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Canoro: [Capítulo 9] Una fotografía de esperanza

Canoro: [Capítulo 9] Una fotografía de esperanza

31/Ago/2021

¿A poco no ya falta poquito para que termine esto?

Ni los tiempos buenos ni los malos han podido lograr separarnos. 

Siempre me cuenta la misma historia. La vez que un padrino le mostró una cámara fotográfica; según él fue la primera vez que vio una, dice sentirlo como “amor a primera vista”. Desfilaron 15 años cuando por fin pudo comprarse su propio equipo fotográfico, una Canon aplastante, de segunda mano, en un local del Centro Histórico. Siempre cuenta la misma historia, del cómo fue aprendiendo en la escuela de la vida y cómo fue ejerciendo el oficio de la fotografía hasta convertirse en un profesional del negocio. 

Lleva años, dos o tres décadas, capturando imágenes que se convierten en recuerdos natos para sus clientes: desde festivales escolares hasta grandes eventos sociales. Siempre cuenta la primera vez que se instaló en un mercado allá por La Merced brindando sus servicios. Después de unos años, sus finanzas le permitieron adquirir un local rentado en la colonia Roma; fue conquistando más cámaras fotográficas, de mejor calidad y de primera compra. Tenía también ya ayudantes para repartirse los eventos los sábados y domingos. Al parecer, como siempre cuenta en su historia, le llevó 30 años poder mantener una estabilidad en su economía, en su oficio y en su familia, principalmente con su esposa y sus tres perros labrador.

Ahora no cuenta la misma historia. Y si narra, se escucha con melancolía. Si la comparamos con el resto de sus anécdotas, como el buen parlanchín que es, ésta da un contexto doloroso: “En febrero del año pasado cubrí un bodorrio pretencioso en un jardín en Cuernavaca, Morelos. Era un evento de políticos corruptos y por ende la paga fue esplendida. Comí caviar y bebí tequila de Jalisco. Terminando el evento me enfiesté con el capitán de meseros. ¡Un tremendo pachangón!”. Narra que a su regreso le compró una pantalla de plasma a su esposa para la recámara y la llevó a desayunar a un pozolería famosa. “Ese fue mi último evento”.

Cuando amargamente la pandemia comenzó a arrasar en la Ciudad de México, el gobierno instauró semáforos ficticios como control masivo, y cuando se activó el color rojo todos los comercios, establecimientos, oficinas y escuelas cerraron por completo. Esa luz del semáforo estropeó la estabilidad de muchos comerciantes, entre ellos el fotógrafo que les cuento. Su local, recién remodelado por cierto, bajó la cortina y hasta la fecha no la ha vuelto a subir. Los eventos sociales en salones, las bodas, graduaciones y fiestas escolares cesaron, no hubo más. La presión financiera comenzó a adelgazar como un globo que se estira y se estira pero que no se infla por el orificio de la ausencia de trabajo. Tuvo que dejar ir a sus colaboradores, su local y cuatro cámaras fotográficas que aún se mantienen en empeño. Aceptó el préstamo bancario que siempre se reusó tomar; ahora es la tercera vez que lo reestructura por no poder cubrirlo, sino todo lo contrario.

Pareciera que ya no tiene nada qué retratar. Ha soltado el apartamento que felizmente rentaba para su familia, también vendió la pantalla que hace un año le había obsequiado a su esposa para ver las novelas nocturnas, y se le han caído tres dientes por la diabetes que lo está consumiendo.

Ya no cuenta la misma historia. Ya no cuenta nada para ser honesto. Se le ve trasnochado y sin energía. Camina por los pasillos de los tianguis deambulando entre desesperación y opciones de generar más planta. Pero no pierde la esperanza. No pierde la esperanza de que “esto va a pasar pronto”. Aún mantiene su única cámara, la primera que adquirió cuando comenzó en esa carrera, pues se niega a soltarla. Con ella avanza… retratando cada imagen que le trasmita esperanza: sonrisas detrás de cubrebocas, automóviles a toda velocidad en las calles solitarias, niños en los parques recién desinfectados por los padres. Las fotografías le dan esperanza, ánimos. Revive cada que activa el flash. Se coloca en cuclillas para capturar mejor la escena, aunque sus rodillas estén lastimadas y sus zapatos desalineados. Él no pierde la esperanza, dice…

Llega cada noche a casa con su cartera de calma y paz. Abraza a los suyos y sumerge su pan en la taza de café con leche mientras les cuenta las imágenes que encontró hoy. Les regala sonrisas chimuelas de armonía y tranquilidad. Él no suelta a los suyos y los suyos no lo sueltan. Su esposa le murmura cada noche que no la tumba un viento frío y que si lo tiene cerca de ella, no le teme a lo que pueda suceder; lo admira como su escudo ante el miedo y que aunque se derrumbe el cielo, él nunca vas a estar solo, porque siempre estará. En sus anécdotas siempre platica cuánto añora esa canción, "No me importa el dinero", de Los Auténticos Decadentes y Julieta Venegas. 

Siempre me contaba la misma historia. Llevó 20 años escuchándola. Pero ahora en todas sus anécdotas que platica ha agregado una pregunta como firma de su conversación: “¿A poco no ya falta poquito para que termine esto?”. A lo que le respondo: “verás que sí. Ahora cuéntame, ¿cómo te hiciste fotógrafo…?”. 

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