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Detenerse y escuchar

Detenerse y escuchar

Julián
Woodside

19/Sep/2018

Ruido, silencios y desinformación (a 1 año de los terremotos de septiembre)[1] 

19 de diciembre, 2013: “Las 38 familias que vivieron en casas de lámina de 30 metros cuadrados en el campamento Atlampa, después de perder sus casas en el terremoto, recibieron las llaves de manos de Mancera.”

6 de septiembre, 2017: “El gobierno de la Ciudad de México entregó vivienda nueva a 170 familias que desde hace 32 años se quedaron sin hogar tras el terremoto de 1985 […]. Los tres campamentos que faltan por reubicar concentran alrededor de 123 familias.”

22 de septiembre, 2017 (3 días después del terremoto): “Aún hay asentamientos ‘temporales’ en la capital del país que albergan a personas damnificadas por el terremoto de hace tres décadas.”

17 de febrero, 2018: “13 personas fallecidas, entre ellas tres menores de edad, y 15 lesionados, es el saldo preliminar del desplome de un helicóptero de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) en Santiago Jamiltepec, Oaxaca. Las víctimas mortales se encontraban en un campamento en la calle de la colonia Aviación, donde se refugiaban luego del sismo de magnitud 7.2 de ayer por la tarde […].”

Sí, el terremoto del 85, como muchas tragedias que han ocurrido en el país, “no se olvida”. Y quienes vivimos los terremotos del 2017 tampoco los olvidaremos. ¿Y luego? No olvidamos la tragedia, pero sí lo que se debió aprender en cada ocasión.

En un ensayo titulado Los abusos de la memoria, Tzvetan Todorov plantea que “la difusión de la información permite salvar vidas humanas”, a lo que yo agregaría: también puede entorpecer el rescate de otras. El autor considera que, cuando los acontecimientos vividos son de naturaleza excepcional o trágica, hay un derecho a la memoria que se vuelve un deber: hay que acordarse, testimoniar. Pero también considera cruel recordar continuamente a alguien los sucesos más dolorosos de su vida. Existe además un derecho al olvido. Todorov plantea que un acontecimiento recuperado puede ser leído de manera literal, que es cuando se queda en la experiencia y no conduce a algo más allá de sí mismo, o de manera ejemplar, cuando sirve de modelo para comprender situaciones nuevas.

¿Qué memoria queremos tener del pasado 19 de septiembre? ¿Qué lectura queremos darle?

El “no olvido” muchas veces nubla nuestro presente, y con cada terremoto los agentes involucrados son los mismos: un desastre natural que deja ver situaciones de corrupción y la inacción, no en los primeros días, sino en los siguientes meses o años.

Ocurre una tragedia. Acabas de vivir algo traumático. Necesitas hablarlo, ser partícipe. Necesitas expresarte ideológica y emocionalmente, así como compartir ideas para apoyar. Lo viviste, lo sufriste, y quieres ayudar a los demás. Pero no fuiste damnificado.

¿Qué puedes hacer? Sales a la calle, apoyas a tus vecinos. O si estás lejos, quieres apoyar en redes sociales. Quieres informarte, e informar. Esto implica un problema: cuando ocurrió el terremoto de Japón en 2011, mucha gente que no estuvo siquiera de las zonas afectadas sufrió transtorno de estrés post-traumático por sobreinformación. Y así ocurrió con varias personas aquí tras el 19 de septiembre.

A medida que pasaron los días empezaron los rumores, la ahora llamada “post-verdad” y las “fake news”. Se mencionan zonas afectadas que no lo fueron. Mientras, otras que sí se vieron afectadas fueron ignoradas. La autorregulación del manejo de la información tardó días, y el daño estaba hecho: la gente desconfíaba.

24 de septiembre, 2017: “Así fue como #Verificado19S puso orden a la ayuda tras el sismo. Más de un centenar de desarrolladores, diseñadores, economistas, matemáticos, internacionalistas, antropólogos y sicólogos se han reunido desde el miércoles para desarrollar la plataforma que organiza la información para ayudar tras el sismo”.

A la par de información la población busca historias, darle un sentido narrativo al acontecimiento. Los medios las explotan por impacto emocional y/o por ganar la nota. Mientras que la gente las difunde porque necesita señales de esperanza, algo en qué creer.

Surgió la niña “Frida Sofía”, la Timmy O’ Toole de la tragedia en curso. ¿Plan macabro de los medios, o mito necesario por parte de la sociedad? Hay confusión. ¿El nombre de la perrita rescatista se mezcló con otra noticia? Se activa un nuevo tren del mame. El bandwagon effect ó “efecto de arrastre” toma varias direcciones: atacar a los medios, al gobierno, a la gente proactiva. Sin embargo, muchas comunidades afectadas seguían sin ser escuchadas.

Empiezan los conciertos e iniciativas de “reconstrucción”, la difusión de historias heroicas, y cada uno de nosotros fue partícipe. Sí, aunque se nos repita una y otra vez que existe información falsa, la difundimos. Queremos apoyar, queremos ayudar (pero también ser parte). Al respecto, el psicólogo social Jonah Berger plantea que compartimos información por alguna de las siguientes cuestiones:

  • Porque nos da capital social, prestigio
  • Porque la consideramos pertinente para el contexto
  • Porque detona emociones en nosotros
  • Porque es un tema público
  • Porque tiene valor práctico
  • Porque nos permite construir historias.

Por eso, a pesar que no se pueden predecir terremotos. Compartimos una y otra vez que se espera uno más fuerte. ¿Qué tal que sí es de utilidad?

20 de febrero, 2018: “Piden no difundir rumores sobre supuesto terremoto de 8.7 grados. El Consejo Ciudadano señaló que desde varias cuentas se difunde el rumor de un supuesto movimiento telúrico; los sismos no se pueden predecir, recuerda el SSN (Servicio Sismológico Nacional)”.

Por eso es muy importante detenerse y escuchar. Discernir de entre todo el ruido informativo aquellos silencios que se vuelven mortales. Las redes sociales aceleran el proceso, y a los pocos días se satisfacen, aparentemente, las necesidades. Pero a la fecha no ha sido así, no en muchas zonas afectadas. Recordemos lo que pasó en Xochimilco un día después del terremoto: se saturaron todas las vías, la gente tardó horas en llegar a entregar víveres, mientras que algunas comunidades cercanas no recibieron apoyo.

20 de septiembre, 2017: “Se desborda la buena voluntad para ayudar a Xochimilco […] Ya no pueden pasar más, ya no hay lugar. Los víveres se están acumulando y los vehículos simplemente ya no pasan”, comentan a gritos los voluntarios y las autoridades que tratan de controlar el acceso al lugar donde continúan llegando voluntarios y habitantes del lugar.”

¿Y luego? Escuchemos los silencios

Es importante detenernos y escuchar, tanto el ruido como los silencios. Van algunas cifras.

A un año, no olvidamos los terremotos, pero hemos olvidado a muchas de las víctimas.

Es necesario establecer protocolos de información antes, durante y después de este tipo de acontecimientos. No hay que olvidar que el manejo de la información, e incluso los apoyos, también son clasistas. Como escribió el Subcomandante Marcos en julio del 2003:

Hay una limosna más sofisticada. Es la que practican algunas ONG’s y organismos internacionales. Consiste, grosso modo, en que ellos deciden qué es lo que necesitan las comunidades y, sin consultarlas siquiera, imponen no sólo determinados proyectos, también los tiempos y formas de su concreción. Imaginen la desesperación de una comunidad que necesita agua potable y a la que le endilgan una biblioteca, la que requiere de una escuela para los niños y le dan un curso de herbolaria.

Debemos dar voz a las comunidades, y no sólo escuchar lo que queremos escuchar y romantizar el trauma. A un año, sería recomendable generar una plataforma que sistematice lo que se hizo con #Verificado19S, y que no tenga que activarse algo desde cero nuevamente. Debe ser descentralizado, dando voz y representación a las propias comunidades, no a quienes ya manejan los medios.

Sería recomendable aprender, como parte de nuestra formación, cómo cada profesión puede apoyar específicamente en esos momentos: sonidistas, psicólogos, músicos, comunicadores, médicos, músicos, cuentistas, etcétera. Pero también generar protocolos informativos sobre qué puede servir y qué no, para que la gente no “done” medicamentos caducos, zapatos sueltos, antidepresivos, etcétera. Tener claro qué se necesitará: plantas de luz, tablones, etcétera. Difundir protocolos sobre el manejo de las noticias antes de compartirlas por WhatsApp y redes sociales, pues los rumores ya no son verbales o escritos, sino también sonoros, gráficos y audiovisuales.

Muchas veces, por querer ayudar, buscamos adaptar la información a nuestras expectativas, o queremos que la gente esté informada. En estos momentos de crisis lo más importante no es la cantidad, sino la calidad de la información. Todos ayudan a su manera, y una ayuda fundamental es depurar la información.

Para cerrar

Quisiera dedicar este texto a quienes a la fecha no han sido apoyados y escuchados tras el sismo del 85, así como a quienes se vieron afectados durante los terremotos del 7 y del 19 de septiembre del 2017 (porque sí, como parte de un chilangocentrismo, tendemos a dejar fuera de la narrativa de la memoria lo ocurrido el 7 de septiembre).

A quienes no tienen voz ni representatividad en los medios de comunicación, que no son escuchados.

A quienes son reducidos a conceptos y estadísticas.

A quienes hoy duermen en las calles, a los damnificados que tras un año no han sido escuchados.

A todos los que debemos contemplar cuando se construyan protocolos: comunidades, sectores vulnerables, etcétera.

Guardemos silencio para poder escucharlos. Porque si en estos espacios y momentos de reflexión no somos empáticos, y si en el día a día no lo somos, de nada sirve vivir y recordar lo acontecido.

[1] Una versión previa de este texto fue leída el 22 de febrero de 2018 en el encuentro “Reflexiones sobre el sonido. La experiencia de escucha ante el terremoto #19S”, organizado por la Universidad de la Comunicación los días 21, 22 y 23 de febrero.

 

 

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