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Canoro: [Capítulo 3] Verdes sin vejez

Canoro: [Capítulo 3] Verdes sin vejez

01/Jun/2021

¿Alguna vez has sentido como el viento te mueve?

Cinco sentidos que te roban solo un poco de tu ser.

Lila llegó esta mañana en un automóvil limpio color plata. La bajaron cargando como novia saliendo del altar; es frondosa, voluminosa y muy hermosa. Su chofer la dejó en mi puerta y con la delicadeza que se necesita la hice pasar. Su lugar estaba listo desde antes que llegara: le asigne el costado derecho del sofá; ahí la coloqué con su falda negra de plástico. Lila es una palmera kentia que compré en línea, de ramas largas y un verde resaltante; es encantadora.

Invité a Lila a vivir con nosotros y espero se acople al ambiente. En este lugar radica un invernadero juvenil que da paz y compañía; mi encanto por ellas se desarrolló desde pequeño en casa de la abuela. Algunos treintones deciden cambiar de automóvil, traer la versión más nueva de iPhone o señoritas diez años menores. En cambio yo, cuando llegué a esa edad, preferí la vida que nos comparten estos seres verdes y vivos.

A un costado de esta nueva inquilina se encuentra Jessy, un cactus echinopsis que a sus doce años de vida aún transmite rebeldía y disyunción. Del otro lado del sofá se ubica el armario de unas cuantas celosas: un librero macetero que carga belleza y soberbia en un solo lugar. Ceci, una croto pelirroja, y Julieta, una menta piperita despampanante, se ubican hasta arriba; no las considero inalcanzables, pero si no están juntas no reflejan sus brillantes talentos tijuaneros. Natalia tiene una repisa para ella sola, pues ese violeta digno de una bugambilia merece ser de lo primero a observar cuando entras a este hogar.

En ese edificio de plantas se hospedan pequeñas y grandes, delgadas y robustas, unas verdes y otras sin color definido; todas descansando en macetas del mismo tono: Cecilia, una petunia madura pero floreciente, en el tercer piso comparte espacio con Carla, una orquídea envidiosa que no puede con su ego. Ximena con su tallo rosáceo y Denise son rosas vivientes que no son distintas una de la otra pero que se les adora por igual. Tere es una singonio tupida y vieja, de verdes daltónicos como un fenómeno. Ruido no sé qué es, sigo sin entender su crecimiento pero aquí está. Y Janis, una de mis favoritas, tiene filosas hojas de verde nebuloso con el que opaca el olor del resto con su aroma a marihuana.

En el pasillo del tocador Kenny absorbe la negatividad que se vive a veces en ese recinto. No la quiero pero sé que debo protegerla. Rita tiene una mesa alta para ella sola: una enredadera que crece, crece y no deja de crecer; de un verde auténtico con destellos amarillos; larga y preciosa. Siento que su vida es como su esencia: eterna. En el buró de la alcoba está Poesía, un girasol que prospera tanto como mi amor por él desde hace más de diez años: da la luz amarilla que necesita un encierro gris y quien me da los “buenos días” con su mirada café mapache. Una campanita, Ximena, a un costado del televisor y María, una durante golden, en el centro de la mesa. Afuera del ventanal están “los vagabundos”, unos arbustos, pinos y árboles que también invitamos a las duchas sabatinas.

Aquí es un lugar que intenta darnos vida, que nos recuerda lo frágiles que somos los seres vivos y lo frenético que es el andar cuando parecemos estar quietos, pero madurando. Estas preciosuras acogen a todo aquel que asiste, invitándolos a acariciar sus hojas y valorar lo bello que es respirar. Ellas vienen y me dicen todas esas cosas, me invitan a sentarme junto a ellas para escuchar sus sueños en mis oídos. Les regalo un poco de ilusión mientras me cuentan historias que me hacen sentir bien. Sí, tal como la canción “Las flores”, pues la vida solo quiere estar junto a nosotros, junto a ti.

Es sábado al mediodía y la hora del baño comenzará; las acerco al sol destellante que impacta en las ventanas, consumen el aire eufórico y citadino mientras miran a los transeúntes que prefieren la ansiedad de la seudo-felicidad sin valorar lo disfrutable que es el impulso del viento. Sé que Lila se acomodará; la hemos invitado. Porque todos nos hacemos compañía, encerrados o escapando. Ella y el resto de estas bellas hierbas rockeras desconectan la realidad de afuera para mostrarme que no todo gira alrededor de la rama más alta.

No es una revista, es un movimiento.