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Mono: paisajes sonoros y catarsis oriental

Mono: paisajes sonoros y catarsis oriental

Midrash
López @Midrashin

10/May/2014

Detalles

Hay ciertos tipos de música en los que la voz como instrumento conductor de emociones parece ser irrelevante. En este universo paralelo, la melodía y los distintos elementos de su composición tienen como objetivo evocar sensaciones e imágenes donde las palabras y la inmensidad del lenguaje sorprendentemente no pueden llegar. En este cosmos equidistante que esconde rincones de excesiva contemplación, únicamente el ruido embellecido en capas, las texturas que arrojan las seis cuerdas y los paisajes sonoros resultan ser la solución ante la necesidad de expresión artística.

En su tercera visita a la Ciudad de México y ante un Plaza Condesa a más de media capacidad, el cuarteto japonés de post-rock ofreció una narrativa instrumental poco convencional que conmueve pero que sobre todo evoca.

Vestidos de negro, como si se tratase de una marcha fúnebre, sin decir una sola palabra y con los guitarristas Takaakira Goto y Hideki Suematsu sentados y listos para ofrecer una bella experiencia, el concierto comenzó con “Yearning”. Casi 16 minutos que definen a la perfección la formula del cuarteto japonés: primero empieza la conjunción de elementos que engancha y conmueve con melodías pausadas pero que gradualmente explotan hasta crear una catarsis con muros abrumadores e indescifrables de sonido que envuelven el recinto pero sobre todo, tus sentidos.

Después de desgarrarnos con “Dream Odyssey”, le siguió “Pure As Snow”, llena de luces estroboscópicas simulando una tormenta que atrapaba a su bajista, Tamaki Kunishi, mientras sus compañeros se esforzaban por  incrementar la tempestad que se extinguió con los teclados en “Kanata”.

El momento perturbador y melancólico de la noche llegó en “Ashes In The Snow” con un glockenspiel al inicio que dio paso a una batería despiadada y al abuso de guitarras entre Goto y Suematsu que no parecen encontrar paz hasta hundirnos entre capas. Y para el cierre, “Halcyon” y “Everlasting Light”.

Es complejo descifrar a Mono pero hay ciertos factores que intrigan: la enigmática inmutabilidad en sus rostros que es ultrajada en momentos vehementes. El misterio que arroja su nación milenaria y que indudablemente tiene un efecto en el resultado final. La variación en las luces que parecen conjugar a la perfección con los paisajes sonoros y que atiborran la mirada mientras los oídos son abrumados. Las paredes de sonido que se empalman con una batería que guía y marca en todo momento los tiempos. Y el uso inteligente y nada excesivo de los teclados así como la timidez de un bajo a cargo de la belleza exótica y escuálida de Tamaki Kunishi, que extraordinariamente, resulta ser el alma encubierta de Mono.

Lo que sigue sorprendiendo es la falta de respeto del público mexicano cuando se le exige un comportamiento más civilizado ante un set que indudablemente requiere de atención, silencio y respeto.

Bien por el cuarteto japonés, mal por la ausencia de educación entre varios del público.

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