98055
El Demonio Neón

El Demonio Neón

El Demonio Neón. O la insaciable necesidad de la belleza.

Nuestra sociedad actual tiene una necesidad compulsiva de consumir belleza, de alimentarse constantemente de ella. Esto es lo que al parecer el cineasta danés Nicolas Winding Refn tenía en mente cuando escribió y dirigió El Demonio Neón, su más reciente película. Una fábula oscura que gira en torno a la belleza, pero sobre todo a la obsesión por tenerla, ostentarla, poseerla, y que en ocasiones puede alcanzar proporciones patológicas. Y la mejor forma de hablar del tema fue haciéndolo por medio de uno de los objetos máximos de ese anhelo: Las Top Models.

La trama se centra en Jesse, una joven de 16 años recién llegada a Los Ángeles que busca hacer carrera en el medio del modelaje profesional. Sus atributos físicos naturales, aunados a una desarmante inocencia y un “algo” muy especial que algunos logran percibir en ella, hace que de forma vertiginosa logre ascender y volverse una modelo codiciada, que despierta el deseo de muchos y no pocas envidias por parte de algunas de sus compañeras, quienes se han sometido en reiteradas ocasiones al bisturí y otros tratamientos similares en busca de ser perfectas.

Jesse pronto es hechizada por ese mundo iluminado perpetuamente con luces de neón y seducida por la magia que las lentejuelas y el maquillaje conjuran, y no tarda en entregarse al demonio de la banalidad, y erigirse a sí misma como una diosa etérea, inalcanzable. Pero descubrirá también que ese luminoso mundo tiene una cara oscura que al igual que el enorme felino que se introduce en su cuarto de hotel una noche, la acecha y amenaza. Y pronto aprenderá (de la peor forma) que volverse un objeto del deseo puede tener un alto (y aterrador) precio. Winding Refn concibe un siniestro cuento de hadas donde la princesa en busca de realizar sus sueños, se pierde en el bosque de las apariencias, donde las bestias que lo habitan se entregan a las más aberrantes pulsiones con tal de satisfacer su apetito insaciable de belleza.

Para plasmar la doble personalidad de este mundo, el cineasta recurre al contraste extremo desde la primera secuencia, en la que vemos a la protagonista posar en un sofá, ataviada y maquillada elegantemente, aunque su cuerpo se encuentra bañado en sangre. Con esta primera imagen el autor establece la tónica predominante del relato: lo hermoso y lo feo, lo sublime y lo grotesco, el amor y la muerte no solo coexisten armónicamente en ese universo, sino que se buscan el uno al otro como amantes ansiosos, lujuriosos.

El soberbio trabajo de Natasha Braier, su fotografía exuberante y pulcra así como suaves movimientos de cámara y encuadres de cuidada y simétrica composición, muy emparentados a los empleados recurrentemente en el cine de Stanley Kubrick –referenciado sutilmente en un par de ocasiones dentro del filme–; es el complemento visual perfecto para oponerse/equivalerse con las situaciones escabrosas planteadas en el argumento, que incluyen violencia, necrofilia, vampirismo y canibalismo.

De este modo, El Demonio Neón es una inquietante –y por ratos un tanto críptica– metáfora en tono Lynchiano sobre el culto desmedido que nuestra sociedad rinde a la apariencia física y al oropel así como a sus deidades de hermosura deslumbrante pero efímera, rematando con la idea de que esa sociedad exige devorar a sus ídolos para satisfacer sus enfermas necesidades.

Lee aquí nuestra entrevista con el director Nicolas Winding Refn.

No es una revista, es un movimiento.