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Greta Van Fleet en el Teatro Metropólitan

Greta Van Fleet en el Teatro Metropólitan

Cortesía
OCESA / César Vicuña

30/Abr/2019

Detalles

Organización

Producción

Ambiente

Lugar

Teatro Metropólitan

Artista(s)

Los que vinieron a alejar la noche.

Greta Van Fleet nos recibió a golpes: a las seis cuerdas de metal, a la batería y su configuración tradicional (tarola, tres toms, pocos platillos), al bajo apenas perceptible, y una voz cual grito de guerra, como suerte de alarma antiaérea, como el eco de cierta desgracia acumulada que busca salir al vibrato de las cuerdas vocales. Sin más adorno que un juego de luces discreto, sin más accionar orgánico que la ejecución de los instrumentos, “The Cold Wind”, el sold out como evidencia de la curiosidad, la expectativa como pretexto perfecto, el descubrimiento siempre aliciente del accionar en vivo de un cuarteto que ha dado demasiado de que hablar, pero para no ahondar en lo que tanto se ha discutido: a esta banda la amas o la odias, pero no puedes ignorarla.

“Safari Song” y el juego de acordes que tal vez inspirará a que los niños presentes despierten al día siguiente con la idea de que quieren tener una guitarra eléctrica, ya será decisión de sus padres si cumplen el capricho, y por el bien de la música, esperamos que no termine empolvándose en un rincón. “Black Smoke Rising”, un extraño ejercicio de apreciación, no hay mucho que ver, solo escuchamos, no hay razones para hablar, solo disfrutamos. “Flower Power”, Woodstock 50 se ha cancelado pero su espíritu para algunos sigue vigente, para otros tal vez es solo nostalgia, pero para Greta que descalza reposa en el escenario en parte de su conjunción nos remite a la era de acuario: We are the morning birds that sing against the sky”.

Y mientras en otros escenarios algunos calzan sneakers de edición limitada, el golpeteo de un pie desnudo marca el ritmo en el sintetizador, me pregunto si así experimentan cierto dejo de libertad, es simple comodidad o parte del encanto para algunos, y la faramalla para otros.

Pero antes que el análisis y las comparaciones, la música, los ecos de tiempos perdidos: Mick Jagger balbuceando y Keith Richards rasgando la guitarra a la orilla de la alberca de un motel en Memphis, John Densmore y Ray Manzarek arañándose como gatos furiosos, lanzando hechizos con los golpeteos a las teclas y los tambores en una improvisación en el Fillmore, Jimmy Page y Robert Plant enfrascados en un juego de poder escénico y creativo, Pete Townshend y Roger Daltrey agarrándose a golpes en medio de una tensa sesión de estudio. Entes que no se miran pero se saben conectados, un pandero revoloteando. “You’re the one I Want”, querida música, porque me has curtido, inspirado y derrotado, porque gracias a ti he llegado hasta donde estoy, porque es una conexión infalible entre aquellos que junto a mi aprecian cada quien a su manera y de cierta forma hemos sido cortados por la misma tijera. Los filosos cortes de Cream y Blind Faith (y como reza un verso popular: Clapton is God), el poder que emanan dos gabinetes Ampeg ante el golpeteo al bajo, el baterista que revive el perdido arte del solo de su instrumento.

“Black Flag Exposition”, un aura azul que cubre el escenario, una guitarra que comienza a emanar esos sonidos que bien podrían encantar serpientes, pero nosotros somos los que quedamos absortos ante las variaciones, de los arpegios a los riffs, cuerdas que tejen telarañas, somos la mosca esperando ser devorada. La voz que dicta nuestra condición: “some came to see, some came to pray, some came to keep the night away”, pero ante tal demostración instrumental queremos quedarnos en ese instante, olvidar que afuera llueve, omitir que debemos regresar a casa para descansar y volver a cansarnos al día siguiente. Josh Kiszka se sabe un evangelista y a gritos guía nuestro camino al cielo, su hermano Jake atiza el fuego en nuestras almas con cada rasgueo de una vieja y pesada Gibson SG, el hacha del demonio, la espada de Beric Dondarrion ardiendo en fuego en la batalla de Winterfell, escalas ascendentes para invocar a los dioses, solos en los trastes inferiores para rendirles pleitesía. El rock and roll no ha muerto, vive en aquellos que llegamos hasta el Teatro Metropólitan gracias a la herencia de nuestros padres, aquellos aferrados a Creedence, a recordar los títulos de las canciones en español porque así los dictaban las versiones mexicanas de los discos que desempolvamos para volver a girar en nuestras nuevas tornamesas.

Somos más que una playera o una pose, porque nos dejamos llevar, cerramos los ojos, levantamos las manos, un ritual más que un concierto, el desconecte antes que el análisis, el misticismo perdido en la era del streaming. Y esa crudeza nos revuelve, nos traga y nos escupe. “Watching Over” para recuperar el aire, al demonio las luces de las pantallas de teléfonos iluminando rostros de indiferencia, como querer saber lo que sucede en un timeline si la música en directo hace que el tiempo se algo tan relativo, el mundo no se acabará si te enteras de mil desgracias tiempo después.

“Edge of Darkness”, al filo del abismo dispuestos a saltar, “When the Curtain Falls”, el redescubrimiento, diques que se rompen, las batallas de siempre, corazones rotos, perros negros que nos evocan los sonidos, la tónica, el golpeteo incesante y primigenio, sin tanto efecto pero con gran causa: demostrar que el rock and roll sigue arrastrándose cual zombie en busca de nuevos cerebros para expandir. “Highway Tune” para descubrir nuevos caminos, pisar el acelerador y sobre todas las cosas, subir el volumen, la travesía sigue su curso pero la música siempre será la mejor compañía, esos sonidos sin prejuicios, esa alegría que produce el mover la cabeza, el golpeteo al volante, el aire entrando por la ventana, esas bandas como Greta Van Fleet que nos devuelven cierta fe en la creatividad, en aferrarnos a tiempos pasados cuando el presente no nos dice demasiado y el futuro es difuso.

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Cortesía
OCESA / César Vicuña

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