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Canoro: [Capítulo 0] Sí, el fin del inicio

Canoro: [Capítulo 0] Sí, el fin del inicio

13/Abr/2021

¿En verdad estamos solos en estos preciosos momentos?

Te desbarata el viento.

Sí. Al igual que tú, que él, que ustedes y que el resto de los pronombres personales estoy harto. A veces ese hartazgo es de estar tan harto de usar “harto” como calificativo de hartez, como si no existieran más adjetivos negativos para tan extraordinaria época.

Sí. También ya se me pasó la novedad con la que arrancó este periodo de desapego hace un año; los cursos en línea solo quedaron como marcadores dentro mi lista de favoritos en Chrome y los videos de cocina ya solo saturan de anuncios la página inicial en YouTube. Debajo del buró está el mat de yoga, las mancuernillas y las cuerdas que por cierto, sigo pagando. Por fin me convencí de que las fiestas virtuales me dejaban mucho más ebrio que la presenciales… aunque con el ritmo que llevo ahora, posiblemente ya ningún exceso de licor me dejará tirado debajo del puente que conecta al Foro Sol con el Palacio de los Rebotes después de un Vive Latino. Sí, obviamente, bebo tanto como algunos.

Sí. Los contenidos en streamings y podcasts también me acompañaron estos meses; más al inicio, después disminuyó y últimamente siento que los escucho de fondo… o quizá sea el eco de la demencia. Sí, exactamente como todos consumí desde lo más aclamado como The Crown hasta lo palomero como 100 días para enamorarnos; seguramente no recordaría todas; seguramente no recordaría nada de cada una de ellas. A veces ni necesidad de ver o escuchar pues las redes sociales nos ponen al tanto ¡y mira que si perdemos tiempo en ellas!

Sí. Hablo solo. ¿Habré sido el único en plena pandemia que lo hace? Como sea, hablo solo. Y podría decir que la gente me “ve raro” al hacerlo, pero la gente no me ve. No salgo. Y aunque lo hiciera: mientras no tosa o estornude, esté sin cubrebocas o haga algo digno de ser grabado, no me verían.

Sí. No me apena decir que siento que los trastos perfectamente ordenados en el escurridor me preguntan ‘cómo estoy hoy’; que a decir verdad es lo menos que esperaría: lavarlos me consume el 25% de mi día. De hecho, los seguros para casas deberían darnos una comisión por la ardua y rutinaria limpieza que se ejecuta a diario; las ámpulas entre el pulgar y el índice son parte de mi personalidad ahora. Cómo extraño vivir en casa de mis padres.

Sí. Beso cada mañana mi taza de café, pues se ha vuelto mi más hermosa amante; no hay alguien que me dé los “buenos días” como ella, tan divino que a veces olvido su pardo color blanco y su oreja pegada cuatro veces con Kola Loca. Y sí, también hablo con ella. A veces nos asomamos por la ventana, mientras fumamos el tercer cigarro matutino, y juntos les deseamos esperanza a cualquier persona en la colonia; obvio no lo grito, solo lo pienso… aunque después de tantos meses, creo se les necesita tatuar la buena energía a las personas.

Sí. Me encuentro en una encrucijada en si dejar o no a los servicios de repartidores, siento que me facilitan demasiado la vida sabiendo que la vida no es fácil. En ciertos momentos escapo al supermercado, pero la comida chatarra y la nutritiva me tienen viviendo entre la espada y la pared; a veces como pescado hervido… pero ceno hamburguesas con tripas de tocino, ¿me explico?

Sí. Hablo solo. Y por qué no hablar solo si de alguna manera el eco de mi voz me hace sentir acompañado. O mejor aún, ¿por qué no escribir en voz alta? Posiblemente de alguna manera me podría comunicar con alguien más. Tentativamente conseguiría empatar una conversación; conmigo, contigo, con nadie. Tal vez, solo tal vez si mi rutina en estos últimos trece meses se apega con algún otro ser encerrado y desesperado, solo tal vez logremos sincronizar. A veces no quiero escuchar a nadie, sino escuchar algo más en mi propia voz, pues en estos momentos qué mejor manera de sentirse acompañado en un encierro obligatorio si no es por uno mismo. Sí, como leer el diario y dar tu opinión sobre lo sucedido o encender el televisor y comportarte como un crítico juzgón sin que nadie más te de otra opinión, si para eso ya tenemos Twitter y Facebook. Disfrutar lo gustoso de una charla dicharachera… en silencio. O en voz alta, como sea tu voluntad.

Sí. Encendí el bluetooth y localicé el track adecuado de una de las agrupaciones más añoradas del rock mexicano, y que podría representar a un conjunto de gritos colectivos que murmuran, exclaman, ¡idolatran la misma palabra! porque allí, solo allí parece que localizamos la felicidad: “Afuera”. Y es que ¿por qué no acompañarnos de un desconocido? ¿Por qué no abrazarlo o mandarlo a la chingada sin que nos escuche? ¿Por qué no localizar una tonada que represente nuestros días? Tú dime, ¿por qué no? Estoy seguro que cada que nos comuniquemos una canción nos podría acompañar.

Vamos, dejemos el lamento para alguien más… y ese alguien para otro alguien más y así hasta que el hashtag #Lamento se vaya perdiendo de los tópicos tendencia de emociones encontradas hasta que ¡bingo! el panorama cambia… no la realidad, pero si la emoción de mirar la vida.

Sí. Te recibo. Te abrazo. Te comprendo. Te acompaño. Se que no hay persona en este lastimado mundo que en estos momentos no lo esté pasando mal, como sea está ocurriendo. Pero si ese ya es un destino anunciado ¿que se gana con repetirlo? Sí, esta es mi manera de acurrucarte y donde será un agasajo seamos dos personas que no extrañemos para nos sentirnos solos; algo es algo. Sí, este es mi espacio más canoro para acompañarnos, para cuidarnos y para decirte: “afuera no te cuido, solo adentro”.

#QuédateEnCasa