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El eterno retorno en

El eterno retorno en "Cuates de Australia" de Everardo González. Documentales mexicanos de Morelia 2012

10/Nov/2012

Este año se presentó la cinta Cuates de Australia (2011), del director mexicano Everardo González, en el festival de Morelia. Un documental bastante expresivo que tuve oportunidad de revisar hace tiempo en el CCC, en compañía de los estudiantes de dicha escuela y del mismísimo Everardo y que ahora vuelve a ver con mucho entusiasmo.

Bienvenidos a otra forma de existencia, bienvenidos a la inclemente jornada de una comunidad confinada a un medio hostil. La película de Everardo, a través de sus imágenes, nos cuestiona desde el inicio, nos salpica de preguntas, al mismo tiempo que nos dice: ¿Qué tan obligada está la gente que vive en el ejido Cuates de Australia del estado de Coahuila, a quedarse en el territorio? ¿Qué tan obligado está el caballo a repetir siempre el mismo ritual, montando a la yegua por los siglos de los siglos bajo el sol?

Cuates de Australia narra la lucha diaria por la supervivencia en un hábitat hostil: esa eterna batalla del medio contra el hombre (y no al revés), una batalla que sólo algunos humanos son empujados a aceptar dócil y místicamente. La cinta se transforma en una mirada profunda al interior de una comunidad que aún vive de la tierra. Un trabajo bastante diferente a lo que el cineasta nos había mostrado en su obra más conocida Los ladrones viejos: leyendas del artegio (2007), probablemente su pieza más recordada hasta ahora.

La sequía, el medio imponente y los cíclicos recorridos de una comunidad unida, se cristalizan (se representan) en las imágenes azarosas de un caballo intentando aparearse con una yegua; y en la secuencia de una potranca agonizando. Las fuerzas extremas que rigen a la gente que habita el ejido Cuates de Australia, son todavía los impulsos de la misma naturaleza y no tanto las fibras de la sociedad moderna. La sangre aún corre por las venas del poblado Cuates de Australia; tanto la de los niños que juegan a hacerse hombres duros, como la de las reses decapitadas por los vaqueros en pos de producir alimento. Imágenes crudas que revelan el misterio de formas de vida que aún subsisten lejos de las ciudades.

Un ecosistema en medio de su propia aislación, delimitado por el clima férreo de la región y explorado por la cámara invasora. Una cámara que desde Flaherty devora y documenta (al mismo tiempo) esos universos lejanos, con su mirada; que irrumpe (a veces como amiga, otras como conquistadora) en los pocos espacios semi-salvajes que aún subsisten en el mundo. ¿Qué nos quiere decir la cámara de Everardo González a través de tales paisajes, personas y situaciones? La respuesta es tan líquida como la lluvia que azota al ejido Cuates de Australia o como la sangre que se derrama de sus reses.

El éxodo es una secuencia que se debate entre la aridez de una zona hostil y las opulentas lluvias que meses después le regresan la vida al territorio sediento (una primera dualidad). En esta transición, esta lucha contra el medio, la mirada de Everardo González se manifiesta como testigo y nos muestra seductoras imágenes sobre la existencia misma. La disyuntiva entre migrar hacia un lugar más amable o permanecer allí, leal a la tierra, es lo que pareciera captar este documental (pero también nos deja entrever que detrás de todo eso palpita un universo insondable); una dificultad que termina por configurar la identidad de un grupo de gente. Como el testimonio del hijo mayor de la familia protagónica, que desde muy pequeño tuvo que dejar la escuela para dedicarse a las cuestiones del campo: “Está bien puesta la gente aquí, porque aquí nació, aquí creció y aquí trabaja…”

El inicio de la sequía se revela en los ojos de un burro muerto (¿la imagen de un burro muerto, cocinada al estilo buñueliano?). Entre los hipnóticos cielos mostrados en pantalla el trayecto de la mirada se desplazará a través del viaje que emprenden los personajes cuando tienen que abandonar el ejido momentáneamente. Las imágenes aisladas no serán tan importantes como el recorrido expresivo que generan al acomodarse en un todo.

Una cinta llena de caminos y, en realidad, de muy pocos trucos o efectos simbólicos; un filme natural y honesto que nos traduce en poesía tarkovskiana el ritmo de la gente que habita el ejido Cuates de Australia. Lo que González nos mostrará en escena será un intento por reconstruir en pantalla la vida diaria de una apartada comunidad mexicana; al mismo tiempo, un intento por documentar un ritual de supervivencia que el humano ha venido representando a lo largo de milenos. Un ritual que tal vez ya esté próximo a extinguirse; todo un universo y una cadena de vivencias a los que Everardo González se asomó discretamente como quien se asoma a la puerta de una casa ajena. Una mirada extraída (parcialmente) de su flujo real de tiempo para ponerse a disposición del ojo enloquecido del espectador externo.

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