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Chivo Negro — Volume Death

8

Chivo Negro
Volume Death

Volume Death / 2017

Artista(s)

Chivo Negro

Negro, malévolo y salido de otro mundo.

Paciente y con una furia destructiva en potencia, llega este álbum visceral que raya en el metal psicodélico muy al estilo del stoner norteamericano, con casi una hora de absoluto infierno sónico.

La combinación que manejan entre un fuzz crudo, guitarrazos y tambores cual martillos, efectos y ruidos imposibles de predecir se vuelven un trance que te transporta a paraísos tóxicos surrealistas y en ocasiones te montan a rituales y ofrendas a dioses paganos cono Nergal, Whiro o Baal. Chivo Negro se nos presenta con un debut que retumba en las paredes y truena tímpanos sin siquiera parpadear o tal vez, ¿este extraño chivo ni siquiera tenga parpados?

Todo el disco tiende a la fealdad y disonancia estética, es sucio y de malos viajes. Lento, pesado, una bestia peluda, viscosa, humeante y negra como un abismo Volume Death es un engendro sinaloense que vuela cabezas en esta y en la otra vida. Una base rítmica y de mucha inventiva y que toca como un solo monstruo de seis manos. En el futuro post apocalíptico donde todos los estratos sociales han desaparecido, las ciudades son solo ruinas que nos recuerdan mejores tiempos, en donde había algún tipo de orden imaginario, este disco se hará sonar en esos interminables días de incertidumbre.

Caminar entre ruinas en llamas, con un cuerpo lleno de vendajes y heridas que pronto acabarán con todo. Deshidratado, desnutrido y en medio de un espacio irreconocible, en algún momento después de la muerte. Suena la pieza más larga del disco, trece minutos de “Enki” en un lugar inocuo y etéreo al que se va después de morir, donde los tambores te guían por tu propia angustia a un destino impredecible; claramente inspirados por el “Horror Cósmico” de la literatura de H. P. Lovecraft, donde lo desconocido adopta planos interdimensionales y el temor es de lo único que se puede estar seguro.

Volume Death es una oda a la desolación, no hay luz, no hay esperanza, no hay fin. Es un disco que funciona magistralmente como una sola pieza grabada en los estudios Las Dunas en Monterrey, Nuevo León de la mano de Alejandro “Chivo” Elizondo, otrora instrumentista del titán psicodélico regiomontano, Los Mundos.

La claustrofobia que envuelve a todos estos temas te van carcomiendo por medio de progresiones y explosivos solos de guitarra que te arrebatan cualquier posibilidad de redención. Piezas como “Descend” y “Reverse Inquisition” son perfectas para cortar cabezas o para despedirse de ese cruel mundo llevándose a todos los que uno pueda de paso.

No es una revista, es un movimiento.