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Marty Supreme: cuando el sueño se vuelve obsesión

Marty Supreme: cuando el sueño se vuelve obsesión

La nueva película de Josh Safdie convierte la ambición en un campo de batalla emocional, con Timothée Chalamet en uno de los papeles más intensos de su carrera.

Marty Supreme no es una película cómoda. Es un retrato nervioso, excesivo y profundamente humano sobre la ambición llevada al límite, dirigida por Josh Safdie con la urgencia que ya es marca de la casa. Ambientada en el Nueva York de los años 50 y situada en el inesperado mundo del tenis de mesa competitivo, la cinta utiliza este escenario casi absurdo como metáfora de algo mucho más universal: la necesidad de ser alguien, cueste lo que cueste.

El personaje de Marty Mauser, interpretado por un Timothée Chalamet en uno de los momentos más intensos de su carrera, es un torbellino. Carismático, egoísta, brillante y desesperante a partes iguales. Marty no busca solo destacar: quiere imponerse, dominar, convertir su vida en una declaración de grandeza permanente. Su obsesión no distingue entre talento y arrogancia, entre pasión y destrucción. Todo lo que lo rodea —familia, pareja, amigos— se convierte en combustible para alimentar una idea fija: triunfar.

Safdie construye la película desde el caos. La cámara nunca se queda quieta, el ritmo es asfixiante y las escenas parecen siempre al borde del colapso. No hay pausas para la contemplación ni espacio para la comodidad del espectador. Marty Supreme exige atención, incomoda y, en ocasiones, abruma. Pero es precisamente ahí donde encuentra su fuerza: en la sensación constante de que algo va a romperse.

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Chalamet sostiene la película con una actuación magnética. Su Marty puede resultar insoportable, pero nunca indiferente. Hay algo hipnótico en verlo avanzar sin freno, convencido de que el mundo le debe algo. Esa energía desbordada convierte al personaje en un espejo incómodo de una cultura que glorifica la ambición sin preguntarse por sus consecuencias.

El resto del elenco funciona como un mapa emocional del mundo que Marty va arrasando a su paso. Gwyneth Paltrow, en el papel de Kay Stone, aporta una elegancia melancólica que contrasta con el frenesí del protagonista: una mujer que ya abandonó el sueño y observa en Marty aquello que decidió dejar atrás. Odessa A’zion entrega una interpretación intensa y vulnerable como Rachel, la pareja de Marty, encarnando a quienes aman a ciegas y pagan el precio emocional de esa devoción. Tyler, The Creator, en su debut cinematográfico como Wally, suma una presencia magnética y desalineada, un cómplice que refuerza la sensación de marginalidad y caos que rodea al protagonista. A esto se suman figuras como Kevin O’Leary, Fran Drescher y Abel Ferrara, que aparecen como engranes de un sistema voraz, ampliando la idea de que la ambición de Marty no se desarrolla en el vacío, sino en un entorno que también se alimenta del exceso.

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En el apartado sonoro, el soundtrack, hecho por Daniel Lopatin, acompaña el nervio de la película sin buscar protagonismo, funcionando como un pulso constante que empuja la narrativa hacia adelante. La música se integra al ritmo acelerado de Safdie, acentuando la tensión y el desorden emocional del personaje principal, más que subrayando momentos específicos. Lejos de ser ornamental, el sonido actúa como una extensión del estado mental de Marty: insistente, inquieto y siempre al borde del colapso

Más allá de su argumento, Marty Supreme plantea una pregunta que resuena mucho más allá de la pantalla: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar por nuestros sueños? ¿En qué momento la ambición deja de ser motor y se convierte en un acto de violencia contra uno mismo y contra los demás? La película no ofrece respuestas claras ni moralejas sencillas. Observa, expone y deja que el espectador saque sus propias conclusiones.

Marty Supreme es una obra excesiva, sí, pero también profundamente honesta. Una película que entiende que el éxito, cuando se persigue sin límites, puede ser tan destructivo como seductor. No es un homenaje al triunfo, sino una radiografía de su costo. Y en ese retrato incómodo, ruidoso y visceral, encuentra su verdadera potencia.

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Mantente pendiente de Indie Rocks! para más detalles.

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