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01/Abr/2026
Hay festivales que se esperan. Y otros que, cuando terminan, dejan claro por qué existen. El festival Tecate Pa’l Norte volvió a ser ese punto de encuentro donde todo convive: géneros, generaciones, moods y formas de vivir la música. Lo que en papel parecía una combinación ambiciosa, en la práctica se convirtió en una narrativa que fue creciendo con cada hora.
Todo comenzó con ese momento inicial donde el festival apenas respira. Gente llegando, primeras cheves, reencuentros. En ese espacio, los sets más suaves hicieron su trabajo: abrir la puerta. Propuestas como Guitarricadelafuente o The Whitest Boy Alive lograron ese equilibrio entre calidez y expectativa, mientras nombres como Luisa Almaguer y Midnight Generation fueron marcando un ritmo que crecía sin prisa, pero sin pausa.
Cuando el sol empieza a caer en Monterrey, algo cambia. El cuerpo ya está ahí, la energía también. Sets como los de Siddhartha, Los Fabulosos Cadillacs y Turnstile empujaron al público hacia ese estado donde ya no hay timidez: solo movimiento. Fue ese momento donde el festival dejó de ser recorrido y se volvió fiesta.
Los headliners no solo cumplieron: consolidaron la experiencia. Deftones y Tyler, The Creator marcaron uno de los picos más intensos del fin de semana, mientras que Guns N' Roses trajo ese peso histórico que no necesita explicación. El cierre, con The Killers y The Lumineers, fue menos una despedida y más un recordatorio: hay canciones que siguen encontrando nuevas formas de sentirse en vivo.
Pero si algo definió esta edición no fue solo el cartel, sino la forma en que todo convivió. En un mismo día podías pasar del hardcore al regional, del pop al garage, sin que se sintiera forzado. Ese espíritu —el de mezclar sin prejuicio— es el que conecta directamente con la esencia del festival.
Y en medio de todo eso, hubo un punto donde la experiencia se elevó todavía más. ¡Fierro! ⚡️ Porque sí: la fiesta no se quedó solo en los escenarios. Espacios como Casa Bacardí se convirtieron en refugio y punto de encuentro, donde los beats continuaban entre drinks especiales, vistas privilegiadas y una energía que no bajó en ningún momento. Más que una pausa, fue una extensión natural del festival: tres días alucinantes donde la música también se vivió desde otro ángulo.
Porque al final, Pa’l Norte funciona como una gran reunión. Una donde cada quien llega con algo distinto, pero todos terminan compartiendo lo mismo: el momento.
Entre escenarios, brindis y canciones coreadas, esta edición volvió a dejar claro que la experiencia no está en elegir bien qué ver, sino en dejarse llevar por lo que está pasando.
Y eso, en Monterrey, ya es tradición.