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Fest Contrapedal: la vidriera iberoamericana

Fest Contrapedal: la vidriera iberoamericana

Cortesía
Contrapedal por Ignacio Toledo

16/Abr/2013

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Mientras los ojos de América del Norte se situaron en Coachella y su line-up lleno de estrellas, la capital más al sur del continente disfrutaba otro tipo de festival. Uno más relacionado con lo emergente y lo nuevo que con lo consolidado y los famosos en la audiencia.

El montevideano Fest Contrapedal, en su segunda edición, propuso una suerte de boutique: a los shows en vivo se sumaron una maratón de bares (llamada “baratón”) y talleres. De sábado a domingo el Fest incluyó, además de música, un espacio de arte urbano y una pequeña tienda de libros, todo ensamblado en un espacio totalmente atípico emplazado dentro del Museo de las Migraciones (MUMI).

Una suerte de galpón recuperado fue el lugar donde se ubicó el escenario principal, mientras que a su derecha, cercado por restos de la antigua muralla que fortificaba al Montevideo colonial, se construyó el escenario alternativo. Una (tal vez demasiado) pequeña carpa fue el lugar donde la electrónica hizo bailar a los presentes.

La espera entre artista y artista era mínima, pero el espacio brindaba muchos atractivos para recorrer. Detrás del escenario principal y entre las derruidas paredes de ladrillo, se ubicó el espacio de arte urbano, donde cada pieza fue construida con materiales recuperados de la basura. Quizás sin planearlo se ubicó sobre una mata de menta, haciendo que ese lugar tan especial se impregnara de un aroma fresco y agradable.

Este año el Fest exploró más allá del under montevideano y le apostó apostó a traer un representante de algunos países del continente, haciendo de este evento una rareza para la capital y un lugar para inspeccionar nuevas tendencias. Y al tratarse de un evento con entrada gratuita, casi no hubo excusas para faltar; en ambos días la afluencia de gente no mermó.

Este, lejos de ser un espacio predominantemente juvenil, fue un lugar para la familia. Niños correteaban entre la gente y volvían a encontrarse con sus padres, atentos a la banda de turno. Y aquí el mate y la cerveza circulaba por igual.

De esta forma el sábado comenzó con el Colectivo Esquizodelia, un grupo de artistas independientes uruguayos que exploran las melodías pop o los ritmos más rockeros de las maneras menos convencionales. Le siguieron Mersey -herederos montevideanos de Belle & Sebastian- y las canciones acústicas y narrativas de Sebastián Casafúa.

El panameño Cienfue fue el primer extranjero en pisar el escenario principal, y aún sin saber nada de él, "Mi colombiana" -su hit de 2006- y su más reciente "Dos Gardenias", fueron sus puntos más altos.

Luego fue el turno de Enjambre, que llegó por primera vez a Montevideo luego de cinco shows en Argentina. Durante su set de 10 canciones el grupo de los hermanos Navejas mantuvo al público atrapado con su eléctrico show, donde recorrieron sus hits como "Visita", "Madrugada" e "Impacto" y temas de su más reciente disco, Huéspedes del orbe.

Su rock con tintes indie encajó muy bien con la propuesta del festival y más importante aun: dio a conocer algo más de lo que México puede ofrecer para el exterior.

Por su parte y desde España, Vetusta Morla demostró tener un gran número de fanáticos en el país, que corearon sus canciones e incluso desplegaron un cartel.  Mientras que desde Uruguay, Max Capote -recién llegado de tocar en el SXSW y Vive Latino- y Dani Umpi, arrastraron también a la mayoría de los presentes hacia la pista con shows que variaron entre lo más electrificante del rock de los 50, en el caso de Capote, al electropop más moderno y friendly.

El domingo la jornada comenzó desde temprano, develando las joyas más ocultas del under local en rincón alternativo, como Señor Pharaón, Vincent Vega y Kevin Royk.

En el escenario mayor el chileno Gepe hizo bailar al público con su mezcla de pop y ritmos folklóricos, mientras que El mató a un policía motorizado de Argentina llenó de distorsión el museo con la interpretación de su más reciente disco, La dinastía scorpio.

Franny Glass, que al igual que Capote se presentó el mes pasado tanto en el Vive Latino como en varios locales del DF, cerró apropiadamente el Fest, al ser uno de los artistas uruguayos con más proyección al exterior.

Y lo prometido fue cumplido. El Fest Contrapedal no solo mostró lo que Uruguay ofrece en materia independiente, sino que se transformó en una gran vidriera hacia el interior de la tendencia iberoamericana.

REDACCIÓN:


Editorial

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Contrapedal por Ignacio Toledo

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