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Canoro: [Capítulo 1] Mis entrañables amigas

Canoro: [Capítulo 1] Mis entrañables amigas

27/Abr/2021

¿A poco tan cuerdo para no bailar?

Uga uga uga.

Hasta hoy quité el árbol de navidad. Y qué. La novedad no es mi desatinado retardo en hacerlo, sino que localicé un regalo pendiente que se localizaba muy bien oculto. Desesperado -en serio- arranqué la envoltura como un infante el 6 de enero. Al abrir la caja me encontré con lo que pudiera nombrar como mis “entrañables amigas”: un par de sandalias a las que en esta casa les llamamos “chanclas”. De marca con nombre largo y un color rojo, éstas mantienen un diseño de pata de gallo exactamente a la medida de mi pie. No puedo explicar la felicidad que me generaron.

Claramente las probé de inmediato siendo, tal como lo esperaba, auténticamente cómodas. Cómo no adorarlas, dímelo tú, ¡cómo no hacerlo! si son parte de mi recién outfit adquirido en esta pandemia; me siento raro si éstas no se localizan en mis talones. Y por eso, justo por eso me hacen sentir tan bien.

Con dicho par ya colocado, encendí las bocinas: merecían un tributo (sin darle prioridad ni agradecimiento a quién me las obsequió). Busqué el track adecuado y sin tanto dedear el streaming reproduje el disco Acapulco Golden, ¿merecedor, no? Tú y yo sabemos que lo es.

Y sin necesidad de hacerlo, sujeté felizmente la escoba para tenderme a barrer por completo, pero que más que aseo, era el pretexto perfecto de acompañar con algo mi bailoteo acapulqueño; la dejé fijamente de pie mientras daba vueltas de boda, sujetándola de su falsa cintura para hacer deslizar mis manos de arriba a abajo intentando bailar a go-go como mi tía. Estoy seguro que por los ventanales los vecinos me descubrieron danzando con una escoba de madera y pelos verde punks.

Como una vacilada subí el volumen cuando encontré el tema perfecto, dejando de lado que me puse romántico con “Aqua Vulva”. Verdaderamente lo subí porque lo ameritaba: era “Frenesick”. Según yo solo era un baile clásico de un buen surf chilango y terminé saltando con un pie y luego con el otro; sentía falsamente agua salpicándome en la cara y estoy seguro admiré gente en la cocina cargando a una chica mientras fingía surfear. El comedor era un slam locochón que se alimentaba de guitarrazos provenientes de Crunchy Acapulco; aquel refrigerador me figuraba a uno de esos clásicos gordos buena onda que carga el armamento mientras yo me deslizaba en paralelo con una fingida guitarra al estilo Bryan Amadeus, hasta me quité el pantalón quedando en suculentos calzoncillos de Spiderman. ¡Esto era una tremenda fiesta!

Dos minutos y medio me duró el baile, el track había terminado con emotivos sonidos de olas de mar. “Repítela” murmuraron mis chanclas que por supuesto obedecí, pues era su pachanga. Y de nuevo todo regresó: mis rodillas temblaban como calaca animosa, le sonreía a la escoba recargada en la esquina como intentando coquetearle con mis pasos “setsis”: bailo como escribo.

No te mentiré: me seguí tan de largo que dos veces se reprodujo tan suculento álbum. Tampoco te mentiré cuando digo que extrañé las olas del mar, las fiestas en la playa y el darle, de verdad, una alegría a mis sandalias en plena arena. ¿Qué me sentí como un mongol? Y qué. Saqué en una hora la energía arraigada. Después de eso preparé el almuerzo a las tres de la tarde: huevos frenéticos. El árbol navideño se quedó en el mismo lugar... pero esta vez incompleto. Ay cómo extraño la playa.

#QuédateEnCasa