Favoritos

Haz click en la banderilla para guardar artículos en tus favoritos, ingresa con tu cuenta de Facebook o Twitter y accede a esta funcionalidad.

16650
Slash: ¿un ícono desgastado?

Slash: ¿un ícono desgastado?

Cortesía
OCESA

30/Nov/2012

Detalles

Hace alrededor de 20 años, el fervor que causaba Guns N' Roses era inaudito. Se trataba de una banda que apelaba a todo lo que un adolescente podría convertir en un imaginario contra el aburrimiento: además de sus letras explícitas, un look glam descomunal y canciones de agresividad posmoderna, sus riffs de guitarra parecían preñados tanto por Jimmy Page como por Syd Viscious o Joe Perry.

No sé cuántos caímos bajo el hechizo, pero en mi caso, fueron 20 años los que pasaron para escuchar a Saul Hudson, mejor conocido como Slash, en directo. Apenas bajando del metro, era evidente que hasta los comerciantes de piratería intuían que, ese martes, se presentaba no una estrella consagrada, sino un ícono del que podría vender incluso réplicas tepiteñas de su sombreo de copa. Apenas crucé la pista del Palacio de los Rebotes, recordé que 20 años atrás, mi edad me prohibió asistir al único concierto que los Guns ofrecieron en Mexico, cuando OCESA apenas esbozaba que los conciertos serían un negocio interminable.

Con una chela caliente y espumosa en mano, vi aparecer a Slash al frente de sus Marshalls Signature, con su Les Paul bien ajustada debajo de la cintura, su sombrero de copa y una banda que apenas competía con él en carisma. Sinceramente, desconozco los temas del disco que interpreta junto a Myles And The Conspirators. A pesar de que Slash es el hombre responsable de que yo sea guitarrista, hace mucho le perdí la pista, quizá cuando lanzó el aún disfrutable Slash's And The Snake Pit. Sin embargo, todos a mi alrededor estaban actualizados y parecía disfrutar del nuevo repertorio.

En lo personal, comencé a retorcerme hasta la llegada de "Nightrain", canción de vena zepelinezca que viene en Appetitte For Destruction, su obra maestra. Y así ocurrió la noche: dos o tres canciones del nuevo proyecto, intercaladas con himnos generacionales que retorcían los cuellos de todo tipo de personajes: Godínez, metaleros atemporales, pubertos, cougars, nostálgicos de vanguardia, familias y hasta el desprestigiado Kalimba, que bailaba con las escalas pentatónicas de Saul.

Entre las poco afortunadas composiciones de los Myles, lo que valió la pena fue escuchar las canciones del Appetite, como "Roquet Queen" (con un solo de guitarra que se extendió por varios minutos),  o "Mr. Brownstone", esa apología de la heroína que tanto gustaba a Dave Mustaine antes de limpiar sus venas. Entre los puntos álgidos, resaltaría lo predecible: Slash adaptando su Gibson en una extensión de Nino Rota, con la clásica versión de El Padrino, esa que nos estremecía en los noventa, cuando nos asombraba cualquier intromisión del rock en terreno ajeno.

Sinceramente, las canciones de los conspiradores sonaban muy poco inspiradas, o mejor aún, como meros émulos del heavy ochentero, con riffs predecibles, letras eternas sobre lo mismo y poses impuestas por el alcalde de LA. Como fan irredento de Slash, su presentación me pareció un tanto aburrida, pues los íconos se desgastan, no así los clásicos, como fue el caso de "Welcome to the Jungle", cantada muy bien por el bajista, "Sweet Child O' Mine", canción que Slash odiaba a muerte desde su nacimiento, y la canción por la que empecé a tocar la guitarra: "Paradise City", himno post country que, para bien, envenenó mis dedos hace dos décadas, cuando ser músico, parecía una empresa realmente independiente.

{{descripcion}}{{descripcion}}{{descripcion}}{{descripcion}}{{descripcion}}{{descripcion}}

FOTO:

Cortesía
OCESA