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Museo del Horror en el Cementerio #Macabro2013

Museo del Horror en el Cementerio #Macabro2013

30/Ago/2013

Museo del Horror

Rafael Baledón

Julio Alemán, Patricia Conde, Joaquín Cordero

México, 1964

Producciones Sotomayor

-¿Este cementerio tiene alguna otra salida?

-Pues mire, detective; he trabajado tantos años aquí y nunca he encontrado ninguna otra salida…

 El velador

Nada anima más el alma que asistir al cementerio para una función de cine, sobre todo si se trata de una película antigua, rodada en blanco y negro y llena de chistes involuntarios. Una película cuya trama sucede en el mausoleo, en un México que pareciera mezcla del Porfiriato y de los años posteriores, un México solo recuperable a partir del hechizo de la imagen.

Siempre es curiosa la sensación de arribar a un panteón, sobre todo en el caso de San Fernando, donde desde las primeras tumbas se leen cosas como “Dio su vida peleando por la patria y murió con valentía”, en nichos que esbozan fechas de entre 1812 hacia atrás.

Después de un pequeño recorrido entre los sepulcros de este pintoresco mausoleo del centro de la ciudad, pasamos a la carpa de Macabro. Donde todo ya estaba dispuesto para la proyección de la cinta.

El Museo del Horror (1964), de Rafael Baledón, evoca poderosos ecos de la película estadounidense House of Wax (1953), protagonizada por el genial Vincent Price y dirigida por André De Toth. Un poderoso sentimiento retro se apodera de los espectadores al contemplar este tipo de piezas.

La película comienza como un thriller cualquiera, en las primeras imágenes podemos apreciar el secuestro de una dulce y virginal jovencita que camina solitaria por un cementerio, todo esto durante la noche. Un extraño agresor surge desde las sombras para capturarla, la cara del extraño revela un rostro desfigurado.

Después de aquella pequeña introducción del villano, la película nos presenta a sus protagonistas: Luis (Joaquín Cordero), Marta (Patricia Conde), Dr. Raúl (Julio Alemán) y Carlos López Moctezuma como el excéntrico profesor Abramov porque siempre debe haber un profesor Abramov o Van Helsing en todo relato del género. Existe un triángulo amoroso entre Marta, Luis y el joven Dr. Raúl; la primera es una chica curiosa, bella y joven que busca enamorarse de un hombre interesante y apasionado; el segundo es un actor frustrado que después de una lesión se dedica a moldear heroínas trágicas de madera (¿o cera?) en un oscuro teatro estilo victoriano; el tercer elemento de este trinomio es el médico que se consagra a descabellados experimentos con cadáveres, mientras al mismo tiempo guarda un fuerte amor (no tan casto y puro) por la joven Marta.

Los personajes se mueven bastante en la frecuencia del cliché, son tan perfectamente ridículos que se vuelven encantadores; sus siluetas misteriosas, sacas de las tramas de Frankenstein, el Fantasma de la Ópera o Drácula, los dotan de un dinamismo delirante, hacen al espectador dudar sobre la identidad del verdadero asesino.

Luis, el sombrío actor frustrado, será el monstruo que por las noches se disfraza para salir a colectar víctimas. Su móvil es completar su colección de heroínas trágicas entre las que ya tenemos a la Margarita de Fausto, a Electra y a la musa de Chopin, junto con Hedda, la protagonista de Ibsen. Pero le falta la Julieta de Shakespeare. Sus muñecas sólo pueden estar acabadas cuando Luis las moldeé a partir de mujeres reales, mujeres a las que convierte en estatuas eternas, según su propósito estético. Es curioso que en los desenlaces de este tipo de películas, sobre todo cuando fueron hechas en México, el aburrido héroe progresista (el estúpido médico) siempre triunfa por encima del excéntrico y genial villano a la usanza de Poe.

Al final cuando la película ha terminado, mientras uno intenta encontrar la salida del cementerio, mientras el poli abre lentamente la puerta de metal que nos regresará a las calles de la ciudad, uno no deja de preguntarse por qué el villano maléfico no pudo vencer al bien. Por qué el mal elegante siempre fracasa, hasta en una película jocosa y medio malhecha; por qué la heroína nunca pudo comprender al loco detrás de la sonrisa torcida, al caminante nocturno que porta la daga bajo la capa. Y al abordar el metro mientras uno lee su programa de Macabro para revisar lo que sigue al otro día, es bueno recordar que quizás por ello, en palabras del asesino de Museo del Horror, el cine de este género “…tiene el misterio del teatro. Un poco de su magia y el hechizo de la imagen.”

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