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De lo sagrado a lo comercial

Coberturas Especiales

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17 marzo 2012

Florencia García de León es una de las maestras que imparte el taller de alfarería en Cumbre Tajín. Ella tiene 66 años, y ha estado en contacto con el barro desde los 20; la tradición viene desde sus abuelos, de quienes aprendió viendo lo que hacían. La señora, de canas delgadas, explicó que el barro no es un juguete, sino un material sagrado, pues los antepasados adoraban la tierra, que les daba de comer, y el barro viene precisamente de ella.

El procedimiento para moldear es sencillo: se ocupa un palo para llenar de barro una batea (especie de tazón de madera, utilizada por los antepasados). Una vez que se llena la batea, se marcan tres cruces en el aire para alejar las malas vibras. Se agrega agua para amasar el barro, después se le agrega arena y, cuando la pasta es consistente, se modela la pieza que se quiere.

En esta ocasión, el tema de los talleres fue la espiritualidad en la cultura totonaca, así que se crearon estrellas, lunas, soles (había gran respeto y adoración por los astros) y pirámides. Una vez que la pieza está terminada, se deja secar sobre una hoja de palma, para después cocerla en el horno.

Justo frente a la mesa donde doña Florencia enseñaba a los visitantes, Juana Hernández y María Morales utilizaban una torneta para moldear cantaritos. Ellas explicaron que no siempre fue así. Aprendieron a usar no sólo esta herramienta, sino una mezcla de barro amarillo con otros tres barros de Hidalgo y agregar pigmentos (nrego, verde, blanco) para perfeccionar su arte. Todo esto fue posible gracias al Centro de las Artes Indígenas, pues a través de éste recibieron la capacitación necesaria en Valle de Bravo.

Además, lograron que una comercializadora papanteca distribuyera sus productos (que hoy cuestan entre 100 y dos mil pesos) en toda la República Mexicana, Estados Unidos y Argentina; el trato con las ganacias es simple y bueno 50 – 50. Pero también tienen talleres propios, donde enseñan y producen arte al más puro estilo indígena veracruzano.

A decir de Juana Hernández, aprendieron a combinar las nuevas técnicas y los instrumentos modernos con el arte milenario, que ha pasado por las manos de decenas de generaciones. “No perdemos la magia, esa siempre va a estar ahí”, dijo con una sonrisa orgullosa en la boca.

El barro, material sagrado de nuestros antepasados, se integra a la industria, se vuelve comercial, genera crecimiento económico para las comunidades, pero nunca pierde su esencia, el sabor a tierra, a México.

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