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El álbum debut de Vampire Weekend cumple 10 años

El álbum debut de Vampire Weekend cumple 10 años

Transfusión, fusión y función: Vampire Weekend.

La fusión de corrientes en la que impera el pop y el rock casi siempre ha causado resultados que marcan época en la música. Casos como el de Santana por combinar el rock psicodélico de los 60 con su influencia Latina. Paul Simon hizo otro de los crossovers más fructíferos en la cronología musical (Graceland1986) que llegó en un momento crítico de su carrera. Incluso en el jazz, cuando Miles Davis hizo converger de manera perfecta su mundo, su trompeta y el rock. Más para hacer esto, prácticamente los astros deben estar alineados; no sólo es fusionar, sino saber plasmarlo en el contexto en el que se concibe, subyacente a esto, las letras, las formas y qué tanto se apegan a la tendencia, es algo fundamental. Por eso los discos mencionados son hoy por hoy, clásicos absolutos.

Año 2008; cuando la primera década del milenio ya había pasado muerte y resurrección, la etiqueta neo ya se utilizaba para definir esos viejos estilos que por nuevos nombres sonaba a 2000 y al mismo tiempo ya estábamos hastiados de copias y copias de los nuevos representantes del género y de la sobrepoblación de banditas de indie rock; es entonces donde llega Vampire Weekend a dar un golpe de timón, retomando directamente la herencia del Paul Simon de Graceland y Rhythm of the Saints. Pero yendo un poco más allá de lo evidente, Ezra Koenig declaró que también mucha de su inspiración llegó a partir de un viaje a India donde pudo reflexionar sobre los contrastes entre su cultura y aquellas que acababa de conocer, ademas de que Ezra Koenig, ya llevaba tiempo labrando su carrera con proyectos menores, y él, junto a Chris Tomson desde mucho antes eran devotos del world music, particularmente de la africana.

Aún con sus pormenores o su inmadurez, el debut de Vampire Weekend se ha consagrado por la forma tan fidedigna en que revivió una de los estilos que nunca podrán sonar ni anticuados ni adelantados. Desde “Mansard Roof” que fue uno de sus sencillos previos, demostraron mucho, la voz todavía infantil de Ezra, la excelsa aptitud de Rostam para las motas y líneas de teclado de carrusel, Tomson y sus malabares a percusión y un Baio siempre inquieto en el bajo. Era una canción que más que notarse sencilla o excedida, se trataba de un extraño equilibrio entre estos intervalos, un exceso de creatividad acomodado en una estructura sumamente sencilla. Sucede igual con “A-Punk”, donde además dejaron uno de los main riffs de guitarra más característicos de los tiempos. Lo mismo decir de “I Stand Corrected” aunque resalta por ser la única canción en un mood más melancólico, esto por su mensaje más claro hablando de errores en una aparente relación, se percibe incluso en el canto de un Ezra más cabizbajo. Porque, también hablan de amor como en “Campus”, y lo retratan bien en un cotidiano día de universidad en el inmueble escolar.

También es un gran álbum porque deja claro que así como hay piezas que parecen maravillosos productos de la casualidad, otros demuestran su talento en la composición y los arreglos. Hay muestras de ello en casi todas las canciones; teclados, xilófono, o apariciones de cuerdas tanto de chelos como de violines, pero si hay que remarcar una en especial sería “M79”, que transcurre como un ensamble más educado entre el Vampire Weekend habitual y los instrumentos de academia. Ahí está además, el nudo y la inmediatez con la que “Walcott” sale a la carga y también se toma sus puntos de descanso sin equivocarse en la ejecución.

Referencias líricas en “Oxford Comma” que parte de una mención gramatical para después irse hacia otros rumbos donde Koenig  da una lección sobre las mentiras de la apariencia dejando la responsabilidad del gancho melódico en su voz. En el colmo de estos señalamientos a través de palabras, de su clase pudiente y sus africanismos, está “Cape Cod Kwassa Kwassa”, que toma nombre de un baile tradicional del Congo y a la vez, hace menciones de marcas como Louis Vuitton, Benetton y un cameo citando a Peter Gabriel de la manera más fuera de lugar imaginada, pero lo que vale la pena es su base sustentada en congas y ese serpenteante hilo hecho por sus cuerdas. Al igual “Bryn” crea una estupenda base por momentos apoyada en side sticks y un riff que cae deslizándose por platillos y bongos además con certeros acentos de violín. De cierto modo, “One (Blake’s Got A New Face)” también parte de estos valores, pero ya daba muchas muestras a futuro de su subsecuente Contra, con una dinámica muy sabia entre congas, hi hat, bajo, tarola y esos repiques de un teclado teñido de color.

Hoy por hoy, aunque la cuota de tener tres discos en 10 años parece poca –incluso para la era en que vivimos–, también han dejado claro que la tarea de hacer música se la toman en serio, dando siempre pasos para estar en nuevos terrenos con cada disco que sacan. Aquel día en el que el cuarteto reavivó la llama de este pop inquieto, juguetón, creativo, un tanto más artístico y con protagonismo importante en la percusión que parecía nadie se había atrevido a adecuar a la actualidad; ellos lo hicieron y lo hicieron bien, quizá no de una manera perfecta (algo que casi logran en 2010), pero sí de la manera que simplemente trazó el camino.

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