Henri no duda de lo dicho al reconocer sus extravagantes ropajes. Ella apunta ser la aprendiz. Durante algunos minutos hablan con fluidez sobre diseñadores. Se despiden, se desean suerte. Donnadieu continúa atendiendo la granja de dementes.

Entre la madrugada, trepidante, palpitante, persuasiva, brotan concluyentes deseos. Ciertos de conquistar abandonos, soledades. Kotero y Roger Nelson prolongan la fascinación. Se congratulan al atestiguar que no hay entrometidos fotógrafos. La libertad es plena. Han bailado con otros y otras. Han intercambiado amenas charlas. Son las cuatro y media de la mañana. El asistente les ha comentado sobre una monumental ciudad precolombina, Teotihuacán. Ha quedado en reunirse con un alegre parroquiano experto en el tema. Convienen verse a la una de la tarde. Se emocionan, les entusiasma la idea de contemplar los vestigios de un ancestral pueblo mesoamericano. El auxiliar se aleja en busca de una cerveza mexicana. Prince toma de la mano a su acompañante, la acerca. Posa su cabeza al lado de ella, le expresa al oído, “Gracias por invitarme, me he olvidado del estresante asunto de la película. Tengo otra visión de las cosas. Gracias”. Se le puede ver liberado. Incluso conjurado. Besa la mejilla de Patricia quien siente una amorosa fraternidad. La vocalista solo atina a mencionar, “de nada”. Para enaltecer el alivio levanta su copa, menciona en español, “¡Salud!”. Él alza un caballito que, previamente ha pedido de manera disimulada al servicial mesero. No pretende develar esta arrojada licencia. Replica el brindis. Lleva el tequila a la boca, percibe el fuerte aroma, lo aturde. Lo empina, vierte el destilado en su impoluto interior. Siente una estremecedora fuerza que inunda la abstención. Da un brinco, como el de un liberado encarcelado. Enajenado baila con desenfreno una versión extendida de I´m your boogie man.

Cerca de las cinco de la mañana abandonan con extrema alegría El 9. No pretenden perderse la visita a Teotihuacán. El chofer disimula su embriaguez. Conduce con lentitud bajo el pretexto de contemplar la ciudad de madrugada. En diez minutos llegan al hotel. Cada cual duerme en sus respectivas habitaciones. A las once y media de la mañana la puerta del dormitorio de Prince es violentada por incesantes golpes. Son atendidos con un soñoliento grito de “Fuck off”. Se suma una agitada advertencia del asistente, “¡Es urgente!”. Desganado, el aletargado cantante descubre su cuerpo del cobertor. Se levanta, toma una bata. Abre la puerta con disgustada benevolencia mientras su rostro muestra una clara incredulidad. El agregado informa agitado que los distribuidores han aceptado la película. Mañana debe firmar la autorización. El protagonista de Purple Rain no cree la noticia. Se asegura preguntando los nombres de los ejecutivos fílmicos, el ayudante los menciona. La desvelada del actor desaparece, se dibuja el rostro de un cándido niño feliz. Lanza un agudo grito de alivio. Abraza con desmedida alegría al bienaventurado mensajero quien indica deben regresar por la tarde en el vuelo de las cuatro. El presente regresa. La exaltación hizo olvidar la visita a Teotihuacán, “Será en otra ocasión”. Tras cerrar la puerta se dirige con alegres saltos hacia el teléfono. Avisa a Kotero. También se entusiasma. Ella permanecerá en el Distrito Federal, atenderá algunas entrevistas radiofónicas.

Mientras Prince vuela sobre Texcoco a las cuatro con siete minutos, dubitativo, mirando con nostalgia un exiguo lago, menciona en silencio, “La vida es tan ilimitada como la complejidad de las verdades silenciadas”.

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