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'Blackstar': 10 años del último acto de David Bowie

'Blackstar': 10 años del último acto de David Bowie

El arte de despedirse sin desaparecer.

El 8 de enero de 2016, David Bowie publicó Blackstar. Ese mismo día cumplía 69 años. Dos días después, el mundo se enteraría de que aquel disco no era solo un nuevo capítulo en su carrera, sino su despedida consciente, lúcida y radicalmente artística. Hoy, a 10 años de su lanzamiento, Blackstar no solo se mantiene vigente: se ha consolidado como una de las obras más profundas y valientes de la música contemporánea.

Hablar de Bowie es hablar de transformación constante. Fue Ziggy Stardust, Aladdin Sane, el Thin White Duke, el explorador de Berlín, el arquitecto del pop del futuro y el cronista del presente. Cada alter ego fue una forma distinta de entender el mundo, de desafiar las normas y de anticipar lo que vendría. Blackstar no niega esa historia: la condensa. Es el punto final que contiene todos los signos anteriores.

Grabado en Nueva York junto a Tony Visconti y un grupo de músicos de jazz experimental liderados por Donny McCaslin, Blackstar se mueve entre el art rock, el jazz oscuro y la electrónica abstracta, construyendo un lenguaje propio, inquietante y profundamente emocional. No es un disco fácil ni complaciente, pero sí uno que recompensa la escucha atenta. Bowie no buscó nostalgia ni cierre amable: eligió el riesgo hasta el último momento.

La canción que abre el álbum, “Blackstar”, es una pieza monumental. Durante casi 10 minutos, Bowie transita entre lo ritual, lo apocalíptico y lo espiritual, como si estuviera narrando su propio mito desde el otro lado. El videoclip refuerza esa sensación: símbolos religiosos, un astronauta caído —eco inevitable de Major Tom— y un Bowie convertido en figura espectral, guiando un extraño funeral cósmico. No hay respuestas claras, solo preguntas finales.

“Lazarus” es, quizá, el corazón emocional del disco. “Look up here, I’m in heaven”, canta Bowie desde una cama que recuerda a un hospital, con los ojos vendados y botones cosidos en su lugar. El video, estrenado días antes de su muerte, transformó la canción en un testamento artístico imposible de ignorar. No hay dramatismo gratuito: hay aceptación, ironía, fragilidad y una claridad devastadora.

El cierre llega con “I Can’t Give Everything Away”, una canción que funciona como epílogo y declaración final. El título se volvió símbolo: Bowie no se va del todo, pero tampoco se explica por completo. La pieza retoma motivos sonoros de etapas anteriores de su carrera, como si todas sus versiones convivieran por última vez antes de desvanecerse.

A 10 años de distancia, Blackstar sigue siendo una obra que dialoga con el presente. No solo por su sonido —que continúa influyendo en artistas de distintas generaciones—, sino por su enfoque: hacer del final un acto creativo, convertir la vulnerabilidad en forma y la muerte en discurso artístico. Bowie no romantizó su despedida, la diseñó.

Más que un último disco, Blackstar es una lección sobre cómo vivir y crear hasta el final. Un recordatorio de que el arte puede ser honesto, incómodo y hermoso al mismo tiempo. David Bowie entendió algo que pocos artistas logran: que incluso en el adiós, todavía hay espacio para reinventarse.

10 años después, la estrella negra sigue brillando. No como un cierre, sino como un punto de partida permanente.

Mantente pendiente de Indie Rocks! para más detalles.

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