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Bowie sin Bowie

Bowie sin Bowie

10/Ene/2017

Un año después de la muerte de David Bowie.

¿Qué es más importante dentro del arte: el artista o la obra? Una paradoja que el pensamiento occidental ha tenido que soportar por más de dos milenios. Desde los griegos hasta nuestros tiempos existe un debate en torno a la necesidad del artista con la pieza. Más ahora que vivimos la época de la reproductibilidad técnica. ¿Realmente nos importa la persona que está detrás de toda creación?

David Bowie se inserta en este debate, pues hace un año aconteció su fallecimiento, en un momento en el cual publicó el disco que sería su carta de despedida musical: Blackstar. Pocos pensamos que era su despedida. Quien escribe creyó que se trataba de la segunda parte de una nueva trilogía (junto con The Next Day). Falacias fueron todas esas aseveraciones al momento de conocer su deceso. Inevitablemente la imagen de Bowie fue llevada de inmediato al cementerio de las leyendas, ese campo santo donde yacen los personajes que marcan vidas por todo el mundo. Nos acostumbramos a hablar de Bowie sin Bowie, a referirnos a un ente provisto de vida por su música.

David Bowie dejó cientos de composiciones grabadas que a toda hora suenan en el mundo, alaridos de vida para el desaparecido. ¿El mundo cambio después de su muerte? Tristemente no, porque su carácter de leyenda viviente lo colocaba como intocable y, a pesar de producir nueva música, él para el mundo había permanecido estático. Icono que ve pasar el tiempo y aunque desaparezca físicamente, ahí seguirá. Es el problema de la obra de arte en la época de la reproductibilidad como sentencia Walter Benjamin para el arte pictórico y cinematográfico.

Ya no nos referimos a ese sujeto inglés del siglo XX, sino a su recuerdo construido por nosotros a partir de su arte, su música le dio sentido a su existencia y no a la inversa. Hoy cualquier persona puede tocar un cover a Bowie para desatar nuestro sentimentalismo barato en un concierto o bar pero de qué sirve si lo único que hacemos es seguir eliminando a la persona para darle mayor peso a su creación. ¿No acaso debería ser al revés? El ser humano siendo recordado más que su creación.

David Robert Jones es más que un personaje de la cultura pop. A un año de su partida deberíamos pensar en él antes que en su música, porque él dio el alma para crear esas piezas que son clásicos pero a su vez paso a paso, mató a su ser. Con sus alter-egos y su música se nos olvidó que había una persona dentro de todo ese maquillaje y melodías sacadas de un futuro distante. Es evidente que Bowie sabía que iba a morir, por eso nos dejó una declaración musical donde explicaba todo lo que ocurría en su mundo, un David desnudo ante nosotros buscaba despedirse.

A un año no dejemos que el aura de su arte se desvanezca por nuestra necesidad de reproducir una y otra vez su trabajo. Seamos conscientes de quién fue David Jones y David Bowie, pensemos en ellos al momento de reproducir una canción o un disco completo porque el arte está en crisis y esa crisis ha preferido eliminar al autor como centro de la creación para darle al espectador el eje central del arte. Solo un día pensemos en Bowie, en cómo es que creó sus obras de arte, qué lo movió, qué circunstancias lo llevaron a crear tal o cual pieza. La música no es ajena al momento del autor y de su contexto, tiene mucho sentido hablar de ello porque se basa en conceptualizaciones que el autor piensa en ese momento.

Hoy ya no tenemos a Bowie para que nos guíe dentro de su obra pero debemos intentarlo, porque la música es más que un acompañamiento de la vida diaria, es una declaración política acompañada del sonido ideal. Más allá del sonido pensemos en la letra, ahí radica el talento de Bowie. Dediquémosle todo un día a David Bowie, aprendamos de él y démosle el homenaje que merece.

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