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Cristina Lliso o de cuando el milagro de la música no se olvida
Artículos           22 agosto 2012

Cristina Lliso o de cuando el milagro de la música no se olvida

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Llevo muchísimos años escribiendo sobre música y lo más lógico sería pensar que tarde o temprano vendría el desencanto o cierta fatiga para con el oficio, pero historias como la de Cristina Lliso me reconcilian con la tarea de compartir cosas con los lectores. Me maravillan esos pequeños milagros domésticos que nada tienen que ver con las notas sobrecargadas de sensacionalismo de las que se ocupan casi la totalidad de medios y secciones de espectáculos.

Acá se trata de un milagro discreto, doméstico, casi una historia de familia hecha del dominio público. Resulta que esta mujer perteneció durante la década de los ochenta a uno de los grupos menos típicos del rock español: Esclarecidos. A través de un sonido tomado prestado de la new wave más elegante (saxofón incluido) formaron parte de la llamada movida madrileña (grabaron por vez primera en 1983). Alcanzaron cierto éxito y su canción “Arponera” bien puede sumarse a los más ilustres recuentos de canciones de la época.

Lamentablemente, el rock en España no da para que todos sus miembros vivan de él. Pese a formar parte de un élite en lo musical, las arcas no se veían colmadas por lo que Cristina y su marido Alfonso Pérez –baterista y letrista de la banda- decidieron dejarlo en 1997 y dedicarse a otros asuntos (no sin antes editar un solo disco de Lliso (1998), un proyecto más electrónico). Él se dedicó a trabajar en Warner, que terminó por absorber el sello indie que habían creado (primero Grabaciones Accidentales se unió con Discos Radioactivos Organizados, antes de ser asimiladas por la transnacional), mientras Cristina de buena gana asumió que quería ser un buena madre de tiempo completo.

Pasaron los años y la pareja tuvo tres hijos que fueron creciendo apenas con la información elemental de que sus padres durante su juventud habían tenido un grupo de rock. La mujer no solía cantar ni en fiestas familiares, por lo que la idea de que antaño había sido una vocalista ampliamente reconocida era vaga y difusa. Los chicos pensaban que tenían unos padres de lo más comunes, hasta que un día La Señora de la casa les notificó que volvería a cantar y grabaría un nuevo disco.

El ambiente doméstico se revolucionó y Cristina tuvo que recurrir incluso al Youtube para que sus hijos atestiguaran las artes que desplegaba en su vida “pasada”. Se trató de una inusitada y grata sorpresa. Habían pasado 14 años sin que ella grabara cosa alguna, pero pudo más la perseverancia de otros de los viejos amigos y miembro del grupo. El destacado productor Suso Saiz insistió una vez más y obtuvo un Si donde casi siempre le espetaban un No rotundo.

Y de repente Si alguna vez estaba grabado como una obra en solitario. No volvieron Esclarecidos, Cristina decidió componer y trabajar una serie de piezas de austera belleza y tono casi acústico. Son canciones de marcado acento poético, de versos y léxico sencillo, pero llenas de sensibilidad y verdad. Ella canta con parsimonia, sin apuraciones, revelando que todavía le seduce la naturaleza, los paisajes bucólicos y la calidez de lo vivido.

Rondando la cincuentena, Cristina domina su modo de cantar y su estética. Por momentos semeja ser la versión femenina y reposada de Joaquín Sabina. Ese toque naturalista le ha llevado a canciones encantadoras como “Hola Amor” (con letra de su marido), “En otro mundo” y especialmente “Mirar la luna” (“ayúdame a escribir el libro con las recetas de la vida… dibujemos el mapa con los recuerdos que dejó el sol… ven a mirarme el alma”).

11 canciones fieles a su estirpe; no les hace falta nada más, como en la que le da nombre o “En otro mundo”, que nos deja ver sin tapujos el conmovedor oficio de una mujer que jamás olvidó el milagro de la música; tan sólo lo tenía oculto y hoy lo enseña radiante y con un dejo de nostalgia:  “Sé que llevas media vida luchando contra una pared, intentando dar calor a un corazón helado que de tanto protegerse se ha encerrado en otro mundo”.

Editorial