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Entre la fe y el caos camina un

Entre la fe y el caos camina un "Elefante Blanco"

10/Nov/2012

Como parte de la selección de estrenos internacionales, Morelia nos invita a adentrarnos en el filme Elefante Blanco (2012) de Pablo Trapero.

No se espere ningún recurso innovador (estructural) o propuesta estética demasiado compleja, esta película es del tipo que sólo busca contar un cuento con trasfondo medianamente verídico. Elefante Blanco habla de dos sacerdotes, dos amigos, que intentan salvar a una comunidad de nombre Villa Virgen, ubicada en los más crueles bajos fondos de la ciudad de Buenos Aires. El padre Julián (Ricardo Darín), tras ayudar a su amigo francés, el padre Nicolás (Jérémie Renier) con los recuerdos de una experiencia traumática, lo invita a colaborar en la comunidad religiosa que está conformando en la Villa. Lugar que colinda con la estructura de un hospital que jamás terminó de construirse y al que los lugareños han dado por llamar, el Elefante Blanco.

En dicho territorio, ambos sacerdotes, se enfrentarán con drogadicción, crimen y pobreza al por mayor. Todo irá normal, dentro de lo que cabe, hasta que Nicolás comience a involucrarse cada vez más con las problemáticas del entorno; poniendo en conflicto a Julián con las autoridades superiores de la iglesia católica porteña y, de algún modo, consigo mismo.

Una cinta narrativamente seductora que, con una articulación bastante tradicional (como formulita de thriller) logra atrapar al espectador desde los primeros minutos. Nos hace querer saber cuál será el destino de los personajes que se van metiendo, cada vez más a fondo, en ese dantesco elefante blanco. Y no hago aquí la referencia a Dante gratuitamente; es innegable que esta pieza nos narra un claro descenso a los infiernos de la miseria social; dirige sus breves aunque interesantes miradas hacia ese tercermundismo del que América Latina cada vez está más saturada. La frustración de los personajes (y sus conflictos personales) será uno de los elementos mejor manejados en la película de Trapero. Quizás el espectador más politizado no pueda evitar ver analogías entre algunas de las secuencias de este filme y ciertos eventos sociales del México moderno; dígase Atenco u otros. O tal vez todo sea otra alucinación inducida por el cinematógrafo.

Quizás a momentos la cinta pierde un poco el rumbo entre un par de cuestiones cursis y fetiches de sacerdotes enamorados (cuestión algo trillada) pero es sin duda una recomendación que no se debe dejar pasar. Las imágenes sobre la pobreza y el caos que Trapero, haciendo mancuerna con la música del maestro Michael Nyman, nos regala en esta cinta, son una poderosa e interesante meditación visual; una llamada a mirar hacia el abismo… aunque nomás sea de reojo.

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