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CANORO: [Capítulo 34]: La etiqueta de la falsa propiedad

CANORO: [Capítulo 34]: La etiqueta de la falsa propiedad

04/Jul/2023

Y tú, en realidad, ¿eres “dueño o dueña” de algo?

La tristeza aquí no tiene lugar cuando lo triste es vivir.

Lo sé, estuve ausente. O quizá ni siquiera estuviste al tanto de mi inexistencia, pon tú. Pero, sea como sea, me siento forzado a justificarme explicando que procesaba un paradójico experimento en donde ansiaba alejarme de todo medio de contacto: redes sociales, e-mail, llamadas, mensajería instantánea, entre otras cosas. Lo sé, burlesco. Hasta dejé las comidas en casa de la madre o las tardes de futbol con el padre. Hui de los grupos de WhatsApp y me desvié de las juntas vecinales. Parece irracional y prolijo, pero sospecho hay momentos en cada persona (sin considerar alguna edad en particular) que se exige esos escapes momentáneos para refrescar sus mundos reales.

Todo comenzó una noche de miércoles, el día más aburrido de toda una semana. “Viércoles” le llama un colega, pero no me aplica, pues las resacas entresemaneras ya no son mi destreza. En una conversación, justo en uno de esos canales de comunicación digital, un mensaje intermedio expresaba un “te quiero solo para mí”. Que más que una expresión, me impactó como advertencia o ultimato; una sensación de impaciencia desesperante. ¿Quién en su plena capacidad mental puede asumir que alguien le puede pertenecer?

¡Vaya que hay maneras de truncar el ambiente! Expresiones que torturan el terreno para convertirlo en un escritorio donde la gente es etiquetada como productos de una tienda de abarrotes. Menciones directas que desacostumbran lo acostumbrado que él, o ella, o elle puedan estar. Una condición compleja considerando el funcionamiento que el entorno educativo y social estipula; una barbaridad, claro está. Y es que hay tanto daño en ese tipo de dictámenes que nos embrollan de lo que era el pasado y lo que es el supuesto presente, revolviendo la divertida libertad que se está construyendo para las personas con lo arcaico de las dinámicas antañas. Como el matrimonio, pon tú otra vez.

Recordé, después de ese mensaje, una mesa de debate en el Foro Alicia en donde se discutía la supuesta diferencia entre “libertad y libertinaje” que, dicho está de paso, después de dos horas de disputa, no se llegó al objetivo principal. Pero escritor, ¿cuál es la relación con el mensaje apabullante? Quizá no la hay como tal, sino más bien es esa referencia entre lo que es y debe ser; las personas tenemos mayormente en el radar lo que “debemos ser”, pero no lo que en realidad somos.

En un ejercicio de introspección podría localizar diversos escenarios en los que esa confusión se encuentra. El erróneo dictamen del qué debe ocurrir cuando algo comienza: la vida de una persona, su crecimiento educativo y genético, el desarrollo físico y profesional, el progreso laboral y económico, la estabilidad familiar y amorosa (con alguien del sexo opuesto, evidentemente), así como la adquisición de bienes materiales y capitales, hasta llegar al placentero y saciable final de la vida con una pensión de $45,000 mensuales. Es una línea del tiempo que puede variar en algunos aspectos por las diversas oportunidades adquiridas pero que, al final, debe apegarse lo más posible a ello. Está papita, ¿no?

El riesgo no parece alcanzar ello, sino quebrantar de tajo con alguna de las fases del proceso. Si esto ocurre, al romper el flujo, la etiqueta cambiará por una de las marginadas, como las que se adquieren en el mercado de La Lagunilla para figurar la marca de la ropa de paca. Y después de tanto, seguiré aferrado de que es el prototipo de “felicidad” lo que nos arrebata todo. Ese -maldito- sentimiento de pertenencia sobre lo que no se puede adquirir.

Podría retomar el tema de la pertenencia al intentar compararlo con patriotismo; si en lugar de sentir a las personas de nuestra propiedad y lo intercambiamos por nuestro país, el significado de posesión nos ayudaría mucho a disfrutar y proteger “lo que construyeron para nosotros”. Pero ni eso podría pertenecernos: las calles, las colonias, las avenidas, las zonas públicas, el aire, el agua o la naturaleza… nada de ello. ¿Entonces por qué buscaríamos hacernos dueños de otra persona?

La reflexión se vuelve constante porque los ejemplos consisten. No es solo está persona que exige derecho de propiedad, pues se escuchan en diversos panoramas: las madres que consideran la protección infinita sobre sus hijos, los gobernadores que predican el sentimiento de “su” pueblo, aquellos aficionados que se sienten dueños de sus equipos de futbol o los “viene-viene” que se apropian de las calles; los padrotes sobre las prostitutas, las policías con su “entendimiento sobre el reglamento de tránsito”, los novios/as que prohíben el desenvuelve de sus parejas o el mismo presidente que cree que es el líder de un país. ¿Continuamos con los ejemplos? Dejaré los puntos suspensivos para que inserte aquí los siguiente y continuos escenarios…

A decir verdad, si tú me contarás que “alguien quiere ser propietario de otro alguien” me resultaría una ridícula rutina de stand up. Lo horroroso es que se pierde lo gracioso al considerar los compromisos (cual sea) como parte de una adquisición. Pa’ pronto, ¿pues quién está dispuesto a ser renombrado como mercancía? Mario perdió su nombre cuando se casó por el civil, Issac olvidó su profesión cuando comenzaron a llamarle “patrón”, Eugenia dice que no sabe si es “fifi” o “chaira” después de cada conferencia mañanera, Raúl sospecha que sus amigos no lo recuerdan sin mencionar el nombre de su chica, Danae insiste que no es una “loca (por ser prudente)” al disfrutar el sexo con distintos hombres y Andrés ya no sabe qué hacer con su ex esposa después del divorcio al “no dejarlo ir”. Sí, en efecto, como las siglas de cada uno de esos personajes, todo resulta una M.I.E.R.D.A.

En fin, después de leer dicho mensaje aquel miércoles, llegué a la conclusión de que… ¡Momento! ¡Un momento! A caso apreciable lector/a, ¿sientes que algo de este mundo te pertenece? ¿en realidad formas parte de esa secta que considera que algo o alguien se puede comprar, reservar, adquirir o apartar? Es que, ¡dios! Si es así, tendría que funcionar este texto como un instructivo de árbol de decisiones en donde “si la respuesta fue ‘sí’, por favor regrese al paso No. 1”. Si no es así, dígame estimade consumidor de Canoro: ¿cómo corregir este asunto? a) arrancamos de raíz o, b) mantenemos la línea de
la falsa pertenencia como un acto de riqueza.

Al final no respondí el mensaje. Eso era el grano de esta conversación. Mas bien fue el potencializador de querer escapar de todo aquello que me haga sentir que resulto “una pertenencia” de algo o alguien; ni consumidor, ni usuario, ni empleado, ni cliente, ni pareja, ni nada. Alejado de todo aquello que me ate a formar parte de un gremio en donde resulte un producto por adquirir. Pero, bah, fallo la técnica. Fue complejo alejarme de todo esto que me mantiene cerca de las personas… sin ser sumiso ni amo de las circunstancias. Absurdamente estaba buscando algún lugar de un gran país en donde seguramente olvidaron construir un hogar donde no queme el sol y, al nacer, no haya que morir…

Siendo transparente, es lamentable que haya un camino que nos traiga aquí, pero luego pretendamos salir. Según yo, como un jinete que se marcha con el viento, me gritaba a mí mismo que no iba a volver, pero fue irreal. Ahora los hombres o las mujeres ya no sabemos lo que somos…, pero lo queremos creer. Es algo similar a lo que canta Duncan Dhu en “en algún lugar”; difícil es para una araña escapar de la telaraña que teje… o le tejieron. Entonces, en conclusión: acá ando de nuevo.

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