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Tajín nos da la bienvenida

Coberturas Especiales

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17 marzo 2012


Después de una larga travesía en camión y tras pasar por una Poza Rica cuyas populosas calles están abarrotadas de comercios, llegamos al Parque Takilhsukut, donde se llevan a cabo todas las actividades de Cumbre Tajín. En el Nicho de Aromas y Sabores, nos recibieron con comida tradicional totonaca: pulacles (tamales de frijol con verduras), tostadas, empanadas de queso, una especie de gordita rellena de papa y chorizo, bollitos de anís, tintines (galletas) y pepitorias (bolitas de pepita con miel de piloncillo), todo acompañado de café de la olla y agua de jamaica.

Con la barriga llena, nos fuimos a la zona arqueológica El Tajín, donde nos esperaba el espectáculo de luz y sonido. Antes de entrar, en la Plaza de los Voladores, cinco de ellos subieron al gran mástil; mientras uno tocaba melodías (al ritmo flauta y tambor) en la parte más alta, los otros “volaban” dando vueltas sobre este eje. El tradicional vuelo está asociado con la fertilidad de la tierra y, según Juan Bosco, uno de los voladores “cada persona representa los puntos cardinales, las cuerdas a la lluvia, el abanico al arcoiris y las flores de sus trajes a la naturaleza”.

Una vez que estos hombres pisaron tierra, nos adentramos a las pirámides, iluminadas con leds de distintos colores. Un narrador explicaba que El Tajín es una ciudad sagrada, capital del estado totonaca, donde habitó una civilización diestra en la arquitectura y estudiosa de los astros. Pudimos admirar la Pirámide de los Nichos, conformada por 365 de éstos y considerada una de las más bellas del mundo. Además, presenciamos bailes tradicionales y trajes típicos durante los mismos.

Al final, no pudimos más que maravillarnos con la belleza arquitectónica que se puede apreciar, a la luz de las lámparas creadas por el hombre, pero debajo de un cielo plagado de estrellas, que agrega un toque de genialidad natural.

Editorial