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A veces Carlos Reygadas… Post Tenebras Lux y el elogio de la imagen

A veces Carlos Reygadas… Post Tenebras Lux y el elogio de la imagen

03/Oct/2012

Cómo hacerle una crítica justa a un cineasta (no tan injustamente) tildado de injusto, como Carlos Reygadas. ¿Verdad o ficción? No solía gustarme el cine de Carlos, quisiera confesarme aquí; sus películas anteriores llegaron a parecerme en su momento desde falsedades sobrevaloradas hasta trastornos insufribles de una mente enardecida.  Sigo pensando lo último, sin embargo, he de reconocer que su cine mantiene una idea (¿visión estética o poética?) constante que ha ido evolucionando a través de su trayectoria.

Me parece más relevante reconocer el trabajo de un Carlos Reygadas o un Amat Escalante, al lado del actualmente tan aclamado Michel Franco y su aburrido cine del bullying, entre otros ejemplos. Porque en un mundo donde reinan los Avengers y el gran cierre de la trilogía del Batman de Nolan puede terminar siendo un fraude (tal vez siempre lo fue), también puede que una película de Reygadas me parezca interesante.

Su nueva cinta, Post Tenebras Lux , nos relata entre bruscos saltos temporales (de los que el espectador pasivo jamás será informado), la vida de una familia de clase media alta que vive en una hermosa casa de campo. Natalia (Natalia Acevedo) y Juan (Adolfo Jiménez Castro) se hallan en un lugar paradisíaco, donde intentan criar a sus dos pequeños hijos, a la par que enfrentan la crisis de su matrimonio, y de la existencia misma. El deseo, la ternura, la traición, entre otras pulsiones, navegarán en escena como fantasmas lejanos; como telón de fondo que cede el lugar a la belleza de la imagen por sí misma.

De forma análoga a lo visto en su corto “Este es mi Reino”, aparece Post Tenebras Lux, para mostrar otra vez la travesía de la luz contra la sombra, danzando en ese eterno aquelarre que es lo humano. Pero en Reygadas no serán la trama y sus situaciones (a veces no tan logradas, como en el desenlace de Japón) las que nos revelen el meollo del asunto, sino la imagen. Un collage de secuencias fragmentarias, donde lo real se entrecruza, sin advertencia, con el sueño o las fantasías de los personajes. Tal vez un palimpsesto de miradas. Lo que sucede en la pantalla funciona como un simulacro del tiempo de la mente, algo que me recuerda mucho al Godard de Film Socialisme pero con un giro diferente.

En esta última cinta, Reygadas de nuevo coquetea con el cine documental, al ejercer la captura de la realidad para a partir de ella misma, liberar el fruto de lo irreal. Por ejemplo, en esta pieza, entre otras cosas, el realizador nos regala un escalofriante retrato de las polaridades del mexicano. Desde los mexicanos más humildes y salvajes hasta los burgueses más absurdos y banales. Las pulsiones de voracidad, violencia y muerte se entrecruzan en escena con los momentos luminosos de la vida, como haciendo honor al alegórico título de la pieza.

Atisbos de una historia contra secuencias extraídas del más puro random. Porque a momentos (y ahí radica lo que podría llamarse injusto en el cine de Reygadas), este realizador se ha reafirmado como un gran explorador de la casualidad; de aquello que se cruza a cuadro al momento de estar filmando. Mecanismo que puede llegar a incomodar. Aún con eso, es impresionante todo lo que logran transmitir las imágenes de esta cinta: esa sensación de fragilidad ante la naturaleza que se nos revela desde la primera secuencia del filme. Una secuencia, con fuertes cargas de cine documental y mucho de misterio primigenio, que nos recuerda al cine de Apichatpong Weerasethakul.

Otro momento relevante del filme serán esas secuencias donde aparece un surreal personaje luminoso; un diablo, sin más. La irrupción de este elemento hace pensar demasiado en el cine de David Lynch. Ese diablo refulgente (de luz anaranjada) pareciera un equivalente a los hombres con cabeza de conejo de Inland Empire. Probablemente si le preguntásemos a Carlos, nos diría que ese ser anaranjado nada tiene que ver con Lynch, y quizás así sea pero, de cualquier modo, la comparación se torna inevitable.

Otra de las secuencias más bellas del filme, es aquella en la que Reygadas pareciera querer recrear la pintura “El Baño Turco” de Dominique Ingres. Interesante construcción visual del filme que culminará en una orgía de connotaciones casi místicas. El sentido, probablemente, de estas poderosas imágenes incluso escapa al dominio del director.

Así, Post Tenebras Lux se nos revela como un interesante homenaje a la imagen tarkovskiana. Una película de gran fuerza expresiva, donde la narración se mezcla con las caóticas formas de un tiempo proustiano re-aprehendido; elemento que le regresa un sabor de gran naturalidad, sencillez y soltura (a veces olvidado), al trabajo cinematográfico. Una cinta que iluminará a algunos, molestará a muchos, perturbará a otros, pero a la que es imperdonable dejar pasar de largo.

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