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La imposible libertad

La imposible libertad

Tras años de estar casada con Elisha Amsalem (un hombre respetado dentro de su comunidad), su esposa Viviane le exige el divorcio ya que no se siente feliz a su lado. Pero para lograrlo tiene que enfrentar tres grandes obstáculos: la negativa de su marido, la intransigencia de los rabinos que encabezan una corte (ya que la historia transcurre en Israel), y la extrañeza de la mayoría de quienes les rodean y no comprenden los motivos tras esta decisión.

Dirigida a cuatro manos por los hermanos Shlomi y Ronit Elkabetz y llevando en el estelar a esta última, El Juicio de Viviane Amsalem retrata la lucha desesperada de una mujer por emanciparse, en medio de una sociedad eminentemente patriarcal y que por ende, favorece la decisión del hombre sobre la de la mujer. Y es que allí no existe ni el matrimonio ni el divorcio civil, y los únicos autorizados para celebrar una unión o disolverla son los rabinos ortodoxos, siendo posible esta última solo con el pleno consentimiento del marido.

Así, Viviane se ve sometida a un juicio que comienza a prolongarse por meses, y ante la terquedad de su cónyuge, se inicia un desfile de testigos citados por la corte para que expongan sus puntos de vista y externen sus opiniones sobre las partes en conflicto. A través de dichos testigos, se develan las verdaderas razones por las que Viviane busca separarse de Elisha a toda costa, pero también se efectúa una aguda radiografía de los variados sectores de esa sociedad, poniendo en evidencia sus prejuicios, su machismo, y el autoritarismo y doble moral en que están imbuidos.

Los meses se transforman en años, y el proceso por un lado toma un carácter cada vez mas sexista, ya que en el fragor de los dimes y diretes entre testigos y abogados; de forma vil se pone en entredicho la decencia y reputación de Viviane. Por otra parte, el jurado se empantana en un absurdo juicio de proporciones kafkianas; como se ejemplifica cuando al vislumbrarse una prematura resolución al conflicto en al menos dos ocasiones, deciden dar marcha atrás porque el marido cambia de opinión de último momento, o es incapaz de completar un ritual para consumar la separación.

Para reforzar la asfixiante sensación que el filme transmite, este transcurre casi su totalidad al interior del juzgado, usando planos cerrados, con especial énfasis sobre los dos antagonistas, para captar sus expresiones durante el proceso y sus reacciones ante lo que allí ocurre. Así, vamos viendo el desgaste de Viviane, su angustia y zozobra constantes, y como en ella germinan la desesperación y el enojo, pero también su determinación y rebeldía frente a una obtusa autoridad que se niega a darle su independencia. En ese mismo tenor, la música es utilizada de forma discreta, y únicamente para resaltar el dramatismo de ciertos momentos de la trama. Por su parte, la fotografía de Jeanne Lapoirie parte de una paleta monocromática, que se mueve prácticamente solo entre el blanco y negro, para crear un aire austero, monótono, que acentúe tanto la pobre y reduccionista óptica de los jueces, como la apagada y gris vida de los testigos y otros asistentes a la corte, que por miedo, conveniencia, ignorancia o simple apatía y rutina parecen ser incapaces de ver las cosas bajo otra luz. En contraste, en algún momento Viviane (y algunos de los testigos que le apoyan) aparecen portando prendas de color que sin duda simbolizan la transgresión que su conducta y argumentos significan para ese establishment.

En suma, la película de los hermanos Elkabetz es un fuerte reclamo dirigido a una sociedad cerrada e inequitativa, en la que la mujer es relegada a un lugar donde carece de voz y voto. Un reclamo conmovedor y de alcances universales, exigiendo un derecho esencial para todos: Libertad.

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