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A lo largo del año, los escenarios de Grupo Indie Rocks! —Foro Indie Rocks!, Estadio Fray Nano, House of Vans, Hipnosis y Pitchfork Music Festival CDMX— fueron punto de encuentro para distintas generaciones, escenas y sensibilidades. No se trató solo de grandes nombres o sold outs, sino de momentos irrepetibles: conciertos que condensaron emoción colectiva, riesgo artístico y una conexión real entre artistas y público.
Este Top 20 no mide perfección técnica ni popularidad inmediata. Reúne presentaciones que marcaron un pulso, que expandieron el espacio, que hicieron del directo algo más que una reproducción del disco. Shows que se sintieron necesarios, vivos y profundamente presentes. Estos fueron los conciertos que, por distintas razones, definieron el año para Indie Rocks!.

Black Country, New Road presentó una nueva etapa sin intentar llenar vacíos del pasado. El concierto se sostuvo desde la colectividad, los arreglos minuciosos y una interpretación emocionalmente precisa. Las canciones respiraron distinto en vivo, ganando peso desde lo coral y lo narrativo, con dinámicas que exigían atención completa del público. Más que un regreso, fue una reafirmación: la banda sigue avanzando sin necesidad de replicarse ni explicarse.

Un reencuentro cargado de energía emocional y memoria compartida. Saosin entregó un set directo, intenso y sin rodeos, enfocado en impacto inmediato. Las canciones funcionaron como detonadores generacionales, conectando con una audiencia que creció con ellas y que respondió con entrega absoluta. Un show que fue más catarsis colectiva que ejercicio de nostalgia. ¡Nunca fue una etapa, mamá!

Un concierto diseñado para la inmersión total. This Will Destroy You construyó un paisaje sonoro donde cada capa tenía tiempo y espacio para desarrollarse. El volumen, las dinámicas y los silencios jugaron un papel tan importante como las notas. Post-rock ejecutado con respeto absoluto por la paciencia, la tensión y la escucha profunda.

Tycho transformó el Foro Indie Rocks! en un espacio de contemplación y flujo constante. Capas de electrónica ambiental, beats suaves y guitarras etéreas construyeron un set pensado para dejarse llevar más que para impactar de inmediato. Un concierto elegante y envolvente que funcionó como pausa luminosa dentro de un año cargado de intensidad sonora.

Caos, psicodelia y tensión permanente marcaron la noche. The Brian Jonestown Massacre navegó entre jams extensos, momentos erráticos y pasajes de brillantez absoluta. El concierto se sintió frágil y poderoso al mismo tiempo, como si pudiera desmoronarse o elevarse en cualquier instante. Un show impredecible que encarnó perfectamente la historia y el espíritu de la banda.

AFI ofreció un show compacto, oscuro y contundente, equilibrando la energía hardcore de sus inicios con la sofisticación de su etapa más melódica. La cercanía del espacio amplificó la intensidad emocional y física del set, haciendo que cada canción golpeara de frente. Un concierto sólido que confirmó su vigencia sin recurrir a la nostalgia fácil.

Michelle Zauner logró trasladar su universo íntimo a un escenario amplio sin perder cercanía ni delicadeza. Las canciones crecieron en vivo a través de arreglos cuidados y una ejecución sensible que sostuvo la emoción sin exagerarla. Un show cálido y honesto que funcionó como pausa emocional dentro de una jornada intensa.

Juana Molina transformó el Foro en un espacio íntimo y suspendido en el tiempo. Loops, texturas y capas mínimas se construyeron frente al público con una naturalidad hipnótica. Un concierto que exigió escucha atenta y recompensó con una experiencia profundamente envolvente.

Elegancia psicodélica, groove preciso y humor sutil marcaron el tono del show. La banda fluyó con naturalidad entre pasajes suaves y momentos rítmicos más marcados, manteniendo siempre el control absoluto del espacio. Una de las propuestas más finas y disfrutablemente extrañas del año.

Virtuosismo técnico y teatralidad desbordada definieron la presentación de Geordie Greep. El show avanzó entre cambios abruptos, humor incómodo y ejecuciones impecables que mantenían al público en constante tensión. Un despliegue intenso y desafiante que dejó claro su carácter impredecible.

Panchiko convirtió su presentación en un ejercicio de introspección viva y emoción contenida. Las canciones, cargadas de melancolía digital y sensibilidad generacional, encontraron nueva fuerza en un formato en vivo que amplificó su carga emocional. Un show que confirmó cómo una banda de culto puede conectar de forma masiva sin perder intimidad.

Roberto Carlos Lange ofreció uno de los conciertos más cálidos y contemplativos del año. El set fluyó entre texturas suaves, ritmos latinos sutiles y una conexión directa con el público, creando un ambiente de calma compartida. Una experiencia reconfortante que privilegió la emoción sobre el volumen.

Tres noches consecutivas de fiesta, sudor y comunión total con el público. Kakkmaddafakka desplegó un show energético, directo y sin respiro, apoyado en coros colectivos y una actitud celebratoria constante. Un ejemplo claro de cómo la energía en vivo puede sostener una propuesta aparentemente simple pero profundamente efectiva.

Carolina Durante ofreció un show frontal, visceral y sin concesiones. Las canciones sonaron más grandes y agresivas en vivo, canalizando frustración, ironía y energía juvenil con absoluta claridad. Un concierto que reafirmó su estatus como una de las bandas más contundentes del rock en español actual.

Pavement entregó un show relajado, caótico y profundamente sentimental en su primera visita a nuestro país. Stephen Malkmus y compañía se movieron entre imperfecciones encantadoras y momentos de brillantez absoluta. Una presentación que celebró la esencia del indie rock sin solemnidad ni artificios.

Stereolab ofreció dos noches que funcionaron como una lección de elegancia y resistencia creativa. Krautrock, pop retrofuturista y groove motorik se desplegaron con precisión hipnótica, demostrando que su música no pertenece a una época específica. Un show sobrio pero profundamente estimulante, donde la vigencia se impuso sin necesidad de nostalgia.

Beth Gibbons transformó el escenario en un espacio de recogimiento emocional absoluto. Su voz, frágil y poderosa al mismo tiempo, sostuvo un set íntimo que exigía silencio, pasión y entrega total. Un concierto profundamente conmovedor que dejó claro que algunas presencias no necesitan volumen para ser monumentales.

Molchat Doma convirtió el Fray Nano en una pista oscura y colectiva. Post-punk gélido, líneas de bajo insistentes y una atmósfera opresiva que funcionó como ritual compartido. Un show físico y emocional que confirmó su conexión directa con una audiencia que encontró refugio en la oscuridad.

Wolf Alice entregó uno de los conciertos más completos del año. La banda transitó con naturalidad entre explosiones de ruido, pasajes delicados y momentos de intensidad emocional absoluta. Su primera vez en México se traduce en un showcase sólido, poderoso y bien balanceado que reafirmó su lugar como una de las bandas más importantes de su generación.

Dinosaur Jr. ofreció un concierto que fue puro músculo, distorsión y honestidad. J Mascis y compañía desplegaron un set directo, sin adornos, donde cada riff y solo se sintió pesado, abrasivo y profundamente humano. Un show que no buscó reinventarse, sino recordarnos por qué el ruido bien ejecutado sigue siendo una experiencia transformadora.