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Wolfmother en Ocesa Irrepetible

Wolfmother en Ocesa Irrepetible

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#QuédateEnCasa

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Una dimensión extraña.

La nueva normalidad me llevó finalmente a postrarme frente a un monitor para presenciar un concierto vía streaming con la misión de relatarlo, y no deja de ser una experiencia meramente extraña. La comodidad del hogar, cerveza Guiness, el sillón y la ventana cerrada, el aire frío que se cuela por algún lado, una cuenta regresiva en espera del inicio del show. Publicidad siempre invasiva, qué remedio, comienza a sonar “Victorious”, porque de cierta forma hemos resultado triunfantes ante el reto que nos ha traído este año y sus noticias a veces no tan fatídicas. 

Wolfmother desata una extraña euforia que debe contenerse, y que es extremadamente opuesta a cuando se apagan las luces y termina la espera por ver a la banda en escena, aún así noto un detalle que me agrada: el sonido, la ecualización, cada tambor de la batería navegando perfectamente entre los audífonos, la guitarra y cada matiz casi de estudio, el bajo que dicta el ritmo y no vicia la fidelidad. Al comienzo de “New Moon Rising” noto que ahora no voy a necesitar foto del setlist, porque el título de cada canción precede a su ejecución, y cual nueva luna que emerge enorme casi cada noche de noviembre, nos iluminamos ante la música, mientras que algunos en el chat publican emoticons a modo, o comentan las frases cliché: “Buen rock para esta noche”. Esos tal vez son los nuevos gritos de emoción, las señales de presencia, el escalofrío ya no es el mismo, y la emoción se procesa de diferente forma. 

“Woman” y la voz de Andrew Stockdale tan necesaria, tan cercana que sientes que estás ante un ensayo de la banda en un sótano con peste a cigarro y latas de cerveza por todos lados, pero ciertamente observas el panorama de la azotea del hotel Rhapsody, el mar de Brisbane de fondo, los drones cual espías procesando las mejores tomas aéreas, un reducido público que grita y a veces se siente ajeno. “White Unicorn” y su intro de canción legendaria emanada de una rayada y vieja Gibson SG, “Higher” con más distorsión para invocar a los demonios de Black Sabbath: “Take a look at the ordinary people, tell me, what do you see?”, tal vez algunos harán caso a la publicidad invasiva del banco que casi se anuncia hasta en la alerta sísmica, mientras otros hacen air guitar, ven el show solos o en compañía, en la computadora, la televisión o hasta en el teléfono. Todo es tan Orwelliano que solo falta a que comencemos a uniformar nuestra vestimenta. 

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“Apple Tree” para recordar los primeros tiempos de la banda que en directo siempre emana corazón y perfección, un power trío que suena a una leyenda, la lírica que cuenta historias, la actitud que hace pensarnos que el rock no ha muerto, solo lo han arruinado sus acérrimos fans tóxicos. “Rock’n’Roll Survivor”, el sonido de los vinilos que se empolvan en tiendas esperando ser encontrados, el espíritu de Blue Cheer, la misión que Leaf Hound dejó incompleta, el ánimo de Kadavar como contemporáneos de una revolución necesaria. 

Y ante la pregunta de Andrew hacemos caso: “¿Quién quiere entrar a otra dimensión?, gran remedio, olvidemos por un momento el encierro, la incertidumbre, los resultados electorales ajenos, pero no los semáforos, aún debemos seguir cuidándonos, y mientras llega el momento de salir de este plano extraño  y volver a desatarnos ante la música en vivo, hagámoslo frente al monitor. Acompañemos la batería de “Dimension” con nuestros pies, que el bajo guíe el movimiento de nuestra cabeza, bailemos, al fin no tenemos ojos alrededor que vayan a juzgarnos, flotemos como avellanas púrpuras en el cielo.   

“Colossal” mientras se reduce la luz natural y la luna se asoma discretamente a espaldas de la banda, el viento que pega en sus rostros pero no en los nuestros, ese aire puro que tanto nos hace falta. Estamos en una burbuja que queremos reventar, desgarrar al compás del final melódico al estilo Motörhead, hacer slam para escapar, gritar hasta que nos quedemos afónicos y sin que el vecino de abajo piense que algo malo nos está pasando. 

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“Vagabond” a modo de un blues interpretado a las orillas del delta de nuestra memoria musical, añorando con de nuevo estar ante la cúpula celeste observando las luces de colores, entre amigos y extraños, brindando por todo y sufriendo por nada, dejándonos llevar por cada acorde en vivo que nos hace sentir que lo estamos. Y luego de un video detrás de cámaras filmado durante los ensayos de este show a modo de despedida, una cartelera nos devuelve a nuestra nueva realidad. Y no gracias a un banco nos sentimos mejor, no es por la comodidad que nos sentimos incompletos, es por la música que por momentos como este nos salva, sea cual sea el canal por el que tengamos que consumirla.

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