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Columna: Roger Waters en el Zócalo

Columna: Roger Waters en el Zócalo

03/Oct/2016

La infinita lucha contra el poder desde el Zócalo Capitalino.

Hay un pasado. Hay un presente. Hay un futuro. Un origen desde donde se creó el universo, un punto de anclaje que nos ubica aquí, en la plaza más importante o emblemática de México. Hay un entorno que nos empuja como lo hacemos nosotros con quienes nos rodean. Dicen que quien no conoce la historia está condenado a repetirla, es cierto… pero quien no comprende el presente vive a la deriva, arrastrado por las circunstancias, y quien no piense en el futuro, no conoce la esperanza ni los sueños. La historia debe tener una página especial para relatar lo que está ocurriendo en el Zócalo de la Ciudad de México. Cuál será el significado de lo que sucede este sábado 1 de octubre de 2016, a unos días del segundo aniversario de la desaparición de unos chicos de Guerrero; a dos días de una emboscada a un grupo militar en Culiacán en el que los presuntos narcotraficantes se burlaron de ellos, a unas semanas de la visita a nuestro país del candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, aquel que nos ha llamado violadores y ladrones y que ha afirmado que montará un muro para dividir los dos países y por el cual habremos de pagar los mexicanos; a cuatro años del gobierno en turno en medio de una serie de controversias por el manejo de influencias políticas. Roger Waters, la cuarta parte de la legendaria banda inglesa Pink Floyd, el bajista que cerebró The Wall y The Final Cut, está sobre un templete enorme; su figura escuálida -cabello y barba canosa- se ve diminuta ante la pantalla de 90 metros de ancho y 14 metros de altura; desde este punto simbólico le manda un mensaje al Presidente de la República: “sus políticas han fallado” y le pregunta por todos los desaparecidos durante su mandato. El público -¿cuántos somos?, ¿cien… doscientos mil?, ¿un poco más?- lanza un puño al aire y un grito furioso que ha contenido diariamente. La bandera de México a la mitad del cuadrado ondea en el aire lentamente.

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Renuncia ya

Cerdos gruñen a los costados, perros ladran por detrás y helicópteros rodean la Plaza, el sonido envolvente colocado por todos los cuadrantes del área no da espacio a que se escape algún sonido. De aquí no se va nadie sin escuchar la psicodelia, las distorsiones, las corrientes de aire, las sirenas, los disparos, los gritos fascistas. No es un concierto de rock, es una experiencia, un show audiovisual, un discurso político musical en el que las circunstancias y el gusto nos trajeron hasta aquí, en la noche lluviosa, con nuestros impermeables de 10 pesos, después de horas de haber estado formados -algunos acamparon-, para que a las 7:40 la pantalla se encienda con una luna dando vueltas hasta acercarse lentamente a un planeta. Waters con Robbie Wyckoff -tomando el lugar que ocupaba David Gilmour- lanza temas de The Dark Side Of The Moon, The Wall, Animals, Wish You Were Here y Meddle (algunos interpretados en México por primera vez desde hace 30 años en la carrera de la banda inglesa como "Fearless" y "One Of These Days") a la par de que va compaginando un campaña anti sistema en mensajes proyectados en las pantallas. “Mother should I trust the goverment?” canta en "Mother" y el mensaje en blanco sobre un fondo negro que dice “Renuncia Ya” provoca que los estómagos se llenen de aire y expulsen gritos que se mezclan con insultos y consignas. Quién debe renunciar, quién debe abandonar el puesto, quién no ha sido capaz de cumplir las expectativas y de romper el “muro de la desigualdad entre ricos y pobres” como dice Roger. Pero el gobierno no tiene rostro, no tiene cara, el poder cambia continuamente, por eso hay una frase sobre la pantalla cuyo mensaje es devastador: Por qué después de tantos años tengo que salir a manifestarme para exigir justicia. "Welcome to the Machine" adquiere un significado especial bajo estas circunstancias, porque probaría que el problema no son los rostros, sino el sistema que te absorberá y te engullirá. Más puños en el aire.

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Trump eres un pendejo

Una alarma suena. De las pantallas emergen unas chimeneas humeantes para formar una fábrica y sobre la cual se proyectan rostros ridículos de Donald Trump, algunas de las frases que ha dicho (“Podría ir a dispararle a alguien y no perdería ningún voto”) e insultos contra el magnate estadounidense. Un cerdo rosa volador a un costado de la catedral -el símbolo es involuntario- y otro negro con mensajes políticos se desplaza en el frente del escenario. La portada de Animals, aquella en que los cerdos y los perros representaban el abuso de poder, riqueza, y violencia sistemática, se forma frente a una multitud enardecida que corre como el infierno, que arde como el fuego, que baila y salta y canta bajo la lluvia, que no distingue sexo ni edades ni clase social, que no se divide en un “nosotros” frente a un “ellos”, que quiere confiar y vivir sin temor, porque al final “somos hombres y mujeres ordinarios”. Con Comfortably Numb la noche se ha acabado, la luna se aleja, la lluvia se calmó, la gente camina lentamente, las salidas de las calles aledañas están saturadas, los locales de comida y bebidas tienen filas largas para ingresar, los taxis se acumulan sobre Eje Central, en el metro parece que son las siete de la mañana y no las doce de la noche, el tiempo transcurrió y después poco más de dos horas y 25 canciones el show se terminó y la historia se ha escrito. Tiene un pasado, un presente y un futuro…

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